“La riqueza literaria de Ecuador se basa en su gran diversidad”

Hasta el cambio de siglo, buena parte de la literatura ecuatoriana sonaba como su popular pasillo: una música de consolación, que alcanza el paroxismo de la fatalidad. Historias que mostraban tristezas, quejas y gemidos. Sin embargo, hoy suena distinto. Como alguna vez nos dijo la escritora Gabriela Alemán, la banda sonora de un nuevo Ecuador tiene que ver con la fusión. El Ecuador contemporáneo es un país cuyas familias se repartieron por el mundo, con más de un millón de migrantes que van y vienen, cuyos hijos hablan otro idioma y sus nietos, buena parte, nunca volvió a casa. Hablamos de narradores y narradoras que muchas veces no viven en su país, que dan cuenta de un país dolarizado, con una clase media que envió a estudiar a sus hijos afuera y que, al regresar, transformaron el paisaje lingüístico. “El mundo cambió. Los campesinos de “Huasipungo” (icónica novela indigenista ecuatoriana escrita por Jorge Icaza en 1934), ahora tienen bodegas en Barcelona. Los otavaleños han contratado inmigrantes y ahora son ellos los gamonales. Tú no puedes seguir instalado en algo que ya no existe”, nos explicaba Alemán.

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Para hablar de lo sucedido en las letras ecuatorianas hablamos justamente con dos miembros de esa generación que lo cambió todo. Leonardo Valencia y Sabrina Duque, parte de la delegación de autores ecuatorianos que desembarcarán en la FIL Lima. Valencia salió de su país en 1993 para vivir en el Perú hasta 1998, experiencia que, confiesa, lo disciplinó como escritor antes de partir a Europa. “Mucha gente partía a París para encontrar su vocación literaria. En mi caso, París lo encontré en Lima”, comenta el autor de “La escalera de Bramante”, quien volvió a Ecuador 25 años después. Por su parte, Sabrina Duque, periodista y traductora, vivió cuatro años en Lisboa y dos años en Brasil. Radica actualmente en Taiwán, donde trabaja para la oficina en Taipéi de “The New York Times”. Y entre escrito y escrito, estudia mandarín. El Dominical los contactó por separado, para intercambiar con ellos las mismas preguntas.

—¿Qué sucedió en la literatura ecuatoriana para que, en pocos años, rompiera su repliegue y se conectara con el mundo?

Leonardo Valencia: No existe un motivo único. Yo creo que es una suma y una evolución. A mediados de la década de los 90 ya había una necesidad general por un cambio para salir de ciertos temas recurrentes. Ecuador no dependía de uno o dos autores emblemáticos, sino de toda una amplitud de miradas, de obras literarias. La narrativa ha crecido muchísimo, presentando distintas líneas. Y eso tiene que ver también con una conexión: hay un fenómeno que a veces se olvida, la migración ecuatoriana, como ocurrió en Perú en los años 80. En Ecuador, la gran migración arrancó a mediados y fines de los años 90, producto de una gran crisis económica. Son factores que generaron otras lecturas, otros contactos, un público lector que se abrió por fuerza de las circunstancias. Todo esto resultó un revulsivo para Ecuador. No es menor también el hecho de la conectividad de Internet. Ahora lo asumimos como algo muy normal, pero es un factor que tuvo que ver con ese cambio social. Así, tanto la migración como la tecnología influyeron, además de un proceso de renovación permanente impulsado por las nuevas generaciones. Es un proceso que continúa y que produce una literatura muy rica, con un registro muy variado.

Sabrina Duque: Yo creo que, si bien la literatura de adultos estaba muy lastrada, la literatura de niños en Ecuador ya tenía grandes estrellas internacionales, como Edna Iturralde o María Fernanda Heredia, por ejemplo. Ellas no estaban limitadas por la herencia de una novela como Huasipungo. Por otro lado, también hay un problema de regionalismo y de machismo, porque en esa época Ecuador sí tenía grandes autoras que publicaban y eran populares, pero no eran reconocidas. Recién ahora, tantos años después, están siendo redescubiertas gracias al impulso de sus alumnas. En la secundaria te hacían leer Huasipungo y a otros señores. No te daban a leer a las señoras. Cuando fui a la Universidad Católica de Guayaquil, fui alumna de Cecilia Ansaldo, Cecilia Vera de Gálvez y de Gilda Holst y todas estas mujeres que a mí me presentaron la literatura contemporánea ecuatoriana. Ellas crearon una generación de lectores.

—¿Podemos dar por muerto y enterrado a don Marcelo Chiriboga? ¿El chiste de Carlos Fuentes perdió por fin su gracia?

Sabrina Duque: Sí, por supuesto. Tenemos a Mónica Ojeda, a Natalia García Freire, a Gabriela Alemán, tantos autores interesantes que se publican en todos lados. También debo decir que se debe mucho a las editoriales independientes que florecen en todo el continente y que nos permitieron no depender de los grandes sellos. En el caso de Mónica Ojeda, por ejemplo, fue el clásico boca a boca, no había una gran estructura alrededor, no había una Carmen Balcells que la fuera a elevar, solo el descubrimiento de una chica sorprendente.

