Todas las regiones del Perú retrocedieron en gestión pública educativa el año pasado, sin excepción, según reveló el Consejo Privado de Competitividad. El titular alarma, pero mide algo distinto de lo que creemos de manera inmediata: el índice no evalúa aprendizajes, evalúa aulas, infraestructura y equipamiento. Allí, el diagnóstico es unánime: en las 25 regiones, cada vez menos colegios públicos tienen todas sus aulas en buen estado, sin distinguir entre las mejores y las peores gobernadas.
Pero mientras el ladrillo y el cemento se caen, algo distinto ocurre dentro del aula: el aprendizaje repunta ligeramente. La ENLA, aplicada en el 2024 y el 2025, muestra recuperación en lectura y matemática, sobre todo en zonas rurales. Y aquí la paradoja: las regiones que mejoran son las mismas que el índice de infraestructura marca como las más devastadas. Si el retroceso material fuera la causa, esas regiones deberían hundirse. Están, más bien, liderando levemente la remontada. Eso también desarma la tentación de culpar al currículo: si el diseño pedagógico fuera el cuello de botella, el aprendizaje no mejoraría en ningún lado, y menos donde las condiciones son peores. El propio Minedu lo sugiere: lo que más predice el desempeño no es la infraestructura ni el diseño curricular, sino el vínculo cotidiano en el aula: acompañamiento docente, retroalimentación y un clima libre de violencia escolar. Allí, el diagnóstico emitido se vuelve peligroso: si “todas las regiones retroceden en educación”, se lee como un fracaso pedagógico generalizado, el próximo gobierno podría intentar justificar una intervención y reforma curricular costosa y desgastante, justo cuando la evidencia muestra que lo que sí está funcionando pálidamente hoy merece reforzarse y mejorarse, no reemplazarse.
Celebrar el pequeño repunte sin matices, sin embargo, sería igual de irresponsable. La ENLA 2025 reveló algo brutal: apenas uno de cada diez escolares termina el colegio con nivel satisfactorio en lectura, matemática y ciencia. La brecha entre colegios públicos y privados, lejos de cerrarse, se ensancha cada año. Y el dato más revelador: por nivel socioeconómico, un privado de bajo costo rinde casi igual que un público urbano. La gestión, pública o privada, no es lo que más separa a quien aprende de quien no. ¡Es el bolsillo familiar el que lo hace!
Allí está el verdadero desafío: más incómodo que reparar techos o reescribir reformas. Ningún índice de infraestructura ni ninguna reinvención curricular, por bien diseñada que esté, cerrará una brecha que nace fuera de la escuela. Arreglar aulas y ajustar currículos es necesario. Pero si la meta es que el país deje de graduar generaciones que no entienden lo que leen, la política educativa deberá mirar de frente la pobreza que cada estudiante y su familia cargan al cruzar la puerta del local escolar.
Fuente: elcomercio.pe