En cualquier bar de moda de Lima, entre luces tenues, música demasiado alta y cócteles demasiado caros, la pregunta fue la misma durante dos meses: “Entonces, ¿quién va a ganar?”. El fantasma electoral se coló de tal forma en la vida limeña que terminó alcanzando incluso a quienes salieron en busca de distracción.
Al final, habrá confeti naranja. Pero la aritmética electoral deja una constatación incómoda: tanto Keiko Fujimori como Roberto Sánchez avanzaron a la segunda vuelta tras haber sido rechazados por la mayoría de los electores en abril. Y aún no sabemos si coronarse en Palacio por unas décimas de punto porcentual será un premio o un castigo.
Sin embargo, esta fijación con los triunfos pírricos no es una anomalía criolla, sino una tendencia global. Hoy, tanto en las urnas como en los frentes de batalla, el objetivo ya no es vencer al enemigo, sino sobrevivir al proceso.
Hubo un tiempo, decididamente más predecible, en que las contiendas terminaban de manera bastante sencilla: un bando ganaba; el otro perdía. Hoy la sofisticación es otra. Tras meses de combates y miles de millones de dólares evaporados, Estados Unidos e Irán firmaron un inesperado armisticio en los salones dorados de Versalles. Hace un siglo, el palacio simbolizaba la derrota de los vencidos; hoy alberga un acuerdo en el que todos sobreviven y nadie obtiene del todo lo que buscaba.
De hecho, si uno observa los objetivos iniciales de cada parte, el balance resulta bastante menos glorioso de lo que sugieren los anuncios de Donald Trump o de los ayatolas.
Washington no consiguió derribar al régimen iraní ni resolver definitivamente el problema nuclear. La República Islámica sobrevivió, pero para gobernar a una población que no pudo proteger, recluida en un vecindario cada vez más hostil. Israel tampoco obtuvo la transformación estratégica que buscaba en la región; más bien, recibió una reprimenda por su actuar en Líbano.
Aun así, la paradoja tampoco es exclusiva de Medio Oriente. Desde el Golfo hasta Ucrania, la tecnología ha logrado una hazaña peculiar: las victorias son cada vez más difíciles de distinguir de las facturas que dejan atrás.
Es así como vemos a un dron ucraniano de apenas unos miles de dólares destruir un tanque ruso valorado en millones, o a un Shahed iraní de apenas 20 mil dólares obligar a gastar un misil Patriot estadounidense que cuesta la poco reconfortante cifra de 4 millones de dólares para interceptarlo.
Al parecer, el arte de la guerra se ha vuelto extrañamente democrático: atacar es ridículamente barato; defenderse es impagable.
De hecho, los pragmáticos países del Golfo, más que discutir quién ganó esta vez, se preparan para la próxima crisis, acelerando corredores comerciales alternativos, proyectos ferroviarios y complejos sistemas de defensa contra drones y misiles. Han entendido algo que quizá todavía no termina de asumirse en Occidente: el paraguas estadounidense sigue existiendo, simplemente ya no parece suficiente.
Y es aquí donde la historia se vuelve inesperadamente familiar para los peruanos. La lógica es idéntica, aunque el costo se mida con otra moneda. En Medio Oriente se cuentan cadáveres. En el Perú se cuentan instituciones vaciadas, organismos electorales bajo sospecha y una estabilidad que se erosiona elección tras elección. También aquí hay bajas, solo que no tienen velorio.
Quizá eso sea lo más curioso de nuestro tiempo. Las guerras ya no producen vencedores absolutos. Las elecciones tampoco. Terminan con derrotados capaces de proclamarse vencedores, y con campeones obligados a gestionar el poder como si hubieran perdido.
Quizá por eso hemos estado refrescando compulsivamente la página de la ONPE. No para descubrir quién ganó. Eso ya parece claro. Sino para medir cuán pequeña puede llegar a ser una victoria antes de parecerse demasiado a una derrota.
Fuente: elcomercio.pe