La metafísica del orden

Al orden se llega de muchos modos. Los griegos llamaron kosmos no solo al universo, sino también a la disposición bella e inteligible de las cosas. En ese sentido, orden era aquello que permitía distinguir el mundo del caos, la forma de lo informe, la medida de la pura confusión. Pero el orden no es inmovilidad. Lo vivo no está ordenado porque permanece quieto, sino porque logra sostener una forma mientras se transforma. Un organismo que deja de cambiar no alcanza la perfección; se muere.

En el mundo político, el orden no brota espontáneamente; son los seres humanos quienes deciden cuál es el sitio de cada cosa. Allí donde hay orden, hay un principio que organiza, y una idea, más o menos explícita, de lo que debe permanecer. San Agustín definía la paz como la tranquilidad del orden. Pero esa tranquilidad puede ser la de una ciudad reconciliada o la de una sometida.

Alberto Fujimori ofreció un proyecto político con un orden brutal en medio de la hiperinflación y el terrorismo. Fue un orden hobbesiano y maquiaveliano a la vez. Mano dura frente al terrorismo y la refundación de un nuevo régimen económico sobre las ruinas del anterior. Pero, al hacerlo, avasalló el orden democrático y dejó estelas de dolor inenarrable, en especial entre los deudos y víctimas de quienes padecieron su mandato autocrático. Keiko Fujimori ha ofrecido orden, pero su promesa no tiene nada de épica refundadora sino más de custodia del establishment imperante. Más que un orden nuevo, Keiko Fujimori propone la preservación de uno viejo, o más bien, la afiliación a una membresía exclusiva.

El orden que propone Keiko es más defensivo que refundador. No parece partir de cómo integrar un país fragmentado, sino de cómo impedir que el país fracturado altere el actual reparto del poder. Pero un reparto no es un orden. North, Wallis y Weingast distinguieron entre órdenes de acceso limitado y órdenes de acceso abierto. Los primeros contienen la violencia distribuyendo privilegios entre élites; los segundos producen estabilidad ampliando la competencia, la impersonalidad de las reglas y el acceso a organizaciones políticas y económicas. El Perú no necesita perfeccionar su club de acceso limitado; necesita salir de él; necesita reglas que no dependan de qué teléfonos tienes en tu celular.

El Perú no está desordenado. Está ordenado bajo reglas predatorias. Informalidad, privilegios, economías ilegales y élites políticas conviven, predatoriamente. Por eso el orden que el Perú necesita no puede reducirse a mano dura ni a estabilidad macroeconómica. El problema es que Keiko Fujimori promete conservar un orden disfuncional y, en esas condiciones, conservar es preservar la descomposición. El Perú necesita el orden vivo de una democracia capaz de abrir el acceso, recomponer la confianza, integrar a sus regiones y someter el poder a reglas impersonales. En el Perú de hoy, quedarse quieto no es evitar la descomposición; es acostumbrarse a vivir dentro de ella.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

Fuente: elcomercio.pe

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