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A las once y media de la noche, cuando la mayoría de ideas suelen quedar atrapadas entre la almohada y el sueño, Phillip Chu Joy se levantó de la cama para escribir. Era inicios de 2024 y acababa de reencontrarse con unos viejos libros de su infancia, aquellos en los que el lector decidía qué camino tomar y cada elección abría una historia distinta a través de juegos y acertijos. No pudo dormir más, su imaginación acababa de despertar.
“Fue uno de esos abrazos nostálgicos que te hacen recordar exactamente cómo te sentías de niño. Cerré el libro y pensé: ‘Sería increíble hacer esto otra vez’. Esa misma noche nació casi el 80% de la estructura de ‘Aventura Infinita’”, recuerda en diálogo con Somos.

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Chu Joy ahonda en la inspiración de este libro de juegos, recientemente presentado en la Feria Internacional del Libro de Lima, que espera despierte nostalgia en grandes y pequeños. Además, toma un espacio para reflexionar sobre sus proyectos, la filantropía que lo caracteriza y aquello que lo ancla a tierra en momentos complicados.
― El origen de este libro viene desde tu primer acercamiento a los juegos. Y no precisamente en una pantalla, sino más bien en un libro que te regaló tu mamá.
Así es. Mi conexión con este tipo de historias fue antes de tocar mi primer videojuego. Sentía que realmente vivía una aventura y que mi imaginación llenaba todos los espacios que el libro dejaba abiertos. Ese ejercicio mental es fantástico y hasta necesario, tanto para los niños como para los adultos.
― Nacido de la nostalgia personal, ¿cómo esperas que recuerden en unos años tus lectores este libro?
Espero que dentro de treinta años alguien encuentre este libro y diga: “¿Te acuerdas cuando lo jugábamos?”. Está pensado para crear recuerdos, personales y colectivos, sin Internet, electricidad, ni pantallas. Pura imaginación, dibujos, lecturas.

― “Aventura infinita” también abre la puerta a un nuevo universo de Phillip Chu Joy. Adelantas que este no es un único libro, que habrá más.
Hasta ya tengo pensadas unas treinta temáticas distintas. Hay aventuras de ninjas, dinosaurios, espías, viajes en el tiempo, museos, cultura Inca… Mi limitación no es la imaginación; es el tiempo que toma ilustrarlas. Y en ello los Hermanos Magia hicieron un gran trabajo.
― La filantropía es algo que también te motiva. Pero hoy pareciera que cada vez cuesta más ver gestos de humanidad entre las personas. ¿Cómo percibes esa realidad y cómo te ha ayudado Philantropia a reconectar con ella?
Me ayuda mucho a volver a anclarme a la realidad. A veces vivimos dentro de nuestra burbuja y no vemos lo realmente complicada que puede ser la situación de muchas personas. El simple hecho de que alguien esté leyendo esta entrevista ya es un lujo. Hay gente que sale todos los días a trabajar enfrentando situaciones muy difíciles. La filantropía es un bonito ejercicio para recordar que no estamos solos en este mundo. No es que esté perdida, es que hace falta mirar más allá de lo que vive cada uno. Muchas personas creen que la filantropía es algo reservado para millonarios, y no es así. Una ayuda genuina está al alcance de cualquiera.

― ¿Cómo te mantienes inspirado?
Yo aplico mucho la idea de no esperar a sentirte bien o 100% listo para hacer las cosas. Creo que debería ser al revés: la acción lleva a la emoción. Cuando me siento decaído, prefiero salir a caminar o hacer algo en lugar de quedarme estancado pensando. Hoy vemos muchísima teoría, opinólogos en redes sociales, personas que tienen una opinión para todo, pero poca práctica. Yo prefiero hacer una pequeña acción antes que escribir mil palabras que no generan ningún cambio en el mundo real. Es un recordatorio de que cualquiera puede tener un impacto sin necesidad de hacer algo extraordinario.
― Has contado que acompañar a tu papá durante su enfermedad, cuando aún eras muy joven, fue uno de los momentos más duros de tu vida. ¿Fue esa experiencia la que terminó reforzando tu empatía y tu manera de mirar a los demás?
En realidad, mis papás siempre me inculcaron eso desde pequeño: entender que uno no está solo en este espacio, que nuestras acciones afectan a los demás. Algunos podrían llamarlo humildad; para mí simplemente es una actitud muy práctica. Durante la enfermedad de mi papá todo eso se intensificó. Éramos prácticamente los dos. Yo dependía de él para aprender todo lo que todavía podía enseñarme y, al mismo tiempo, lo acompañaba en las quimioterapias y en todo ese proceso tan difícil. Fue complicado, pero esas experiencias también te obligan a valorar lo que realmente importa.
― Alguna vez comentaste en una entrevista que prefieres hablar de los consejos que te dejó una vivencia en lugar de caer en el drama de la misma. ¿Qué cosas vienes aprendiendo de esos momentos duros?
Que las prioridades cambian por completo. Que sin salud, sin familia y sin llevarte bien con las personas que quieres, todo lo demás pasa a un segundo plano. Puede sonar fuerte, pero muchas veces el sufrimiento también enseña. Es necesario, y no lo digo porque quiera que los demás sufran, sino porque esas experiencias ayudan a entender qué es realmente valioso y permiten construir una vida mucho más consciente.

