Mármol, madera y pigmento alternan en las rigurosas abstracciones de Michelle Magot, por Czar Gutiérrez

El horizonte -ese artificio óptico que organizó durante siglos la tradición paisajística occidental- aparece aquí desmontado, pieza por pieza. Ocurre que la artista comprende que toda línea de fuga es una ficción de la conciencia, algo que vemos y jamás alcanzamos. Por eso dice que “la muestra propone no avanzar hacia ese lugar diferido sino provocar un choque con el mundo de lo real”. Y de esa manera resume con precisión el núcleo conceptual de toda la exposición.

Ocurre que hay quienes pintan imágenes. Otros pintan atmósferas, símbolos, ideologías o relatos. Michelle Magot (Lima, 1979), en cambio, parece pintar la resistencia misma de la materia a convertirse en representación. Su exposición No existe el horizonte constituye una de las exploraciones más sólidas y conceptualmente refinadas de la abstracción peruana contemporánea, una investigación donde la superficie se transforma en un campo de fuerzas perceptivas.

Ese “choque” ocurre físicamente en las obras. Si el mármol interrumpe el pigmento y la madera fractura el flujo del color, el acero introducirá tensiones casi industriales dentro del conjunto silencioso. Nada parece buscar armonía definitiva. Cada elemento conserva una autonomía irreductible, como si los materiales se negaran a obedecer plenamente a la pintura.

La Galería. Conde de la Monclova 255 - San Isidro. De lunes a viernes de 11 a 7 p.m. y sábados de 3 a 7 p.m. Hasta el 6 de junio . Imagen: Difusión.

La Galería. Conde de la Monclova 255 – San Isidro. De lunes a viernes de 11 a 7 p.m. y sábados de 3 a 7 p.m. Hasta el 6 de junio . Imagen: Difusión.

Entropía del color

En los Ensamblajes #34, #35 y #36, por ejemplo, el color parece quedar suspendido frente a la irrupción de la madera. Allí la abstracción abandona toda pureza geométrica y adquiere densidad corporal. “El límite es el lugar donde los cuerpos se afectan mutuamente”, dice Magot. Y acaso toda su obra reciente pueda leerse desde esa idea, el límite como zona de fricción perceptiva, como territorio donde lo visible pierde estabilidad.

Existe algo profundamente contemporáneo en esa operación. Mientras buena parte del arte actual depende de la saturación discursiva o de la hipertrofia política del relato, Magot retorna a problemas esenciales: espacio, presencia, materia, percepción. Pero lo hace sin nostalgia modernista. Su abstracción no busca pureza formal, más bien intensidad ontológica.

Así, la serie “As it is above, as it is below” constituye quizás el momento más filosófico de la muestra. El título, tomado de la tradición hermética, sugiere correspondencias entre microcosmos y macrocosmos. Sin embargo, la artista rechaza cualquier lectura mística simplista. “La obra no es una ventana que el espectador mira para ver otra cosa, es un sistema en sí mismo que sufre su propio proceso de entropía, desgaste y transformación”, sostiene.

Michelle Magot. Foto: Difusión.

Michelle Magot. Foto: Difusión.

La frase resulta crucial porque revela el desplazamiento radical que opera su pintura: el cuadro parece dejar de representar un mundo para convertirse directamente, él mismo, en mundo. Un mundo sometido a erosión, peso, gravedad y tiempo. Hay, además, una dimensión mineral cuando el mármol introduce un tiempo geológico dentro del tiempo pictórico. La piedra aparece fracturada, vulnerable, casi herida. Esa coexistencia entre robustez y fragilidad atraviesa toda la muestra como una respiración secreta.

El ojo y la fractura

Nacida en Lima en 1978, Magot desarrolló su formación entre la Escuela Corriente Alterna, Florencia y Londres. Ese tránsito entre tradiciones culturales distintas parece haber sedimentado una sensibilidad singularmente rigurosa frente al espacio y la composición. Desde exposiciones tempranas como Colapso o Ego-espejismo, hasta proyectos posteriores como Formalidades de un fragmento o State of Flux, su trabajo ha mantenido una coherencia infrecuente: investigar la pintura como representación y como acontecimiento físico.

Y quizás allí reside el verdadero lugar que hoy ocupa dentro del arte contemporáneo latinoamericano. Michelle Magot pertenece a esa rara estirpe de artistas que aún creen que la materia piensa. Por eso sus obras producen esa sensación inquietante donde el espectador comprende que el horizonte nunca estuvo afuera, extendido al fondo del paisaje, sino dentro de la mirada misma, desplazándose perpetuamente unos centímetros más allá de toda comprensión posible. Todo un hallazgo, sin duda.

 

Fuente: larepublica.pe

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