¿Un “like”, un emoji o hablar con un ex? Cuándo una interacción en redes puede convertirse en una infidelidad

A lo mejor has experimentado ese nudo en el estómago al descubrir que tu pareja le dio “me gusta” a una foto de hace cinco años, reaccionó con un emoji “coqueto” a las historias de alguien atractivo o sigue hablando con una expareja por redes sociales. Aunque a simple vista parecen gestos insignificantes, basta con uno de ellos para que aparezcan las dudas: ¿estoy exagerando o esto también cuenta como una infidelidad?

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En plena era de las redes sociales, donde casi todo lo que hacemos deja un rastro digital, los límites de la fidelidad parecen haberse vuelto más difusos. Y es que hoy, un like, un mensaje que se borra, un chat archivado o una conversación que nunca se menciona pueden convertirse en el centro de una discusión de pareja.

Por eso, cada vez cobra más fuerza un concepto que divide opiniones: el micro-cheating, el cual es utilizado para describir aquellas conductas que, sin llegar necesariamente a una infidelidad en el sentido tradicional, pueden poner en riesgo la confianza y el vínculo.

Cuando la infidelidad ya no empieza con un beso

Durante mucho tiempo, la infidelidad parecía tener límites bastante más clara: besos, caricias, sexo y encuentros a escondidas. Sin embargo, con la llegada de las redes, muchas de las conductas que hoy generan conflictos en la pareja ocurren detrás de una pantalla.

En esta zona gris aparece el micro-cheating o microinfidelidades. Aunque el término surgió para describir las nuevas dinámicas digitales, el fenómeno que intenta explicar no es nuevo. El psicólogo José Chávez, de Sanitas Consultorios Médico, explicó a Somos que este engloba comportamientos marcados por el secretismo y la ambigüedad que, sin implicar una traición sexual explícita, pueden vulnerar directamente la intimidad emocional y los acuerdos de exclusividad establecidos dentro de la relación.

Las redes sociales, además, han multiplicado las oportunidades para retomar contactos, iniciar conversaciones privadas o mantener interacciones que hace años eran difíciles de sostener. Como señaló Liliana Tuñoque, psicoterapeuta de Clínica Internacional, esto no significa que hoy las personas sean necesariamente más celosas, sino que existen más escenarios donde pueden surgir dudas o malentendidos.

En este contexto, la fidelidad ya no puede entenderse únicamente como la ausencia del contacto físico. También implica confianza, honestidad y respeto por los límites que cada pareja determina.

¿Dónde está realmente la línea? Los comportamientos que más dividen a las parejas

Si algo caracteriza al micro-cheating es que rara vez se reconoce a primera vista. No suele comenzar con un encuentro secreto ni con una declaración de amor, sino con pequeñas interacciones digitales cuyo significado depende de factores que van mucho más allá de la pantalla.

Un emoji o una reacción en redes no siempre son una traición, pero cuando se repiten y se ocultan, pueden cambiar por completo la dinámica de una relación.

Un “me gusta”, un emoji o una conversación pueden parecer gestos inofensivos, pero el contexto, la frecuencia y la intención son lo que terminan marcando la diferencia.

El dilema de los “me gusta” y los emojis constantes

Un “me gusta” aislado difícilmente basta para hablar de una microinfidelidad. Lo que realmente cambia el significado es el contexto. Adriana Meza, docente del Departamento de Psicología de la Universidad Católica San Pablo mencionó que, dar un like a una fotografía antigua de un tercero puede responder simplemente a la curiosidad o incluso a un toque accidental mientras se revisa un perfil.

Sin embargo, cuando las interacciones dejan de ser esporádicas y se vuelven constantes hacia una misma persona, el panorama cambia. Reaccionar de forma habitual con corazones, por ejemplo, puede interpretarse como una forma de llamar la atención y generar incomodidad o desconfianza dentro de la relación

“Más allá del like o una reacción, lo más relevantes es la intención detrás de esa acción. Si eso afecta a nuestra pareja y rompe los acuerdos que tenemos, entonces puede lastimar seriamente la relación”, sostuvo Tuñoque.

El peligro del secretismo

Hablar todos los días con un amigo o amiga no representa, en realidad, un problema. Sin embargo, la señal de alerta aparece cuando esas conversaciones empiezan a ocultarse.

Archivar chats, borrar mensajes o mantener una cuenta secundaria que la pareja desconoce son, para Meza, conductas que reflejan una falta de transparencia. Lo mismo ocurre cuando una persona comienza a compartir los problemas de su relación con alguien por quien siente atracción. En estos casos, esa tercera persona puede empezar a ocupar un espacio emocional que antes le pertenecía a la pareja.

El contacto con una expareja

Mantener comunicación con un ex tampoco debería interpretarse automáticamente como una microinfidelidad. En muchas ocasiones, la relación terminó en buenos términos o existen motivos importantes para seguir en contacto, como hijos en común.

No obstante, el problema aparece cuando las conversaciones se mantienen en secreto, hay coqueteo, persisten las expectativas de retomar la relación o la expareja empieza a ocupar un lugar emocional cada vez más importante.

No es hablar con otras personas lo que pone en riesgo una relación. El problema aparece cuando hay secretos, coqueteo o una conexión que desplaza a la pareja.

Entonces, ¿cómo saber si una interacción deja de ser inocente? Para la doctora Chivonna Childs, psicóloga de Cleveland Clinic, hay dos criterios importantes a considerar:

  1. La transparencia: ¿Te sentirías cómodo mostrando a tu pareja esa conversación? ¿Estás ocultando mensajes o publicaciones? ¿Cómo te sentirías si fuera tu pareja quien hiciera exactamente lo mismo?
  2. El impacto de la interacción sobre la relación: Si una tercera persona empieza a ser el centro emocional, aparecen fantasías o la conexión con ella empieza a desplazar la intimidad de la pareja, es posible que ya se haya cruzado un límite.