― No proyectas imagen de perfección. Una de las cosas que más aprecian tus seguidores es tu naturalidad. ¿En qué aspectos dirías que estás trabajando por mejorar?
El gran reto que tengo hoy es aprender a transmitir mi forma de hacer las cosas. Antes hacía absolutamente todo yo. Trabajaba solo en mi garaje. Ahora he tenido que contratar personas y delegar, pero me cuesta explicar cómo ejecuto mis ideas porque soy muy detallista. Lo que más estoy aprendiendo es justamente eso: cómo comunicar mi proceso para que otros puedan hacerlo incluso mejor que yo.
― ¿Cómo organizas tu universo de proyectos sin perder la cabeza en el camino?
A veces, hasta yo mismo me sorprendo de la cantidad de cosas que hago. Entre películas, la oficina, grabaciones, podcasts, entrevistas… siempre tengo varios proyectos en paralelo. Creo que aprendí ese ritmo cuando trabajaba en televisión. Con los años fui organizando mentalmente todo como si fueran bloques de tetris. Cada tarea encuentra un lugar dentro de mi día. Claro, en ocasiones se acumulan demasiadas cosas y toca reorganizar todo, pero así funciona mi cabeza.
― ¿Y cuál es tu cable a tierra? ¿Qué te desconecta de ese ritmo?
Pasar tiempo con mi esposa. Ella es mi ancla. Cuando estoy con ella, suelto todo. Podemos jugar videojuegos, ver una película o simplemente compartir tiempo juntos. Es cierto que muchas veces incluso esas actividades terminan convirtiéndose en contenido para mi trabajo, pero igual logran relajarme. También procuro reservar los fines de semana para la familia. Salir a caminar, respirar tranquilo, conversar… todo eso me ayuda muchísimo. Algo que también disfruto bastante es hablar con mi equipo de trabajo.
― ¿Por qué es tan importante tener esa relación genuina con tu equipo de trabajo?
Porque me gusta conocer a las personas con las que trabajo. No quiero que la relación sea únicamente profesional. Me interesa saber qué los motiva, qué esperan, qué necesitan. Además, los contraté justamente porque son mejores que yo en muchas áreas. Quiero que propongan ideas propias, que aporten su mirada y que construyamos algo juntos.
― La inteligencia artificial está transformando muchas industrias creativas. ¿Cómo convives tú con esa herramienta?
Lo que más me preocupa es que estamos dejando de ejercitar el cerebro. Ese esfuerzo mental que antes existía cada vez se usa menos, y eso sí me preocupa. Yo utilizo inteligencia artificial únicamente para experimentar y ver hasta dónde puede llegar. Pero cada vez confirmo que por nada del mundo puede reemplazar a la mente humana. Nunca confiaría ciegamente en lo que produce.

― Hay cosas que la IA no podrá reemplazar.
Definitivamente. “Aventura infinita”, por ejemplo, podría haberse hecho con inteligencia artificial y probablemente habría tomado menos tiempo. Pero no habría tenido el mismo cariño, el mismo detalle ni el mismo cuidado. Le tengo mucho respeto a la inteligencia artificial, pero también mucha desconfianza respecto de cómo se utiliza. Es muy fácil dejarse llevar por lo que produce, incluso cuando está equivocada. Y eso puede hacer que perdamos algo muy importante: el esfuerzo mental, creativo y espiritual que solo puede aportar una persona. //
Fuente: elcomercio.pe