¿“La Odisea” de Nolan es una buena adaptación? Lo que piensa el escritor peruano que más sabe de Homero

Las calles de París están tomadas por un caballo encabritado sobre fondo de noche y flamas. Los actores han llegado en mancha: prácticamente todo el elenco, comenzando por el director, recitan su parte de la experiencia desde algún hotel de cinco estrellas. Los diarios y revistas llevan meses hablando sobre la película. Rara vez se ha visto una campaña promocional tan intensa.

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Debería estar orgulloso de que mi ídolo mayor despierte tanto interés y que su historia (sus historias) sigan seduciendo al cabo de por lo menos 2.800 años. Pero el sentimiento que me domina es más bien contradictorio. “La odisea” es mi libro y me cuesta compartirlo con otra gente y –ahora– con el mundo entero. Y que me perdone Joyce por la inmensa pretensión.

El enamoramiento –ese sentimiento de exclusividad y completud que solo da el ser amado– comenzó muy temprano. Yo debía tener alrededor de 5 años cuando cayó en mis manos un tomo de la “Enciclopedia estudiantil superior”, honorable producto de la era del papel, cuyas ilustraciones solían tener una gran calidad formal. Ese fue el caso del monstruo de seis horrendas cabezas que me saltó a la cara desde las páginas de la publicación. Como mis hermanas, pese a mis insistentes pedidos, no tenían tiempo para leerme los textos que acompañaban las ilustraciones, mi abuela decidió enseñarme a leer. Así, un monstruo homérico, Escila, presidió mi ingreso a la literatura. Y me he pasado la vida tratando de retribuir el favor. Mi primer libro de cuentos comienza con el texto “Ulises en Ogigia”. Mi primera novela lleva el subtítulo (en realidad era el título original) “La razón contradictoria de Ulises García”. Creo, poseído de hubris, que hay razones suficientes para considerarme uno de los guardianes del templo del vate griego.

Todo este rollo es una justificación para opinar sobre la versión de Christopher Nolan, que dicho sea de paso es, curiosamente, una de las escasas adaptaciones cinematográficas del monumento literario.

Vamos a lo básico: es una buena película. No es necesario ser un apasionado de paisajes ominosos y ruidos de inframundo para apreciar la pericia técnica del cineasta. Pero ¿es una buena “Odisea”? Ahí empiezan las dudas.

En primer lugar, por la elección del intérprete principal. Matt Damon parece un tipo simpático, pero resulta difícil identificar al varón de las mil argucias con el rugbyman de “Invictus”, cuando semidesnudo, o el profeta Moisés, cuando barbado. Pierde de lejos la batalla contra el melancólico pero sólido Ulises de Ralph Fiennes (“El retorno”, 2025) o el mercurial Kirk Douglas de “Ulises” (1954).

Luego está el delicado tema de los dioses. Es difícil el representarlos con sus respectivos atributos sin caer en lo kitsch, y ninguno de los tres filmes citados consideró necesario integrarlos visualmente al espectáculo. Son opciones, lo que es válido. Lo irregular –y desconcertante– es que Nolan haya optado por la presencia de una sola deidad, Atenea, quien además parece una chiquilla insegura y no una de las mayores potencias del Olimpo.

Pero el punto que se me hace más difícil de aceptar en esta “Odisea” es el tratamiento de la memoria. Ulises la habría perdido, narcotizado por las flores de loto que Calipso le administraba cotidianamente durante siete años para que se olvidara de su patria y hogar y se concentrara en complacer a la sublime ninfa. ¡Pero si precisamente ese es el gran tema de “La odisea”: la memoria, que Ulises preserva por sobre todas las cosas, incluso cuando lleva una vida de mantenido y sabe que, si vuelve, encontrará a una mujer 20 años mayor!

Un hecho a considerar es que el Ulises de Kirk Douglas también ha perdido la memoria en la tormenta que lo depositó en la isla de los feacios (desaparecidos totalmente del film de Nolan). Tengo para mí que en ambos casos podría haber funcionado un cierto puritanismo: ¿cómo explicar que el héroe conviviera siete años con una mujer distinta de la suya, si no es porque hubiere olvidado su esposa y su hogar? En todo caso, no es esa la actitud del creador del caballo de Troya, que en la isla de Calipso seguía derramando lágrimas todos los días en recuerdo de Ítaca y Penélope.

Dicho esto, mi balance entre las virtudes y defectos de esta película es, finalmente, positivo gracias a un personaje secundario que tiene mayor presencia en Nolan que en Homero, y que es una alegoría de la memoria: el perro Argos. Esperó 20 años a su amo manteniendo viva la flama, hasta que el retorno de Ulises consagró el tiempo recobrado.

(*)Carlos Herrera es escritor y diplomático de carrera, el autor de “Crónicas del argonauta ciego” es desde 2024 el representante permanente del Perú ante la Unesco

Fuente: elcomercio.pe

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