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Todas sus novelas vienen con gato. Más allá de ser personajes recurrentes, hay una actitud en los felinos. Estoy seguro que, si pudieran escribir, los perros serían mucho más entusiastas y menos reflexivos. En cambio, los gatos contarían historias especialmente sicológicas, basadas en la observación. “Dónde puedo dejarlo” es la nueva novela de la escritora chilena Alejandra Costamagna (Santiago 1970), presentada en la reciente Feria Internacional del Libro de Lima. Ambientada en la capital chilena en 1989, durante los inicios de la transición democrática, la obra explora la intensa y simbiótica amistad entre dos jóvenes, Manuela y Mara.
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Tras la repentina desaparición de Mara debido a su militancia clandestina, Manuela queda suspendida en el vacío y la conjetura. Con una prosa delicada, fragmentaria y de gran riqueza poética, la novela indaga en la memoria, el dolor, la ausencia y los vínculos afectivos íntimos como un eco de la historia política y social de la época.
— ¿Hay algo de esa “visión felina” al escribir tus novelas?
Me encanta esa premisa. Estoy súper de acuerdo. Quizás hay algo que, más allá de la naturaleza del perro y el gato, sí tiene que ver con la actitud con la que uno se enfrenta a la escritura y que hay algo de eso en los gatos, en la escritura “tipo gato”, que va hacia rondar las cosas, dar vueltas alrededor de las cosas, sin intentar traer todo a la luz. Es como rondarlas con un halo de misterio, lo que no se dice completamente, lo que se sugiere, que no se explicita. No se trata del gran conflicto central, sino de los pequeños conflictos que van armando un todo de a pocos. Es lo que te trae un gato: pedacitos de una plumita por aquí, una hoja, una ramita que encontró. Todo eso va constituyendo el material con el que se trabaja la narrativa del gato. Escribir como los gatos es muy sugerente.

— Justamente esa forma de escribir como los gatos es tu propia estética. ¿Tiene que ver también con una intención clara por pensar en un modelo de narración alternativo al convencional? ¿Una misión urgente en tiempos de IA?
Precisamente, la singularidad de lo humano está en los detalles, incluso en las erratas, en lo que no tiene una estructura predecible. Es como la basurita, lo que se sale de foco. Esa pasión que hay en lo humano es de lo que carece la inteligencia artificial. Quizás eso está muy vinculado con cierta artesanía, cierta manualidad que a lo largo del tiempo sea lo que nos diferencie. Es la forma de mantener la singularidad de algo que se sostiene en la duda, en la sospecha.
— ¿Que piensas de la medianía de la literatura masiva, casi ya confundida con textos escritos por inteligencia artificial?
Lo que pasa es que la inteligencia artificial apuesta al promedio. Precisamente, lo que a mí me interesa de la literatura, de la música, de las artes en general, es el salirse del promedio, apostar por el borrón, por lo incompleto. Claro, me produce desazón pensar en que ese tipo de literatura convencional vaya a ser el patrón, pero al mismo tiempo creo que eso va a potenciar la singularidad de lo literario, de lo artístico en su categoría humana y en su capacidad de vincular lo humano con lo animal. Vincularnos con otras especies. Y eso la inteligencia artificial no puede hacerlo.
— “Dónde puedo dejarlo” es una novela sobre la ausencia, la amistad y la memoria. El escenario es el Santiago del año 1989, luego del plebiscito. Generalmente, las novelas que leemos sobre la memoria en Chile ocurren durante la dictadura de Pinochet. Pero, ¿cómo definir este periodo previo a la recuperación de la democracia?
Es una época limbo. Esos primeros años de transición son de una democracia craquelada, con un pie en un lado y en el otro. Además, se están gestando ciertas matrices de lo que será una democracia atravesada por pactos de silencio y enclaves autoritarios. No olvidemos que Pinochet siguió siendo comandante en jefe del Ejército, además de senador vitalicio. Eran años en los que estábamos habitados por fantasmas de la dictadura que no se iban del todo. Y que no es algo que pasó solo en Chile. En Argentina, en Brasil, estas transiciones de la democracia tuvieron cierta indefinición, había una disputa de poderes.
— Toda primavera democrática se funda en una esperanza, es un tiempo de expectativas. Pasados casi 40 años, ¿cómo ves aquella promesa de democracia?
En la campaña del plebiscito, existía el canto que decía: “En Chile, la alegría ya viene”. Efectivamente, era la alegría de que se acababa la dictadura. Yo era muy joven, y lo viví con mucho entusiasmo y esperanza ingenua y muy potente también. Pero pocos años después, empezábamos a ver un poco de desencanto por todos esos enclaves autoritarios. Sin embargo, fueron tiempos que en términos culturales, de contracultura, se vivieron como una renovación. Fue un momento cultural muy explosivo. Fueron tiempos muy interesantes para cuestionar las cosas, tener esa libertad para manifestar acuerdos y desacuerdos entre distintas corrientes. Fue un tiempo de bullicio.
— ¿Y hoy, qué percibes en el aire?
Hoy percibo un cansancio. Venimos algo agotados tras haber tenido un proceso constituyente fallido, un estallido social que fracasó. Estamos golpeados un poco. Sin embargo, existe la posibilidad de pensar que las artes, la literatura, la cultura, son el espacio para soñar, proyectar, fantasear e imaginar un futuro distinto.
Fuente: elcomercio.pe