Keiko en retrospectiva

Un repaso de ciertos hitos de la historia de Keiko Fujimori nos habla de su tenacidad comprobada, pero eso no basta para anticipar cómo será su gobierno a partir del 28 de julio. Tampoco bastan sus palabras electorales. Aunque anuncian un fujimorismo concertador para imponer orden, para muchos no hay duda de que se avecina un nuevo autoritarismo, que vendría a ser el principal riesgo de su mandato. La mitad del país que la llevó al poder por unos pocos votos tiene expectativas de que hará un buen gobierno. La otra mitad no la quiere. El plazo para vestirse del personaje que encarnará es brevísimo. Ahora mismo se halla frente al espejo del camerino, retocándose antes de salir al escenario.

Como lo hizo desde que se lanzó a la política, en esta campaña Keiko asumió el pasivo dictatorial de su padre. En marzo pasado, en una entrevista con los periodistas Augusto Álvarez Rodrich y Juan Carlos Tafur, del programa “Enfrentados”, de América TV, dijo que el golpe de Estado del 5 de abril de 1992 fue “una medida de excepción, pero irrepetible”. Tafur repreguntó si fue necesaria, porque el gobierno de entonces tenía mayoría en ambas cámaras.

–Fue necesaria –respondió. Antes había explicado el contexto del terrorismo, la posible vacancia que la oposición habría planeado contra el presidente, y las ventajas modernizadoras de la nueva Constitución.

No solo fue innecesaria, sino nefasta. Si bien Fujimori produjo reformas altamente beneficiosas, su golpe activó el poder siniestro de Vladimiro Montesinos en el SIN, que se robusteció a pesar de la vigencia de la Constitución de 1993, y cuando ya había elecciones reconocidas como democráticas. Hacia el final de los noventa el SIN centralizó todos los poderes, especialmente sobornando, respecto de lo cual existen ‘vladivideos’ a gusto. No contamos, lamentablemente, con una foto de cinco magistrados de la Corte Suprema reunidos en el SIN para permitir la ilegal segunda reelección de Fujimori, aunque hay pruebas suficientes de la reunión. Como resultado de lo bueno y lo malo del régimen, emergieron tanto el antifujimorismo de los últimos 25 años como el reconocimiento popular al exdictador.

Así pues, por mucho que Keiko sostenga que discrepaba del autoritarismo y de la corrupción de los gobiernos de su padre, es heredera de todo el legado, por confesión propia. Herencia que favoreció su victoria electoral y avala sus anuncios de firmeza para poner orden. Por otra parte, su imagen carga acontecimientos personales que alimentaron una fuerte subjetividad. Está, por ejemplo, la extendida idea de que fue mala hija y mala hermana; de suerte que no solo tendría una vena dictatorial, sino otra por la que circula sangre con feos sentimientos.

A Keiko se le reprochó traicionar a su madre al haber aceptado reemplazarla como primera dama cuando su padre la destituyó del cargo, y por ignorar sus denuncias de que fue torturada en el Pentagonito. Alberto Fujimori y Susana Higuchi exhibieron públicas y feroces desavenencias desde 1992 y se divorciaron en 1995. Higuchi no solo denunció haber sido torturada, sino que declaró que Keiko prefirió “el dinero sucio de su padre”. Incluso aparecieron testigos que dijeron haberla visto en prisión. El cargo formó parte de una acusación constitucional contra el expresidente y del cuadernillo de extradición a Chile.

Con todo, la denuncia se cayó porque era falsa, e Higuchi, con los años, no volvió a mencionarla. En un capítulo del libro “La extorsión” (Planeta, 2020), explico por qué la acusación era infundada y qué circunstancias de inestabilidad mental de la supuesta víctima la provocaron. Pero la leyenda quedó en el aire y muchos la creen. En Wikipedia aún puede leerse que Higuchi, fallecida en el 2021, se divorció de su esposo “tras haber sido sometida a torturas por parte de agentes del Servicio de Inteligencia Nacional”.

