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Juan Carlos Portilla lleva tres años retirándose. Así, en gerundio. Porque a los 39 años todavía aparecen llamados de Copa Perú que acepta como quien posterga una despedida inevitable. Le cuesta dejar el fútbol. Quizá porque hace dos décadas, cuando apenas empezaba a construir su propia historia, le tocó cruzarse con dos muchachos que tampoco sabían que algún día tendrían que decir adiós: un portugués flaco y encarador llamado Cristiano Ronaldo, y un zurdo argentino imposible de alcanzar llamado Lionel Messi.
Quién sabe y está esperando que su adiós al fútbol coincida con quienes alguna vez tuvo como rivales, allá cuando todo era promesa sueños.
Portilla nació en Chincha y llegó a Lima siendo apenas un adolescente. Tenía 12 años cuando dejó su ciudad para instalarse en las divisiones menores de Alianza Lima. “Hice todas las menores ahí”, recuerda. Más adelante vendrían San Martín, Unión Huaral, José Gálvez, Sporting Cristal, Sport Áncash y una carrera larga, honesta, repartida entre estadios de provincia, ascensos, viajes eternos y camerinos donde el fútbol peruano se parece más a una resistencia que a una industria.
En aquellos años todavía era “el Nene”. El apodo nació cuando debutó con apenas 16 años en San Martín. “Creo que fue Cafú Salazar el que decía: ‘Ese es un bebito, está chiquito’. Después me decían “nenito”, “Nene”, y así se quedó”. El sobrenombre sobrevivió a los equipos, a los entrenadores y al paso del tiempo. Lo que nadie imaginaba era que aquel muchacho terminaría acumulando una anécdota reservada para muy pocos peruanos: haber enfrentado a los dos futbolistas que dominarían una era.

La primera vez ocurrió en Francia, en el Mundialito de Montaigu. Portilla tenía 14 años y defendía a la selección peruana Sub-15 dirigida por Óscar Hamada. Perú disputaba el tercer lugar ante Portugal cuando apareció un extremo flaco, rapidísimo y obsesionado con encarar. “Era totalmente distinto a lo que es ahora. Flaco, bien hábil, demasiado rápido. Pero nosotros nos dimos cuenta al toque: este es bravo”, cuenta.
Aquel chico era Cristiano Ronaldo. No tenía músculos esculpidos ni millones de seguidores. Era apenas un adolescente que pedía todas las pelotas y que parecía incapaz de aceptar una derrota. “Las jugadas siempre eran por su lado. Me acuerdo de un tiro libre al ángulo que sacó José Carvallo. Ya íbamos ganando 1-0 y Chila la sacó espectacular”. Perú ganó ese partido y terminó tercero. Cristiano se quedó sin podio.

Lo que más recuerda Portilla no es una gambeta ni una jugada brillante, sino la personalidad. “Se notaba clarito que no quería perder. Agarraba la pelota, encaraba, encaraba y encaraba. Buscaba el empate todo el tiempo”. Dos décadas después, mientras Cristiano se acerca a su última gran función internacional, aquella escena parece una maqueta perfecta de la carrera que construiría después: un futbolista incapaz de rendirse.
El segundo encuentro fue todavía más impactante. Ocurrió en el Sudamericano Sub-20 de Colombia en el 2005. Argentina concentraba en el mismo hotel que Perú y Portilla podía cruzarse en los pasillos con una generación que parecía salida de un videojuego: Sergio Agüero, Ezequiel Lavezzi, Pablo Zabaleta, Lucas Biglia, Oscar Ustari. Y, por supuesto, un zurdo bajito que todavía no debutaba en el Barcelona, pero que ya provocaba conversaciones en voz baja.
“Nos metieron una tanda, hermano”, dice y se ríe. Han pasado más de veinte años y el recuerdo sigue siendo igual de contundente. Portilla, delantero de profesión, fue ubicado como volante izquierdo. El problema era que por su sector aparecía Messi. “Ya nos iban ganando y uno se pica. Yo decía: “Ahorita le meto un patadón a este chato”. No lo agarré nunca. Nunca, hermano”.
Cuando intenta describirlo, todavía parece sorprendido. “Lo tenía a tres metros. Pensé: acá lo espero y voy fuerte. Pero con la pelota dominada, sin hacer ninguna finta, cambió de ritmo y cuando reaccioné ya estaba tres metros más allá. ¿Cómo lo agarras? Era imposible”. No habla del Messi que levantó Copas del Mundo ni del ganador de Balones de Oro. Habla de un adolescente. Y quizá eso es lo más impresionante.
“Cristiano me llamó mucho la atención, pero Messi me sorprendió más”, admite. “Yo siempre fui rápido, pero lo veía más rápido que todos. Y con la pelota pegada al pie. Eso no tiene comparación”. Lo dice alguien que pasó años enfrentando buenos futbolistas en el torneo local. Alguien que todavía busca una referencia parecida y no la encuentra. “Con ese estilo, esa velocidad y ese cambio de ritmo, no he visto otro”, sentencia.
Hoy, mientras es profesor en una academia y acompaña los primeros pasos de su hijo en las menores de Alianza Lima, Portilla suele contar esas historias. Al principio nadie le creía. “Mi hijo pensaba que era mentira”, dice entre risas. Hasta que encontró un video de aquel partido. “Salgo yo cantando el himno y después sale Messi. Ahí tengo las pruebas”. Son esas pequeñas reliquias que adquieren valor con los años, como fotografías olvidadas en un cajón que de pronto se convierten en documentos históricos.
En evidencias para justificar una sonrisa, un sueño.
Quizá por eso le cuesta tanto despedirse. Porque el fútbol no es solamente lo que ocurrió, sino también todo lo que sigue ocurriendo cuando se recuerda. Portilla lleva tres años retirándose sin terminar de retirarse. Sigue escuchando ofertas, sigue recibiendo llamadas, sigue pensando si acepta o no el próximo partido en Copa Perú. Y mientras Messi y Cristiano avanzan hacia el último Mundial de sus carreras, él entiende mejor que nadie ese sentimiento.
Este Mundial 2026 lo verá junto a su hijo. Lo disfrutará con las anécdotas listas cuando sea el turno de Messi y cuando le toque ver a Cristiano. Dirá que él los enfrentó y quizá luego repetirá que sí a una nueva propuesta en Copa Perú. Finalmente, la vida es eso: anécdotas y juego.
Fuente: elcomercio.pe