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En la plaza del Vaticano, frente al templo, asiste a la audiencia general de León XIV. Lo ve llegar, subir al palio y recibe la bendición junto con otras 300 mil almas. Imposible no emocionarse, me cuenta. Pero el escritor Santiago Roncagliolo no asiste a la ceremonia como un entusiasta hombre de fe. Recorre el pequeño Estado recabando información de fuentes cercanas al Santo Padre para escribir una compleja y detallada investigación sobre el hombre que en ese momento lo ve sosteniendo el báculo de San Pedro.
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Al recorrer luego la Capilla Sixtina, aprecia las pinturas de los maestros del Renacimiento. Más allá de las imágenes de Cristo, de los apóstoles y de los santos, observa los cortinajes que parecen enmarcar las composiciones. Y advierte que no son tales. Son trampantojos, imágenes que parecen reales pero son solo una ilusión pictórica. Sin duda, resultan una metáfora para hablar del poder que se ejerce al interior de ese recinto por siglos. “La iglesia es muy curiosa porque su poder se basa en que la gente crea en algo irracional”, advierte el autor de “El pastor y los lobos”, libro que ha traído a presentar en la FIL Lima. “Así que hablamos de un poder sin ejércitos, sin elecciones ni voto ciudadano. Es otro tipo de poder”, afirma.
Inevitablemente, hablar de la historia de Prevost y de las intrigas tejidas a su alrededor durante el cónclave que lo eligió como papa, llevó al escritor y periodista a contar su propia historia: la del joven que creció en una familia cercana a la Teología de la Liberación, que entendió el rito católico desde la reivindicación de los derechos sociales. Un joven que vive el divorcio de sus padres y vive en un mundo en el que no sabe muy bien en qué creer. Así, además de un gran reportaje sobre las intrigas que debió enfrentar Robert Prevost, tanto en el Perú como en el mismo Vaticano antes de ascender como sumo pontífice, una confesión del propio escritor sobre sus crisis de fe. “Solo a partir de tus propias experiencias con la religión puedes tratar de entender por qué un señor con una falda blanca puede ser seguido por 1.400 millones de personas”, me explica el autor de “Abril Rojo”.
― En tu libro, en todo momento analizas el lugar desde dónde narras la historia, cuestionas permanentemente tus propias certezas. ¿Hay que replantear la idea de “objetividad” periodística?
Un libro de no ficción, a diferencia de una novela, te transforma. Para entender a otras personas, te obliga, más o menos, a convertirte en ellas. Entender a alguien es convertirte en esa persona de una manera parcial y temporal. Y narrar esa transformación es parte de lo que cuentas. Además, leyendo a autores como Javier Cercas, a Héctor Abad, o a Emmanuel Carrère para decidir cómo iba a escribir, entendí que cada vez creemos menos en una historia en tercera persona. Para que una historia esté bien contada tenemos que saber quién la cuenta, de dónde viene y qué es lo que cuenta. Yo muestro evidentes simpatías dentro del libro con algunas personas. Pero me interesa confrontar esas simpatías y escuchar al otro lado. Y creo que eso, como lector, es más interesante. Te permite un diálogo, algo imposible si yo vengo a decirte que la historia es así porque lo digo yo. Mi formación personal forma parte de la historia también.
― Para hablar del Santo Padre hace falta hablar de nuestros propios padres, mucho más imperfectos.
¡Es que la iglesia está construida sobre el patriarcado! Era muy interesante ver cómo las víctimas de abuso sexual, en todos los testimonios, provienen de personas cuya imagen paterna está destruida, es débil, enferma o ausente. Buscaban un padre tan desesperadamente que se ponían en manos de esos padres falsos. Es una constante. Por eso en una parte de la historia decidí mostrar incluso cómo yo quise ser sacerdote en un momento en que no tenía referentes de lo que para mí era ser un hombre. En otro momento del libro cuento cómo me impactó cuando fui al Vaticano a ver la audiencia general de León XIV frente a 300.000 personas. Llega, sube al palio con la Basílica de San Pedro detrás. Cuando da la bendición, a mí se me escapó una lágrima. Fue algo muy potente sobre cómo la iglesia cubre esa necesidad de un padre. Siempre entendió a Dios como un padre y de ahí vienen muchos de sus beneficios y de sus pertenencias.
― Si no me equivoco, en ese mismo momento, en plena plaza, ves a un acosador también.
Cuando tú confías en que alguien representa a Dios, o que está unido a ti por Dios, le permites hacer cosas que no permites hacer a otros. A lo largo de este libro, he visto lo mejor y lo peor de las personas. Gente que deja todo por servir a los demás, dispuesta a no tener una vida familiar, porque solo encuentra su sentido en hacer un mundo mejor. Y luego hay gente que se aprovecha de la fe para destruir la vida de otros, incluso de niños. Creo que la iglesia alberga a los mejores y a los peores de nosotros.
