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Quienes no la conocimos de cerca, tenemos en mente a una poeta reservada, esquiva de la luz pública, con una vida poco explorada a diferencia de otros escritores. Blanca Varela (1926-2009) fue vista como una mujer de pocas palabras y versos implacables. Sería difícil pensarla de niña, tendida en el suelo leyendo a los clásicos franceses, rusos y españoles a pesar de su edad, llena de palabras con las que jugaba mientras creaba sus primeros versos. O en su primer trabajo a los 16 años como locutora en los noticiarios que se veían en los cines, ganando dinero para mantener su hogar.
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Hay muchas Blancas por conocer, como la que se vestía de hombre en sus años universitarios; la veraneante en Puerto Supe junto a su entonces pareja, el pintor Fernando de Szyszlo y los chicos de la generación del 50; la que le encantaba chismear y hablar de política antes que de literatura; la poeta que se reconcilió con su “ser mujer” durante su maternidad o quien arrastró la herida (hasta la vejez) de haber vivido siendo hija de un padre que no se casó con su madre.
Estos pasajes narrados con mayor profundidad son parte del nuevo libro de la periodista Fietta Jarque, quien reconstruye la biografía de nuestra poeta mayor en “La vértebra perdida” (Lumen, 2026), basándose en entrevistas, publicaciones y conversaciones que tuvo con amistades y familiares de Blanca Varela, la limeña que creció en el barrio de Santa Beatriz y este año habría cumplido un siglo de su llegada al mundo.
ARMAR EL ROMPECABEZAS
El libro nació de una ausencia. Cuando Fietta Jarque escribía junto al pintor Fernando de Szyszlo las memorias de este artista, sintió que la presencia de Blanca Varela, su esposa por más de treinta años y la más importante poeta peruana, era casi nula, una gran falta que quiso reparar. “Mientras leía el libro que recopiló el investigador Jorge Valverde (“Entrevistas a Blanca Varela”, de 2021) con todas las entrevistas que dio Blanca Varela, de pronto oí su voz. Como ya había tenido el precedente de haber hecho el libro de De Szyszlo sin un capítulo sobre ella pensé que había sido una oportunidad perdida porque quién más podía hablarnos de Blanca”, nos cuenta por teléfono la periodista.

Al releer las entrevistas a Varela, Jarque se dio cuenta de que en ocasiones le preguntaban lo mismo y la poeta aportaba nuevos detalles a los mismos episodios. “Se iban completando cosas, quizá todavía había oportunidad de hablar con gente cercana a ella y construir en lo posible una biografía que pudiera dar claves de su poesía”. Y eso fue lo que hizo. Armó un rompecabezas a partir de todas las entrevistas a Blanca; fue a las fuentes originales de cada publicación, entrevistas grabadas en radio, televisión y medios internacionales. Habló con muchas personas, pero tampoco tantas, y quiso conocer la vida de alguien muy interesante, sin ánimos académicos ni obsesión por el detalle.
En el libro se percibe a una Blanca Varela más humana, cotidiana, con contradicciones como las tenemos todos. Fue muy conversadora, le gustaba conocer la vida de los demás: “Con todos los amigos escritores que tenía y con lo mucho que leía, no se la pasaba hablando de literatura, cosa que hubiera sido normal. Y menos hablaba de la suya”. Le interesaba mucho la política, incluso fue regidora municipal de Barranco en 1995. No era cariñosa, pero sí muy buena amiga. Reflexionaba mucho sobre su escritura, los procesos para pulirla como si fueran una escultura, quitándole toda carga sobrante y dejando cada palabra en su estado más puro. Escribía sobre papeles, cuadernos, en cualquier momento, pero publicó solo lo necesario.
“Me interesa mucho que se creen algunas interpretaciones de sus poemas más a la luz de otros acontecimientos en su vida. Desde los antecedentes hasta cosas poco conocidas de su biografía, sobre todo de los años parisinos, los episodios dramáticos que pasó allá y vivencias que la marcaron”, dice la periodista. París fue una etapa clave. Aunque corta, es de las más comentadas en las entrevistas. Llegaron al París de los años 50 donde vivían los más importantes artistas, pensadores, escritores, cineastas, actores, actrices, cantantes del mundo. No la pasaron bien económicamente, pero Blanca y Fernando de Szyszlo fueron una pareja que se hizo notar. Tuvieron cercanía a personajes como Octavio Paz y Julio Cortázar.