Leonardo Valencia: Eso fue una ficción que representaba justamente la inquietud de ese momento. Una figura como Marcelo Chiriboga es una señal de una época, en la que se miraba la literatura como un espacio que necesitaba grandes membretes, la idea de un escritor representativo del país, como Vargas Llosa en el Perú o García Márquez en Colombia. Eso es un topicazo que responde a una serie de simplificaciones. Creo que la riqueza literaria de Ecuador, precisamente, se basa en su gran diversidad. Yo creo que ese tópico ha sido superado. Obviamente, vamos a seguir viendo personas y tendencias que quieren volver a esa figura simplificadora, pero pienso que la riqueza de la literatura, cuando el lector se aplica a mirar, a leer y a descubrir, es sorprender con la enorme variedad de autores.

—Y sobre todo de autoras, ¿cómo ves esta proyección actual de escritoras ecuatorianas?

Leonardo Valencia: Es muy interesante. Responde también a una tendencia general en América Latina, en distintos géneros. A mí me parece muy bien que haya una renovación generacional y que se amplíe el espectro con otras visiones.

Sabrina Duque: Hay una cantidad de autoras en Ecuador que son superproductivas y que todavía no las conocen afuera, pero creo que marcan la actualidad del discurso. Se me ocurre Sandra Araya, que trabaja temas de terror. Algo parecido sucede con Solange Rodríguez Pappe, una cuentista muy buena que desarrolla lo fantástico. Hay mucha gente dentro del país que no necesariamente tiene que salir para representar al país. Hoy son parte del engranaje que hace que la literatura ecuatoriana se siga moviendo.

—Hablábamos de autores y temáticas de las que los nuevos autores intentan sacudirse. ¿Hay también autores mayores ocultos y hoy redescubiertos?

Leonardo Valencia: Dentro de la tradición literaria ecuatoriana, siempre hubo mucha polarización. Esto fue una discusión de los últimos 40 años, en la que yo también participé, cuando debatíamos lo que representaba un autor indigenista como Jorge Icaza y un autor de vanguardia como Pablo Palacio. Pero eso ya forma parte de la historia de mediados del siglo XX. Lo que pasa es que eso se arreó durante mucho tiempo. Nosotros no tenemos el peso tremendo que representa Vargas Llosa para el Perú, Borges en Argentina o García Márquez en Colombia. Y yo siempre he visto que eso no es un problema, más bien es una oportunidad y un desafío. Ecuador no tuvo efectivamente ese tipo de figuras marcantes, pesadas y desafiantes, y eso genera otras dinámicas. Más bien sí creo que ha habido algunos rescates de figuras extrañas en la literatura ecuatoriana. Pienso, por ejemplo, en autores como Humberto Salvador o Juan Palacio. O en poetas vanguardistas como Hugo Mayo. Figuras que se habían opacado, como es el caso de Jorge Enrique Adoum, autor con el que a mí me gusta mucho dialogar, especialmente con su novela “Entre Marx y una mujer desnuda”.

—¿Qué dejó de existir de ese antiguo Ecuador literario y cuál es el nuevo país que ustedes escriben?

Leonardo Valencia: Yo regresé en el 2018 a vivir a Ecuador y, de hecho, “El tratado de la noche sin respuesta”, el libro que publico en Lima, habla de mi marcha del país. Una de las cosas que yo percibí, habiendo vivido 25 años fuera, alejado de las pequeñas discusiones internas, es que Ecuador es un país que ha permitido visibilizar distintas comunidades que antes no tenían tanto peso. Por ejemplo, el fenómeno de las comunidades indígenas que han logrado una presencia muy importante en la sociedad, en el ámbito académico, en el ámbito intelectual. Pienso en Lucila Lema, escritora otavaleña. Es un fenómeno importante la visibilidad de comunidades que no estaban visibilizadas en el Ecuador. Por otro lado, uno de los grandes problemas de Ecuador es el narcotráfico, que ha polarizado sobre todo la región de la costa, las provincias de Esmeraldas, Manabí, y Guayas, incluso en la zona selvática. Esto genera un escenario de violencia distinto a lo que hubo antes. Y del cual ya se está escribiendo. Seguramente pronto aparecerá la gran novela sobre este tema.

Sabrina Duque: También es cierto que hay una generación más ambiciosa. Aunque somos un poquito más jóvenes que Leonardo (Valencia), y que Gabriela Alemán, que fue como una guía, el ejemplo de que se podía estar en la lista de Granta, que la gente te puede leer afuera. Eso generó la ambición de una generación ambiciosa por querer publicar en otros lugares, escribir historias propias a partir de lo que has vivido, sin copiar modelos.

Fuente: elcomercio.pe

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