Perú, Chile y Colombia: un Mundial para pensar en grande

Siempre fui futbolera. Mi papá me transmitió la pasión por il calcio italiano y tuve la suerte de tener dos hijos apasionados por el fútbol. Además, viví dos mundiales en los que participó el Perú. Por eso sé que la emoción que despierta un Mundial es innegable. También lo es el orgullo de ver a un país competir y demostrar que puede estar a la altura. Cabo Verde, Noruega, Colombia y Marruecos nos recuerdan que los grandes saltos empiezan con una pregunta sencilla: ¿Por qué no el Perú?

De pronto, aparecen ideas que antes parecían imposibles: Organizar un Mundial de fútbol. La reacción automática suele ser:“el Perú no está listo”. Probablemente sea cierto. Pero quizá esa sea, precisamente, la mejor razón para intentarlo.

Una candidatura conjunta entre Perú, Chile y Colombia para el Mundial de 2038 puede sonar ambiciosa e ingenua. Su valor no estaría solo en ganar la sede, sino en obligarnos a hacer algo que el Perú casi nunca logra: pensar a largo plazo. Tomemos a Japón como ejemplo y su meta fijada en 1992: ganar el Mundial en el 2050.

Un Mundial no se organiza en cuatro años ni con decretos de urgencia. Exige planificación, inversión sostenida y coordinación entre gobiernos nacionales, regionales y municipales. Obliga a fijar metas que trasciendan un periodo presidencial. Vivimos de obra en obra, sin una visión compartida de hacia dónde queremos llegar.

Tendríamos que preguntarnos: ¿qué necesita construir el país de aquí al 2038? La respuesta va mucho más allá de un estadio: aeropuertos conectados, carreteras que funcionen, transporte público eficiente, hospitales preparados, infraestructura hotelera, sistemas digitales, seguridad ciudadana y capacidad de coordinación.

Mundial

Lo interesante es que ninguna de esas inversiones serviría solo para un mes de fútbol. Todas mejorarían la calidad de vida de los peruanos. Un estadio vacío podría ser un elefante blanco; una carretera o una ciudad más segura generan beneficios todos los días. Y el impacto en el turismo sería importantísimo.

La experiencia internacional muestra que el legado de un Mundial no es el torneo, sino las decisiones previas. Algunos países aceleraron transformaciones urbanas; otros terminaron con infraestructura poco utilizada. La diferencia no estuvo en la FIFA, sino en la capacidad del Estado para convertir un objetivo deportivo en una estrategia de desarrollo.

Por supuesto, presentar una candidatura no garantiza que la FIFA nos elija ni que el Perú haga las reformas necesarias. Pero sí crea un horizonte. Y los países que progresan tienen horizontes claros y se fijan metas difíciles que exigen cambios desde hoy.

El Mundial puede llegar al Perú. Y si nos atrevemos a pensarlo en serio, habremos ganado algo importante: una meta común que nos obligue a mirar lejos, ordenar prioridades y construir capacidades que el país necesita. Porque el verdadero partido no sería el que se juegue en la cancha, sino el que nos obligue a jugar pensando en grande y en largo plazo.

Fuente: elcomercio.pe

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *