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A las cinco de la tarde, cuando el sol empieza a esconderse detrás de los apus y el frío vuelve a tomar posesión de la puna, cientos de alpacas emprenden el camino de regreso a sus corrales, esquivando los charcos helados que cubren el paisaje. Varias mujeres suelen observarlas con atención. Ellas se aseguran de que ninguna quede rezagada. Además, antes de que anochezca, revisan delicadamente que ninguno de estos camélidos presente signos de neumonía o diarreas, cada vez más frecuentes debido a las crudas heladas que ha traído consigo el cambio climático. Luego toca guardar energías y prepararse para el trabajo del día siguiente: limpiar los canales que alimentan el bofedal, fertilizar cada camino como si de preservar el futuro se tratase.
A más de 4.300 m.s.n.m., en Chalhuanca, provincia de Caylloma (Arequipa), esta rutina se repite desde hace varias generaciones. Sin embargo, hoy tiene un nuevo rostro. Mientras muchos hombres de la comunidad migran hacia la minería u otras actividades en busca de mayores ingresos, son las mujeres quienes permanecen en el campo y sostienen el trabajo cotidiano que mantiene con vida a las alpacas, los pastizales y los bofedales.
“Las mujeres hemos tenido que tomar el mando en el campo porque muchos de los hombres de la comunidad han dejado el pueblo para ir a trabajar en otras cosas, como las minas”, cuenta Victoria Vilca, criadora de alpacas. “Ahora nos encargamos de proteger los bofedales, de dar vida a la tierra seca mediante el abono y también de una actividad milenaria conocida como Oq’o Karpay, que consiste en abrir camino para que el agua humedezca los bofedales y se mantengan”, añade.

Su testimonio resume un cambio silencioso que atraviesa la vida en la puna. Si antes las responsabilidades se compartían entre hombres y mujeres, hoy cerca del 80% del trabajo diario en las estancias recae sobre ellas. Son quienes arrean a las alpacas antes del amanecer, las conducen de regreso al corral al caer la tarde, vigilan el estado de las crías, limpian los canales de agua, fertilizan los pastizales y enfrentan un clima que ya no se comporta como lo hacía hace apenas unas décadas.
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COLCHONES DE VIDA
A simple vista, un bofedal parece una extensa alfombra verde que rompe la monotonía de la puna seca. Sin embargo, para quienes viven aquí, es mucho más que un humedal altoandino. Es el corazón del ecosistema.
“El bofedal es como un colchón de agua”, explica Walter Vilca, representante de la familia alpaquera de Chalhuanca. “Almacena agua durante todo el año y la libera de manera gradual hacia el río. Gracias a eso tenemos pasto permanente. Esa es la diferencia con los terrenos secos, donde el pasto solo aparece cuando llueve”.
En una región donde las precipitaciones son cada vez más impredecibles, los bofedales se convierten en la garantía de alimento para las alpacas durante los doce meses del año. Pero conservarlos está lejos de ser un proceso natural. Requiere trabajo constante.

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Cada semana las familias limpian los canales por donde circula el agua, retiran la vegetación que obstruye su paso, reparan bocatomas y realizan el Oq’o Karpay, una práctica ancestral que distribuye el agua de manera uniforme para evitar que algunas zonas se sequen mientras otras se saturan.
“El trabajo es casi diario”, dice Walter, mientras señala una red de pequeños canales abiertos a mano. “Tenemos que reparar los bofedales permanentemente porque la vegetación va creciendo y tapa el paso del agua. Si dejamos de hacerlo, el bofedal deja de funcionar”.

La conservación también ocurre bajo tierra. Las familias aprovechan el estiércol de las propias alpacas para fertilizar el suelo de distintas maneras: trasladándolo en carretillas, rotando los corrales para que los animales abonen nuevas áreas o distribuyéndolo manualmente sobre los pastizales. Todo responde a un conocimiento acumulado durante generaciones que busca mantener vivo un ecosistema del que depende toda la cadena productiva.
EL CLIMA CAMBIÓ LAS REGLAS
“Antes el frío extremo empezaba entre junio y julio”, cuenta Victoria Vilca. “Ahora desde marzo ya tenemos heladas”. El cambio puede parecer pequeño para quien vive en la ciudad, pero en la puna significa meses adicionales de bajas temperaturas y un mayor riesgo para las alpacas recién nacidas. Las enfermedades respiratorias y digestivas son cada vez más frecuentes.
Pero esta alteración no solo afecta a los animales. También obliga a replantear la forma en que las comunidades gestionan el territorio.
“Con el cambio climático se ha modificado el ecosistema y, por lo tanto, también ha afectado la manera en que las personas gestionan su espacio”, explica Edgardo Cruzado, gerente del Fondo Concursable Puna, de Profonanpe. “Las alpacas han modificado su forma de vivir porque el ecosistema cambió. Eso implica que las comunidades tengan que aprender nuevas formas de manejo, combinando los conocimientos que ya tenían con información especializada”, refuerza.
Lejos de reemplazar los saberes ancestrales, el objetivo es fortalecerlos. Equipos técnicos trabajan junto a las comunidades para identificar especies de plantas nativas, evaluar su utilidad medicinal y monitorear el comportamiento del agua en los bofedales mediante parcelas de estudio y fotografías satelitales. La información obtenida permite medir qué prácticas funcionan mejor y cómo adaptarlas a un clima cada vez más incierto.
En esa línea, cobra especial relevancia el Fondo Concursable Puna Resiliente 2025, mediante el cual las comunidades de Chalhuanca y Colca Camel destacan como ganadoras. A partir de ello, recibirán financiamiento para mejoras en sus procesos, así como también capacitaciones y asistencia técnica. Esto alcanza a toda su cadena productiva, que no termina en el campo, sino que se repotencia con la esquila del camélido admirado mundialmente.

Dos veces al año, entre marzo y diciembre, la comunidad participa en una de las actividades más importantes del calendario: la esquila. En esos días, vecinos y familias enteras se reúnen para retirar cuidadosamente la fibra de los animales, un proceso que requiere destreza para no lastimar a las alpacas y preservar la calidad de una de las fibras naturales más finas del mundo.
“Nuestro trabajo no termina en el campo, sino que continúa en toda la cadena”, explica Edith Cayllahua, presidenta de la asociación Joyas del Colca. “Después ayudamos con el acopio de la fibra y su clasificación según la calidad: fina, superfina y otras categorías. Además, con parte de esa fibra nos hemos capacitado para elaborar hilos y artesanías como bolsos, guantes, chompas y gorros”, agrega Cayllahua.

Aprender a hilar y confeccionar prendas no solo abre nuevas posibilidades de ingreso: también permite que una parte del trabajo permanezca en el territorio y no termine únicamente en la industria textil.
Así, todo actúa como un círculo perfecto. Empieza cuando alguien limpia un canal para que el agua siga corriendo con el milenario Oq’o Karpay. Continúa cuando otra persona distribuye el estiércol de las alpacas para recuperar el pasto. Sigue con el cuidado de una cría enferma durante una madrugada de helada. Después llega la esquila, el acopio, la clasificación y, finalmente, las manos que convierten esa fibra en un hilo o una prenda. Cada eslabón depende del anterior. Por eso, hablar de una alpaca en la puna es hablar también del agua, de los bofedales y, por supuesto, de las personas que los protegen, tan protagonistas de esta historia como la fibra que hoy sigue maravillando al mundo. //
Fuente: elcomercio.pe