¿La política antiimigración afectará el Mundial?

La política internacional no ha sido ajena a los mundiales de fútbol. Desde el intercambio de saludos fascistas entre la selección italiana y Mussolini en 1934 hasta el aprovechamiento de este evento deportivo como vitrina de legitimación por regímenes como los de Videla (Argentina 1978) o Putin (Rusia 2018), la FIFA no ha tenido problemas en codearse con gobiernos de todo tipo en los palcos de los estadios. Sin embargo, el Mundial 2026 plantea un desafío inédito bajo un clima de creciente antiglobalismo y restricciones migratorias severas.

A diferencia de otras ediciones, donde los anfitriones se esforzaron por mostrar una cara amable de bienvenida a los participantes, Estados Unidos –sede de 78 de los 104 partidos mundialistas– ha marcado un precedente complejo con sus políticas de visados y restricciones sanitarias. Que la selección de Irán deba alojarse en Tijuana y solo entrar a territorio estadounidense los días de partido, el ejemplo extremo de varios otros, contrasta con la retórica de un torneo que se anuncia como el más global de la historia con 48 selecciones nacionales.

¿Afectará esto lo que suceda en la cancha? Es poco probable. Los favoritos siguen siendo Argentina, España, Francia, Brasil, Inglaterra o Portugal, y eso no cambiará por motivos políticos. Quizás veamos tribunas menos fervorosas en algunos partidos, pero no será por medidas antimigratorias, sino porque en el fixture se lucen choques como Irán-Nueva Zelanda, Jordania-Argelia y Bosnia-Catar. Incluso podría decirse que si hay un país donde un cartel tan poco atractivo podría tener éxito, ese es Estados Unidos, a fin de cuentas, gigante de la industria del entretenimiento y país de multitudes. Y las multitudes han demostrado una capacidad asombrosa para ignorar la política cuando la copa de la FIFA se pone en juego.

Al final, el Mundial será lo que históricamente ha sido: un fenómeno de masas donde el espectáculo, casi siempre, logra desplazar a la política del centro de la cancha.

Hace cuatro años, cuando aún no empezaba el Mundial Qatar 2022, la lluvia de cuestionamientos no cesaba en torno a la organización, al país anfitrión y las motivaciones evidentes de la FIFA de entregarle el torneo más importante del planeta a una rica monarquía del golfo. Pero una vez que el fútbol se volvió protagonista y que el mundo vio cómo, finalmente, Lionel Messi alzó la copa, las objeciones casi quedaron encarpetadas.

Y suele ser así. Siempre antes del Mundial se escudriña cada aspecto más allá de lo deportivo, pues más que un torneo de fútbol se trata de un acontecimiento social. Pero cuando los partidos ya acaparan nuestro interés, las sombras que rodean las previas empiezan a disiparse.

El Mundial que acaba de empezar, que por primera vez se jugará en tres países y con 48 selecciones, tampoco está exento de cuestionamientos, en algunos casos, escandalosos. La sistemática adulación de Gianni Infantino, el presidente de la FIFA, hacia Donald Trump ha puesto en evidencia que el ente rector del fútbol separa la política del deporte cuando le conviene, algo que ya era una práctica común, pero no de manera tan descarnada. Se trata, para algunos, del Mundial más politizado de la historia.

La supuesta estrategia de Infantino de insertarse en el círculo del poder de Trump buscaba asegurar un Mundial atractivo y sin contratiempos, pero ya quedó claro que se trata de negocios, dinero y poder. No solo lo ocurrido con Irán es inaceptable. También lo es que un árbitro somalí haya sido devuelto a su país por los agentes migratorios, que periodistas no hayan recibido visas o que se haya ahuyentado al turismo con precios exorbitantes en las entradas y los alojamientos. Para Infantino, seguramente, serán solo nubes que se disiparán una vez que el fútbol se vuelva protagonista y el ‘sportwashing’ haga su trabajo.

Fuente: elcomercio.pe

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