En una famosa controversia entre dos intelectuales de la época de la Revolución Francesa –Edmund Burke y Thomas Paine– se discutía cuál debería ser la naturaleza del cambio. Paine argumentaba que debía ser absoluto y revolucionario, mientras que Burke respondía que el peligro de tal cambio sería volver, inevitablemente, al estado original de las cosas. En el caso francés, abolir la autocracia propició un cambio jacobino que llevó a un período de radicalismo y concentración del poder, para luego volver a la autocracia con Napoleón. Burke argumentaba que la manera más duradera de cambiar era a través de reformas graduales; si bien lentas, las sociedades se adaptarían mejor a cambios sutiles que a cambios bruscos.
La discusión es relevante a propósito del regreso del fujimorismo al Poder Ejecutivo. Vale tener memoria: Alberto Fujimori ganó la campaña contra Mario Vargas Llosa en parte con la promesa de no implementar el ‘shock’ económico que proponía su rival. Sin embargo, al asumir la presidencia –e incluso antes, al viajar con Hernando de Soto al FMI antes de la toma de mando– aplicó rápidamente la terapia de ‘shock’ propuesta por el movimiento Libertad, implementando medidas de austeridad para frenar la hiperinflación y el despilfarro estatal. Fujimori pasó así de ser burkiano a adoptar medidas dignas de Thomas Paine.
Por supuesto, estamos en una época distinta que exige medidas quizás menos radicales que en los 90. Sin embargo, sí urge tomarlas, algunas radicales pero necesarias. Ya no podemos sostener un déficit artificialmente bajo gracias al ‘boom’ de los commodities, pues esa suerte no siempre nos acompañará. Urge reducir el tamaño del Estado y la duplicidad de funciones, así como recortar el número de empleados públicos –casi 1,6 millones al 2024–, sin sucumbir a narrativas sobre deudas sociales con grupos de interés particulares, como sindicatos con beneficios exorbitantes injustificados por logros en gestión. Urge también reformar cómo los gobiernos subnacionales reciben competencias, para que el dinero del gobierno central no se despilfarre ni se canalice hacia la corrupción. Por unidades territoriales mal planteadas y administradas, gran parte de la población fuera de la capital vive descontenta con el Estado, sintiéndose rezagada frente a las élites limeñas, a las que acusa de centralismo.
Keiko Fujimori hoy –por su discurso– representa al establishment político y a una derecha reformista moderada; hay aspectos positivos, como buscar preservar el modelo económico. Sin embargo, si bien este discurso puede funcionar en campaña para un sector ansioso ante propuestas de cambio absoluto, la estrategia debe reevaluarse de cara al gobierno. A una gestión se le recuerda por romper con el statu quo de un establishment rezagado. Este es el gran reto de Keiko Fujimori: ser disruptiva y efectiva, manteniendo la línea favorable al libre mercado. ¿Buscará una estrategia similar a la de su padre? Es decir, ¿ganar como opción socialdemócrata en lo económico, pero gobernar reduciendo el tamaño del Estado, revirtiendo una trayectoria preocupante? El tiempo pronto lo dirá.
Fuente: elcomercio.pe