En un segundo viaje, Blanca entabló una amistad más cercana de lo que se conoce con los filósofos Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre: “Eran la pareja más conocida, admirada y escandalosa. Comencé a encontrar documentos que contaban seriamente la relación con ellos y que había sido más personal y más constante de lo que se pensaba. No era que habían coincidido en un café tres veces, sino que los frecuentaba gracias a esta relación amorosa o sentimental que tuvo con Jacques Lanzmann cuando regresa por segunda vez a Francia, después de haber firmado el divorcio con Fernando de Szyszlo”. El amor y las rupturas no pueden faltar en la biografía de un poeta.

HIJA DE SU TIEMPO
Fietta Jarque comenta que quiere mostrarla como una mujer de su tiempo, en la Lima de su tiempo: “Insertar a Blanca Varela en el Perú de la segunda mitad del siglo XX”. Un período en el que destacó su relación, a través de José María Arguedas, con el indigenismo; y mediante el poeta Emilio Adolfo Westphalen, con lo más refinado de la cultura europea.
Las fotos de Blanca Varela veraneando en Puerto Supe (que ilustra la portada impresa de esta nota), relajada en ropa de baño o dentro de un Cadillac corresponden a la época en la que pasaban temporadas en la histórica casa de playa que compró Alicia Bustamante para disfrutar los veranos junto a su hermana Celia, el narrador José María Arguedas y las amistades más cercanas como Fernando de Szyszlo, Emilio Adolfo Westphalen, Sebastián Salazar Bondy y jóvenes escritores de la época.
No solo fue la costa de Supe lo que caló hondamente en la poeta, de tal manera que dio origen a su primer poemario, “Ese puerto existe”, sino también la cercanía con Arguedas, sus cantos en quechua y su sensibilidad por el Perú andino que no había conocido. Jarque también busca evidenciar su “punto de vista político, que era más de izquierda que De Szyszlo sin ser una militante, pues nunca militó en nada; pero sí tenía un genuino interés social. Le preocupaba la discriminación en el Perú profundo, descuidado, al que ella no había conocido. Fue a través de Arguedas y de muchas otras personas que se inserta en toda esa realidad como si fuera otro mundo”, descifra la autora de la biografía.
ENCONTRAR LA VÉRTEBRA
El título de esta publicación, “La vértebra perdida” nace de un texto escrito a mano en un cuaderno en el que Varela anotó: “Hundo la mano en la arena y encuentro la vértebra perdida de mi padre”; sin embargo, la palabra ‘padre’ fue tachada, desapareció en la versión final del poema “El libro de arena”. Jarque ahonda en la familia, dedica los capítulos iniciales a ese viaje genealógico que dieron como resultado a nuestra poeta, con una niñez dura, de pobreza y soledad.
Blanca recuerda en sus entrevistas que de niña no se sintió feliz. El padre, Alberto Varela, es una imagen constante a lo largo de esta biografía. Fue quien la acercó a los libros. “Pero en el fondo no le perdonó que no quisiera casarse con su madre. Siempre tuvo un conflicto con ellos, le hubiera gustado tener una familia más convencional”, advierte Jarque. Su madre, Serafina Quinteras, nombre artístico de Esmeralda González Castro, también escritora, cantautora y poeta peruana, se separó de él y se llevó a sus hijos a la casa de Mariano Carranza, en Santa Beatriz. “Quise ahondar en sus antecedentes familiares para que se viera de dónde venía todo, sus sensaciones y actitudes ante la vida. Fue una vida durísima. Fueron experiencias que yo creo que Blanca no quería repetir. Y ese fue uno de sus grandes esfuerzos y logros. Ella decía: ‘No quiero una situación como la que viví y vivieron en mi familia’. De alguna manera lo logró”.
Blanca Varela vivió 82 años y su vida ahora puede ser leída de un tirón, una larga historia construida con sus propias declaraciones. Leer su voz en “La vértebra perdida”, tratando de describir con palabras la emoción que sintió al volverse madre de Vicente y Lorenzo conmueve, pero es desgarrador leer los recuerdos de los testigos que estuvieron con ella en el momento en que se entera del fallecimiento de su segundo hijo. Reencontrarse con las escritoras de la generación del 80, con las que prefirió rodearse (algo que no consiguió con las mujeres de su propia generación) se convierte en un capítulo reivindicativo para las mujeres escritoras. Llegar a sus últimos años, entre la vejez y una mente que abandona poco a poco su lucidez, es acceder a lo más íntimo de una poeta de la que podemos descubrir todavía más. //
Fuente: elcomercio.pe