“Ipacankure”: la obra sobre la identidad peruana vuelve a los escenarios casi seis décadas después

A los 16 años, Alberto Ísola ya sabía que quería ser director de teatro cuando vio por primera vez «Ipacankure“. La obra de César Vega Herrera, estrenada originalmente en 1969, se presentó entonces en la sala de la Asociación Nacional de Escritores y Artistas (ANEA), hoy Teatro San Marcos, en Lampa. Ísola no entendió todo lo que vio aquella noche, pero el texto quedó dando vueltas en su memoria durante décadas. Ahora, casi 60 años después, regresa a él desde la dirección, en el Teatro Ricardo Roca Rey.

Escrita en 1968 y distinguida con una Mención Honrosa del Premio Casa de las Américas de 1969, Ipacankure vuelve a escena con las actuaciones de Alaín Salinas y Herbert Corimanya. Dos hombres comparten un espacio reducido, una cama y una existencia marcada por la precariedad. Son aparentemente distintos: uno carga con un origen andino y una extraña transformación; el otro parece más ligado al mundo urbano, a la ciudad y a una vida que ha ido dejando atrás sus raíces. Entre ambos se instala una pregunta que nunca termina de resolverse: ¿quién es Ipacankure?

Casi seis décadas después de su estreno original,

La palabra, inventada por Vega Herrera, funciona como un misterio que atraviesa la obra. Remite al mundo andino, pero también a la identidad, al otro y a aquello que una persona intenta reconocer de sí misma. En el montaje de Ísola, la búsqueda no se plantea como una respuesta cerrada, sino como un recorrido por la memoria, la pertenencia y las distancias que separan a los seres humanos, incluso cuando comparten el mismo espacio. “Ipacankure, por un lado, siento yo que son las raíces, pero Ipacankure también es el otro. Reconocer al otro”, explica el director.

Esa búsqueda se construye desde la palabra, pero también desde las imágenes, los sonidos, la música y el movimiento. El texto de Vega Herrera, profundamente poético y filosófico, permite que los dos personajes, ambos sin nombre, sean al mismo tiempo individuos concretos y figuras capaces de reflejar un país fragmentado. Dos hombres que trabajan, sobreviven y comparten hasta el pijama porque no tienen dinero; dos hombres que, pese a compartir una cama y sus vidas, no terminan de conocerse.

Escrita por César Vega Herrera en 1968 y reconocida con una Mención Honrosa del Premio Casa de las Américas de 1969, la obra reflexiona sobre la identidad, la memoria y las raíces. (Créditos: Paulo Yataco)

Lo absurdo del absurdo

Durante años, Ipacankure fue relacionada con el llamado teatro del absurdo, una clasificación que Ísola considera errónea. Es más, el director cuestiona la idea de que autores tan distintos como Samuel Beckett, Eugène Ionesco y Jean Genet formen parte de un mismo movimiento y, sobre todo, que el absurdo consista simplemente en presentar situaciones o diálogos incomprensibles. Para él, la obra de Vega Herrera exige otra mirada: “El absurdo como una concepción del mundo”.

La diferencia no es menor. Para el director, el llamado teatro del absurdo no debe entenderse como una sucesión de escenas extrañas o como aquellas obras que, por encerrar abstracciones, tienden a ser encasilladas por la crítica. Por eso, en los ensayos con Salinas y Corimanya, una de las decisiones centrales fue tratar de encontrar un sentido real en cada situación. La apuesta, entonces, fue arraigar lo poético en lo concreto: dos hombres que sobreviven.

En escena, dos hombres comparten una habitación, una cama y una vida marcada por la precariedad, mientras una pregunta atraviesa toda la historia: ¿quién es Ipacankure? (Créditos: Paulo Yataco)

Desde esa perspectiva, la obra también revela una dimensión profundamente contemporánea. Sus personajes hablan de la dificultad de expresar afecto entre hombres, de las masculinidades y de una sociedad que durante mucho tiempo interpretó la cercanía física como una relación homosexual. Cuando la obra se estrenó, recuerda Ísola, alguien llegó a decirle a Vega Herrera que era homosexual por haber escrito una historia sobre dos hombres que compartían una cama. Hoy, el director considera que el texto permite abordar con mayor libertad esa dificultad para expresar los afectos.

Pero la pregunta por la identidad no se agota en la relación entre sus protagonistas. En un país diverso como el Perú, Ipacankure vuelve a poner sobre la mesa la tensión entre las raíces y la distancia que muchas veces se construye frente a ellas. “Vivimos en la paradoja de estos tiempos: aparentemente estamos cerca, pero cada vez estamos más lejos del otro”, enfatiza.

Fuente: elcomercio.pe

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