Tan o más venteados fueron los hechos que rodearon el frustrado intento de la bancada de Fuerza Popular para vacar a Pedro Pablo Kuczynski en diciembre del 2017. Fracasó porque 10 congresistas liderados por Kenji Fujimori se abstuvieron. Kenji, a espaldas de Keiko, consiguió que Kuczynski indultara a su padre. Fuerza Popular expulsó a Kenji de sus filas y difundió un video en el que este aparecía buscando votos para boicotear un segundo intento de vacancia presidencial. Kuczynski renunció, el Poder Judicial revocó el indulto (el Tribunal Constitucional lo reactivó en el 2023) y Kenji terminó desaforado por el Congreso y condenado por tráfico de influencias. ¿Qué nos dice esto de Keiko? Lo más relevante no es el distanciamiento entre los hermanos, o disquisiciones sobre el mayor o menor amor al padre de cada uno –¿quién puede otear ese sentimiento?–, sino la brutalidad política de querer vacar a Kuczynski. Keiko ha confesado que aprendió de este error, y aseguró que hechos así no se repetirían.

El tema del financiamiento de sus estudios universitarios en Estados Unidos aparece de cuando en cuando, con un incómodo tintineo. En el 2001, Montesinos declaró que los había pagado –los suyos y los de sus hermanos– con fondos estatales. El monto estimado bordeaba el medio millón de dólares. El Ministerio Público estableció, en el 2012, que no contaba con suficiente evidencia para sostener que Keiko fue cómplice del enriquecimiento ilícito que se atribuía a su padre. Además, la fiscal Gladys Echaíz consideró que, a los 19 años, la edad cuando Keiko empezó sus estudios en el extranjero, difícilmente estaría al tanto de los tejemanejes de una defraudación. Podía ser imputada por receptación, añadió, pues cuando regresó formó parte del círculo gubernamental mientras el financiamiento a sus hermanos menores continuaba, pero el delito había prescrito. Keiko siempre sostuvo que sus estudios fueron pagados con dinero familiar.

Keiko tenía cuentas pendientes con Montesinos porque conspiró con un grupo de ministros para que el asesor fuera apartado del gobierno y para que su padre no buscara una segunda reelección en el 2000. Finalmente apoyó la rereelección. A los pocos meses de la victoria fraudulenta de Fujimori se produjo la crisis que terminó con el régimen. En el 2006, con el fugitivo expresidente en Chile, resistiendo un pedido de extradición (que se consumaría en el 2007), Keiko postuló al Congreso, donde ejerció hasta el término del período. Tuvo actuación discreta y un alto ausentismo. En los siguientes años postularía a la presidencia en cuatro ocasiones, sin lograr que al antifujimorismo, convertido ya en antikeikismo, remitiera, pese a sus promesas de que actuaría democráticamente. En el 2026, no obstante haber vencido por un pelo, este sentimiento se mantiene fuertemente en el electorado peruano.

En su trayectoria, Keiko ha demostrado entereza, especialmente cuando soportó un año y medio en la cárcel para ser investigada por un delito inexistente. Permaneció en el país para afrontar procesos, en un contexto adverso y cargado de odio. La entereza es una cualidad indispensable para cualquier gobernante, mas no previene los excesos. En sus autocríticas, ella admitió que abusó de su mayoría parlamentaria contra Kuczynski, pero no ha rendido cuentas de los desmanes de su bancada en el actual Congreso. Sin embargo, cualquiera que sea la valoración que uno tenga sobre su pasado, esta pierde relevancia ante el tamaño de los problemas que debe enfrentar después de una victoria democrática. Más fácil le será encontrar soluciones técnicas para cada sector descompuesto del Estado, que a los aliados indispensables para reparar el abismo social.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

Fuente: elcomercio.pe

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