La sororidad suele entenderse como la solidaridad y el reconocimiento mutuo entre mujeres frente a las desigualdades que históricamente las han afectado, pero ¿ese reconocimiento debe depender también de la afinidad política?
Hace unos días escuché en alguna cuenta de TikTok, que una mujer “no merecía sororidad” por sostener posiciones conservadoras. Más allá del nombre propio –podría haber sido cualquier otra–, la frase encierra una pregunta incómoda: ¿la sororidad es un principio ético o una alianza política?
El caso de Keiko Fujimori ilustra esa tensión, ahora que se discute –justamente en las redes sociales– su papel como primera presidenta mujer electa por voto popular. Y es que es perfectamente legítimo discrepar de sus ideas, cuestionar sus decisiones o no votar jamás por ella. Esa es la esencia de una democracia plural. Pero afirmar que, por ese motivo, deja de ser destinataria de la sororidad supone aceptar que el reconocimiento entre mujeres depende de una condición previa: ver al mundo del mismo modo.
No todas las feministas entienden la sororidad del mismo modo. Marcela Lagarde la concibe como una alianza política orientada a transformar relaciones de opresión. Desde esa perspectiva, es natural que tenga fronteras. Otras pensadoras, como Martha Nussbaum o Susan Moller Okin, parten de una tradición liberal distinta: la igualdad entre mujeres nace de su igual dignidad como personas y ciudadanas. La discrepancia puede justificar el desacuerdo, pero no cancelar el reconocimiento. El problema aparece cuando una de esas visiones pretende presentarse como la única posible.
El filósofo W. B. Gallie llamó “conceptos esencialmente controvertidos” a aquellas ideas cuyo significado permanece abierto porque distintas tradiciones compiten legítimamente por definirlas. Es el caso de la democracia, la libertad, la justicia y, últimamente también, el feminismo. Por eso conviene distinguir dos planos. Negarle a una mujer un acuerdo político es perfectamente válido. Negarle una alianza estratégica también. Pero negarle el reconocimiento de que es una igual en dignidad es otra cosa.
En ese momento, la sororidad deja de expresar una igualdad compartida y comienza a funcionar como un filtro de pertenencia. Ya no reconoce mujeres iguales; distingue mujeres más o menos merecedoras de reconocimiento según su ubicación ideológica. Y es que seguramente la hermandad automática es una ilusión, porque, en verdad, la solidaridad es algo que debería construirse. Y si eso es así, construir nunca debería implicar la expulsión.
Las alianzas pueden exigir coincidencia. La dignidad, nunca. Si entendemos la sororidad como una estrategia política, es legítimo que seleccione con quién caminar. Pero si la entendemos como el reconocimiento de una igual en dignidad, entonces debería sobrevivir incluso al desacuerdo. Quizá esa sea la verdadera discusión de nuestros días: no quién merece sororidad, sino qué idea de sororidad queremos defender, para fortalecer la dignidad de todas las mujeres en el Perú al margen de su bandera ideológica.
Fuente: elcomercio.pe