― Escribes: “Ya adulto, en mi carrera de escritor, me he dedicado a una especie de terror realista. Con frecuencia los artistas trabajamos desde nuestros traumas y heridas. Los míos sin duda se forjaron en esas noches terribles”. ¿Un escritor que se psicoanaliza, no termina reduciendo sus propias obsesiones?
Lo que pasa es que no hay mucha diferencia entre narrar y hacer terapia. Hacer terapia es sacar cosas de dentro de ti y ponerlas en palabras para liberarte un poco de ellas. Y creo que eso es lo que hice mucho en este libro. Reconectar con alguien que yo había olvidado que era.

― ¿Cómo ves el legado del Papa Francisco en una iglesia que atravesaba ya una crisis tras la renuncia de Benedicto XVI? ¿Qué crees que dejó sin terminar?
El Cardenal Barreto me lo dijo: “Francisco era un papa ‘bulldozer’ y León XIV es un papa ‘motoniveladora’”. Pienso que siempre ha sido así. Juan XXIII entró para hacer saltar todo por los aires, y luego vino Pablo VI para contener, confirmar y nivelar el legado. Juan Pablo II lo hizo de otra manera, y luego vino Benedicto XVI para hacer lo mismo. Esa es la relación que yo veo entre Francisco y León XIV. Francisco abrió muchos caminos, pero casi llevó a la Iglesia hacia un cisma. Entonces, la labor de León XIV es continuar con los caminos posibles y bajar el volumen a los que solamente iban a conducir a vías cerradas. Por ejemplo, ha sido muy contundente en temas como la paz, la migración, la pobreza. Pero en temas como la homosexualidad, no le hemos escuchado decir nada. Y creo que es muy difícil juzgar qué es lo que está bien o mal, porque el papado no es un gobierno. ¡Es una monarquía! Allí todo se hace según lo que diga el papa. Es un título muy personal, que llevas según tu personalidad y lo que te dice tu conciencia. Sin embargo, una iglesia que había cometido tales abusos sexuales, no puede ponerse muy pesada con la sexualidad de la gente. En cambio, en un mundo cada vez más dividido, es urgente que la iglesia se solidarice con los más pobres, con los que más sufren. Ese fue el intento de Francisco, que llegó hasta donde pudo. Ahora le toca a León XIV, que es más discreto y diplomático. Y diría también más hábil políticamente.
― Una de tus fuentes cercanas al papa lo define como “Un hombre suave, de maneras silenciosas, pero muy firme en sus convicciones”. ¿En lo que respecta a su comportamiento, lo ves opuesto a Francisco?
La prensa española solía decir que Francisco era “muy argentino”. En realidad, más bien era muy peronista.
― ¿Cuál es la diferencia?
Algo que me impacta mucho del peronismo, que puede ser de izquierda o de derecha, es que nunca deja que el pragmatismo le impida formular una buena frase, generar un gran titular. Y nuestro Papa Francisco tenía titulares que sacudían al mundo, aunque luego sus acciones no eran tan intensas. Por eso, en el último cónclave, se votó por conservar su legado, pero también cerrar las heridas que Francisco habría creado.
― Una película como “Spotlight” (2016) globalizó las denuncias contra los sacerdotes católicos. Las cifras que expones son terribles. En Chile afloraron más de 150 agresiones sexuales, en Portugal 5000, Alemania 4000 y en España, según la Defensoría del Pueblo, 440.000 habrían sido víctimas de abusos en el ámbito de la Iglesia católica. ¿En el caso chileno, que es el que abre tu libro, Francisco no estaba avisado de ello o no lo quería creer?
Sucede algo que se dice muy poco con los abusos sexuales: son muy complejos de tratar, porque frecuentemente el abusador también ha sido abusado. Con lo cual, la iglesia muchas veces sentía lástima por el abusador, y lo trasladaba de lugar para alejarlo de las “tentaciones” y, sobre todo, evitar el escándalo. Eso generó que ni siquiera la iglesia tuviera datos claros de las dimensiones que estos abusos habían adquirido. Mucha de la gente con la que conversé en el libro me dice que, en los años de Juan Pablo II y Benedicto, esta situación se agravó. Si te fijas, todos los grandes casos: Karadima, los sodálites, los legionarios de Cristo, fueron nombramientos de Juan Pablo II, provenientes del sector más conservador de la iglesia. Y la cifra descomunal en el caso español, según la Defensoría del Pueblo, viene de una iglesia muy nacional y católica, por muchas décadas. Algo que me dijeron muchos psicólogos y sacerdotes, es que parte del conservadurismo en la iglesia tiene que ver con reprimir las emociones. Y cuando tus deseos están reprimidos en exceso, buscas a quien te va a guardar el secreto, que muy posiblemente sea tu subordinado, tu alumno o tu discípulo. Luego, para que él se comporte y se mantenga callado y esté contento, lo asciendes. Con lo cual, su víctima empieza a reproducir estas actitudes. Eso generó una explosión que ni ellos mismos tenían dimensionada, que no sabían controlar y que causó la renuncia de Benedicto. Al inicio Francisco no le dio la importancia que el tema merecía hasta que vio que potencialmente podía significar el fin de la Iglesia.
