Existen circunstancias en las que “se gana la lotería sin haber comprado boleto”. El entorno familiar en el que uno nace y crece es una de ellas; la ubicación geográfica de un país es otra. “La geografía es destino” afirmó, refiriéndose a esto último, el escritor Abraham Verghese. Los peruanos no escogimos la ubicación geográfica de nuestra nación y,sin embargo, aquella sigue moldeando de muchísimas maneras lo que somos y lo que podríamos ser. Tenemos la inmensa fortuna de ser un país ribereño del Océano Pacífico y que esta cuenca constituye ahora el principal eje geoeconómico mundial.
Esta reflexión viene a cuento a raíz de un ciclópeo evento geopolítico que viene desencadenándose a alrededor de 14.200 kilómetros de distancia del Perú: la guerra contra Irán. Estados Unidos e Israel iniciaron hostilidades militares contra Irán hace cinco meses, en clara violación del derecho internacional y carentes de una estrategia bélica y política. Sus gobernantes creyeron que sería una confrontación de corta duración, pero la realidad es que se ha convertido ya en una guerra eternizada (forever war, en inglés), es decir en un conflicto desprovisto de alternativas de solución mutuamente satisfactorias.
Peor aún, Irán, con un potencial militar tradicional inmensamente menor al de sus agresores, pero con impresionantes capacidades de innovación tecnológica de sus armamentos, y sobre todo con mucha mayor pericia estratégica para responder a los atacantes, viene imprimiendo a la confrontación características que le son muy favorables. En particular, Irán ha basado su respuesta militar y política en la regionalización del conflicto, valiéndose para ello de la presencia de diversas bases militares estadounidenses en los países árabes vecinos, convirtiéndolas en foco de sus contrataques; además, Irán ha venido arremetiendo contra instalaciones y barcos petroleros de estos. Los efectos de esta estrategia iraní trascienden largamente la dinámica de su confrontación con Estados Unidos e Israel, y tienen impactos geopolíticos y geoeconómicos inmensurables así como ya permanentes.
Súbitamente, y sin haber sido convocados al conflicto, los acaudalados reinos petroleros árabes han dejado de ser islas de riqueza exuberante, de tranquilidad y de estabilidad regional. Y empiezan a encarar una insuperable paradoja, pues la inmensidad de sus recursos hidrocarburíferos enfrenta el riesgo geográfico del estrangulamiento de sus dos rutas de salida (geographic chokepoints, en inglés), que son el Estrecho de Ormuz y el Mar Rojo. Irán ha asumido el control efectivo del primero, o cuando menos ha generado riesgos excesivamente altos para la libertad de navegación allí; y sus aliados, los rebeldes Hutíes, en Yemén, han iniciado ataques contra barcos petroleros sauditas transitando el segundo.
Cabe recordar que los países árabes petroleros abastecen alrededor del 30% del petróleo y aproximadamente 17% del gas natural del mercado mundial, y que concentran alrededor del 50% de reservas probadas de petróleo y entre 25% y 40% del gas natural. A su vez, el estrangulamiento geográfico que la guerra contra Irán ha puesto sobre el tapete constituye un enorme riesgo para la seguridad energética mundial, y que no se extinguirá aún en el improbable escenario que se alcance una solución diplomática para ese conflicto. Ese es un riesgo geopolítico y geoeconómico que ya ha empezado a adquirir un carácter permanente, y que está impulsando hacia la redefinición de estrategias de abastecimiento a los muy diversos actores que podrían verse afectados por futuros eventuales bloqueos de las dos referidas rutas de salida. Los países árabes petroleros tienen que descentralizar aceleradamente su potencial productivo.
A su turno, Asia es destinatario de aproximadamente 57% del total del comercio mundial de petróleo crudo, y de alrededor del 42% del total de gas natural (GNL) globalmente comercializado. En adición, según una muy reciente proyección del gigante energético Shell, la demanda mundial de GNL aumentaría un 65% para el 2050, siendo el sur y el sudeste asiático los principales motores de tal incremento.
En síntesis, tanto para los países árabes productores de hidrocarburos como para los países que lo compran -especialmente los asiáticos- resulta fundamental establecer mecanismos que reduzcan los riesgos que el referido estrangulamiento geográfico plantea para la seguridad energética global. Se ha tornado indispensable implementar una acelerada e intensa descentralización de las capacidades productivas y de transporte hidrocarburífero. En esto radica la posibilidad que el Perú “se gane la lotería sin haber comprado boleto”: la situación descrita genera auspiciosas oportunidades para avanzar aceleradamente hacia mayores explotación y transformación de nuestros recursos hidrocarburíferos; así como para la provisión de servicios diversos a productores y a compradores, como la instalación en nuestras costas de infraestructura para el almacenamiento de reservas estratégicas de petróleo y procesamiento de otras sustancias petroquímicas. Dentro de este contexto, el desastre de Petro-Perú podría convertirse en un factor adicional de oportunidad para nuestro país, si se establecen, por ejemplo, opciones de su privatización total o parcial, o de asociación estratégica con empresas petroleras árabes de primer nivel.
De hecho, entre fines del 2024 e inicios del 2025, la alta dirección de Petro-Perú estableció contactos con ARAMCO, la mayor empresa petrolera mundial, propiedad del Reino de Arabia Saudita, que opera con altísimos estándares de gestión gerencial y técnica, para explorar opciones de asociación, pero la inepta interferencia de la expresidenta Boluarte frustró el avance de estas tratativas. En el marco del nuevo contexto geopolítico global y del cambio de gobierno en el Perú, se hace propicio retomar esa gestión.
Que no nos quede duda: la ubicación geográfica del Perú dando cara al Asia-Pacífico, podría representar una auspiciosa oportunidad para sacar a nuestra industria petrolera del marasmo de las últimas décadas, y para generar inmenso valor que se traduzca en desarrollo y bienestar para todos.
Fuente: elcomercio.pe