Esta mirada también ayuda a desmontar una de las justificaciones más frecuentes: “No hice nada físico, solo estábamos conversando”. Con respecto a ello, la psicóloga recordó que la ausencia de contacto físico no significa que la conducta sea inofensiva. Una infidelidad emocional, de igual manera, puede romper la confianza, afectar la intimidad e incluso contribuir a una ruptura. Y es que un vínculo que se mantiene oculto puede vivirse como una verdadera traición que afectar profundamente la relación.

“Por eso, no basta con analizar un “me gusta”, un emoji o un mensaje de forma aislada para determinar si existe o no una infidelidad emocional. Es necesario observar el contexto completo: si la interacción se repite, si existe atracción, si se oculta, si aparecen pensamientos constantes sobre la otra persona y si el vínculo empieza a interferir con la relación de pareja”.

Cuando el problema deja de ser la pantalla

No todas las parejas reaccionan igual frente a las mismas situaciones. Mientras para algunas un “me gusta” o seguir a determinadas cuentas pasa completamente desapercibido, para otras puede convertirse en el inicio de una discusión. Por ello, la diferencia no siempre está en la acción, sino en el significado que cada persona le atribuye.

Detrás de estos conflictos suele haber algo más profundo que una simple interacción en redes sociales. Según Natalie Meza, psicóloga de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya (UARM), estas situaciones ponen sobre la mesa los valores, las expectativas y la forma en que cada integrante entiende la fidelidad dentro de una relación. Es por eso que, cuando una conducta genera incomodidad, el primer paso no debería ser asumir que existe una traición. Lo más importante es conversar sobre aquello que cada uno considera aceptable, cuáles son los límites de la relación y qué comportamientos pueden afectar la confianza.

Sin embargo, tampoco conviene interpretar cualquier interacción como una amenaza, ya que cuando la desconfianza reemplaza la comunicación, el problema deja de ser solo lo que sucede en redes para instarse dentro de la relación.

En esta misma línea, Liliana Tuñoque advirtió que el concepto de micro-cheating no debería utilizarse para justificar conductas de vigilancia.

Hablar sobre los límites, expresar lo que incomoda y construir acuerdos puede evitar que pequeños gestos digitales terminen convirtiéndose en grandes conflictos.

“Revisar el celular de la pareja, exigir contraseñas, controlar a quién sigue o fiscalizar cada reacción en redes no fortalece la confianza, por el contrario, desplaza el problema hacia el control”, expresó.

¿Cómo proteger tu relación en la era digital?

Las redes sociales llegaron para quedarse, pero la reglas para convivir con ella no vienen incluidas. Por eso, cada pareja necesita construirlas según sus propios valores, expectativas y límites.

Uno de los errores más frecuentes, según la doctora Childs, es asumir que la otra persona “debería saber” qué cosas incomodan o dónde están los límites. Y es que la realidad es muy distinta, pues aquello que para uno resulta normal puede convertirse en una falta de respeto para la pareja.

En este sentido, es recomendable hablar de estos temas de manera explícita antes de que aparezcan los conflictos.

“Conversar sobre qué significa la fidelidad, qué conductas generan incomodidad y cuáles son las expectativas de ambos reduce la ambigüedad antes de que aparezcan los problemas. No se trata de imponer reglas, sino de construir acuerdo que reflejen los valores compartidos de la pareja”, recalcó la psicóloga de Cleveland Clinic.

Incluso cuando ya ocurrió una microinfidelidad, el objetivo no debería ser buscar un culpable, sino comprender qué paso y qué necesita cambiar para que esa situación no vuelva a repetirse.

Reconstruir la confianza también implica que la persona que se sintió traicionada pueda expresar cómo vivió la situación y recuperar la sensación de seguridad, mientras que quien cruzó ese límite debe asumir la responsabilidad de sus actos. Solo así será posible reparar el vínculo, aunque ese proceso requiere tiempo, compromiso y disposición por parte de ambos.

Más allá de las redes sociales, la fortaleza de una relación sigue dependiendo —en gran medida— de la confianza que se construye día a día. Para José Chávez, existen tres hábitos sencillos que pueden ayudar a evitar que la tecnología termine ocupando el lugar del vínculo:

  • Practica la transparencia: No se trata de compartir las contraseñas o renunciar a la privacidad, sino de que tu actividad digital sea tan íntegra que, si tu pareja tuviera que usar tu teléfono por una emergencia, no sientas pánico ni la necesidad de arrebatarle el dispositivo de las manos.
  • Haz la prueba del espejo: Antes de enviar un mensaje, dar un like o reaccionar a la historia de un tercero, haz una pausa e imagínate a tu pareja haciendo exactamente lo mismo con alguien más. Si la imagen te genera incomodidad, dolor o molestia, detente.
  • Más contacto real:  La atención es uno de los recursos más valiosos de nuestro tiempo. Reservar momentos de desconexión digital, como por ejemplo, prohibir los teléfonos durante las comidas o en la cama antes de dormir ayuda a que las pantallas no desplacen la comunicación y la intimidad de la pareja.

Al final, lo verdaderamente importante es lo que nuestras acciones dicen sobre la relación. Porque, en la era digital, la fidelidad ya no depende exclusivamente de lo que ocurre fuera de la pantalla, sino también de la forma en que las parejas eligen cuidarse cuando nadie más está mirando.

Fuente: elcomercio.pe

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