En lo que pareció una adaptación criolla del “sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor” de Churchill, la presidente Fujimori le ofreció al país “método, disciplina, perseverancia y una ruta clara” en el mensaje de 28 de julio. Una promesa que, por realista, sonó alentadora a los oídos de tanto peruano timado en los discursos inaugurales de quienes la han antecedido en el cargo. Las ilusiones políticas, sin embargo, comparten con el buen vino un inconveniente: duran poco. Y unas frases más adelante, la nueva gobernante se encargó de recordárnoslo. Porque, en buena cuenta, lo que los presuntos atributos de su recién estrenada administración ofrecían era coherencia. Y la coherencia comenzó a escasear en su alocución no bien pasó de las consideraciones generales a los anuncios concretos.

Elevar, por ejemplo, la remuneración mínima vital, tal como ella adelantó que hará, sin siquiera haber hecho antes el numerito de reunirse con trabajadores y empleadores a fin de que la decisión sea “técnica” y no obedezca a un simple capricho populista del Ejecutivo, es siempre una mala idea. Pero si además la medida se plantea en un discurso en el que se ha declarado también el firme propósito de reducir la informalidad, lo que tenemos es una contradicción monda y lironda. Si contratar formalmente a un trabajador se vuelve repentinamente más caro para una pequeña o mediana empresa que estaba pensando hacerlo, ¿qué creen que ocurrirá? Pues que la contratación simplemente no se producirá, o que empresario y trabajador llegarán a un arreglo informal… ¡Dah! El “bono compensatorio” que ofrece el gobierno a los potenciales empleadores, por otra parte, no soluciona cosa alguna, pues este se otorgaría por “única vez” y el sueldo, primicia calientita, chocherita, se paga todos los meses. Tratar de corregir los efectos negativos de una distorsión con otra, por último, tampoco luce como la mejor idea. No es, ejem, coherente.
–La estabilidad, ja, ja–
Este problemilla de consistencia que señalamos a propósito del discurso de la mandataria no fue ciertamente el único. Están también, entre otros, todos aquellos relacionados con las simultáneas promesas de estabilidad fiscal y de puesta en marcha de un auténtico festival de trenes de cercanía y líneas de metro, o de duplicación del monto de la Pensión 65, sin dar al menos una pista de cómo se financiaría todo aquello; máxime si en esa misma homilía nada se predica sobre la necesidad de acabar con la perpetua hemorragia del dinero de los contribuyentes que genera Petro-Perú.
La señora Fujimori ha perseguido el poder como Alicia perseguía al conejo blanco que la conduciría al País de las Maravillas, y daría la impresión de que alcanzarlo ha supuesto precisamente caer por el hueco de su madriguera. Esto es, precipitarse a un lugar en donde la lógica aristotélica no rige. Se ha comprometido ella a proveernos de una ruta clara, pero todo sugiere que le ha pedido para ello orientación al Gato de Cheshire, que en la obra que recordamos es algo así como el maestro de ceremonias de la disonancia cognitiva.
¿Quién le ha escondido la brújula a la presidente? La lista de sospechosos debería empezar con el nombre del miembro de su entorno que filtró a la prensa el “borrador” de las iniciativas que pensaba incluir en el pedido de facultades al Congreso, provocando entre la caviarada una reacción que la asustó al punto de hacerla desechar varias de ellas que sonaban razonables. ¿No habrá por allí, nos preguntamos, algún viceministro o asesor de apellido Robles? Detéctelo usted y aléjelo de su círculo, señora, para evitar que la primera de sus promesas siga mostrándose incierta. Y a los caviares, envíelos a tomar kombucha.
Fuente: elcomercio.pe