― Citas a Francisco cuando dice: “A los pecadores hay que perdonarlos, pero a los corruptos no”. ¿Cuándo decidió impulsar el cambio?
Después de Chile. Su viaje a Chile fue un desastre tan internacional y tan sonado que empezó a pensar en dar un golpe de timón, algo rarísimo en la iglesia. Nombra una comisión de investigación, se reúne con las víctimas, hace una conferencia contra la pederastia. Y en el Perú estaba a punto de explotar el tema de los sodálites y entonces aparece un buen misionero, alguien en quien nadie había reparado.
― Prevost se convertiría en el principal agente en la lucha de Francisco…
Esto ocurre el 2018. Ya para entonces, Prevost y Francisco tienen una muy buena relación, son muy cercanos. Ese año, Prevost empieza a presentarse como el encargado para los temas de abuso sexual. Los resultados le gustan tanto a Francisco que, al final, Prevost pasa de misionero en un lugar perdido de Sudamérica a Papa en dos años. Se había vuelto muy hábil en combatir aquello que podría destruir la iglesia. Tanto los abusos sexuales como también otros delitos. ¡En Perú, hubo hasta un obispo que mandaba sicarios!
― ¿Si el Papa Francisco había pensado en Prevost para sucederlo, por qué en el cónclave parecía muy difícil su elección? ¿Son muchas las intrigas tejidas alrededor suyo?
El libro tiene declaraciones de tres cardenales y dos fuentes indirectas, de un lado y del otro, que me contaron cómo fue el Cónclave. Nosotros todo lo vemos polarizado, porque vivimos en un mundo polarizado. Todo lo reducimos a izquierda y derecha. Pero estrictamente, las diferencias entre ambos sectores tienen que ver con las formas en que se presenta Dios según el Antiguo y el Nuevo Testamento. Uno es un Dios enorme que te ve desde arriba, y con el que te conectas en el templo, en la tradición, en la oración a través del cura como delegado oficial de Dios. Pero el cristianismo es también un Dios que se encarna en una persona, no en un rey sino en un pobre, en un inmigrante, en un tipo que muere torturado por el imperio. Ello conduce a ver la presencia de Dios en los que sufren, en los torturados por el imperio, en los inmigrantes que nacen en un establo porque es el único sitio donde pueden pasar la noche. Y ninguna visión de Dios niega a la otra. Ningún papa niega al otro. La cuestión es dónde pone el acento al hablar. Y es ahí donde está el conflicto. Y ese conflicto Francisco casi lo hace explotar. Podría haber habido un sisma al final de su papado. Para León XIV, la labor es la misma, pero prefirió no enfrentarse directamente contra las organizaciones ultra conservadoras, sino formando unidad, disolviendo lo que resultaba inaceptable de ellos, pero también cediendo en otras.
― En febrero del 2024, el Papa Francisco exige la renuncia de Monseñor Agüero. En enero del 2025, disuelve el Sodalicio. ¿Cómo ves el futuro de los sectores más conservadores de la iglesia?
Según me dicen, fue una manera de quitar a sus oponentes sin mucho miramiento. Otra vez: el Vaticano no es una república, se hace lo que diga el jefe. Para garantizar la sucesión, había que tomar medidas radicales, en una Iglesia que suele darle largas a todo. Ahora, es León XIV quien ha llegado y ha desactivado a los enemigos más acérrimos de Francisco, con lo cual es posible que logre su misión de acabar con esta guerra. Pero bueno, ahí están los lefebvristas por un lado y por el otro grupos que exigen cambios en la iglesia.
― El papa viene al Perú. ¿Cómo ves a nivel político los efectos de una visita a un escenario que él conoce tan bien?
Yo vi su visita a España. Allí él combinó sus visitas “de culto” a catedrales y santuarios, con visitas muy sociales, a grupos de inmigrantes, en la cárcel, con un mensaje muy social. Habló en el Congreso de los Diputados y consiguió aplausos de todos los sectores. Él tiene una gran habilidad política para colar su mensaje enfocado en los más vulnerables. En el Perú, supongo que hará algo parecido: él conoce bien nuestros problemas sociales: ha trabajado para sacar a mujeres de la prostitución, dándole papeles a indocumentados venezolanos, sacando a gente de la miseria más abyecta o por lo menos intentándolo. Creo que irá por ahí, tratará de proyectar un mensaje que acerque la cristiandad a la solidaridad, a la humanidad. Y eso ya sería bastante.
Fuente: elcomercio.pe