La consolidación de la dinastía Ortega

En una anterior columna escribí sobre Nicaragua y cómo la administración Trump estaba pasando por agua tibia a la autocracia de Daniel Ortega, después de capturar a Nicolás Maduro en Venezuela e intentar arrinconar al castrismo en Cuba. Pero, hace una semana, Ortega decidió alzar la voz y señalar sin rubor que ya no habría más elecciones en Nicaragua para que la oposición no “atrape el gobierno”.

No se trató de quitarse una careta que nunca tuvo, simplemente fue validar lo que hace tiempo venía quedando claro: la consolidación de la dictadura que lo mantiene en el poder desde el 2007. Un poder que comparte con su esposa, Rosario Murillo, que además de vicepresidenta, es ‘copresidenta’. Un gobierno familiar que busca emular a Corea del Norte para convertir a los Ortega en una dinastía. Porque después de la pareja está Laureano, uno de sus seis hijos, y al que ya están alistando para el cargo.

En las últimas elecciones del 2021, Ortega ganó con el 75% de los votos, gracias a que encarceló a los candidatos de oposición o los mandó al exilio. Luego ilegalizó partidos, organizaciones civiles, expropió medios de comunicación, dejó en calidad de apátridas a 452 nicaragüenses –políticos, sacerdotes, periodistas, empresarios y cualquiera que les incomodara– y tomó el control absoluto de todos los poderes del Estado, las Fuerzas Armadas y la policía.

Tras las declaraciones de Ortega, el presidente de la Asamblea Nacional, Gustavo Porras, matizó sus palabras, pero refrendó el objetivo: habrá elecciones, pero “sin traidores a la patria ni golpistas”. O sea, sin ningún tipo de oposición. Y esto se transformará en ley a inicios de setiembre.

¿Y ante esto, qué ha dicho la comunidad internacional? Pues lo de siempre. Condenas, exhortos y comunicados vacíos. “La codictadura de Nicaragua es una anomalía, pero una anomalía profunda, y debería ser inaceptable para los gobiernos democráticos, más allá de las declaraciones de rechazo, ahora que queda claro que Ortega prescinde de las elecciones, y se corona él mismo, un Napoleón tropical, y corona a su esposa”, ha señalado el reconocido escritor nicaragüense y miembro de la RAE Sergio Ramírez.

La administración Trump expresó que “no se quedará de brazos cruzados” y calificó de dictadura el gobierno de Ortega. Pero, como ya habíamos comentado, Nicaragua no tiene el peso económico ni político para convertirse en un dolor de cabeza para Washington. Lo que sí está en el radar son las millonarias concesiones mineras que Managua le ha entregado a China y la injerencia de Rusia en las Fuerzas Armadas del país centroamericano. Algo que Estados Unidos tolera, por ahora, mientras Nicaragua siga colaborando con operaciones antinarcóticos y la contención de inmigrantes ilegales.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

Fuente: elcomercio.pe

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