Máxima ansiedad, por Jorge Bruce

Escribo estas líneas antes de conocer el resultado de la segunda vuelta electoral, lo cual me exime de referirme a las candidaturas en liza. Más bien, me autoriza a explorar los afectos y sus causas detrás de esta reñida y angustiante lid. Empecemos por una pregunta que cada cual puede responder en su fuero interno: ¿por qué cada cinco años reproducimos, con variantes no significativas, el mismo escenario de polarización a nivel nacional? ¿Por qué esta polarización se hace cada vez más tóxica (para hablar en el lenguaje de las relaciones de pareja)?

Todos hemos podido constatar el aumento de las tensiones no solo entre los dos grupos políticos que se disputan el poder, sino también entre amigos, relaciones profesionales e integrantes de la misma familia, como una falla sísmica que recorre el territorio de nuestras opiniones con su respectiva coloración afectiva. El término 'falla' en este contexto no es casual. Alude a esa fractura de la cual ninguna sociedad nacional está exenta, pero que en el Perú pareciera insuperable.

Lo cual nos permite comenzar a responder a la pregunta formulada en el primer párrafo. Si este escenario se repite, se debe, en primer lugar, a que, en más de 200 años de historia, no hemos sido capaces de cerrar esa brecha a niveles compatibles con la esencia de una comunidad nacional. Todo apunta a que insistimos en dedicar una magnitud considerable de energía social para mantener esa división, esa desigualdad, esas categorías de ciudadanía carentes de los mismos derechos.

Mientras no seamos capaces de enfrentar ese desafío, mientras persistamos en creer que hay personas con privilegios que deben ser respetados por una mayoría de personas consideradas, en la práctica cotidiana, como inferiores, debemos esperar que sucedan antagonismos como estos que estamos sufriendo en las elecciones. Todas las sociedades del mundo se enfrentan a males como el racismo, el clasismo, el machismo o la homofobia. Todas, porque los humanos tenemos la tendencia a clasificar a las personas por su cantidad de bienes, su color de piel, su identidad sexual o cualquier otra línea demarcatoria. Lo que hace la diferencia es cómo el Estado resuelve estas diferencias.

Esto no es cuestión solo de leyes. La Constitución peruana proscribe explícitamente la discriminación por etnia o poder económico. Sin embargo, cualquiera puede constatar en la calle cómo se transgreden esas prohibiciones a diario. Desde clubes que impiden que las trabajadoras del hogar se bañen en las piscinas hasta playas que son privatizadas por la forma en que están diseñadas, donde las trabajadoras del hogar tampoco se pueden bañar en el mar fuera de ciertos horarios. También está el transporte público indigno, insalubre y humillante que vemos a diario en las calles. Lo cual se puede hacer extensivo a todos los servicios públicos. La atroz mortalidad de la pandemia de la COVID-19 desnudó ferozmente esta desigualdad en la atención a los enfermos.

Es triste constatar que, así como en la pandemia tuvimos la mayor letalidad del mundo en términos proporcionales, acumulamos récords en número de violaciones, en particular a niñas; resultados deplorables en las pruebas PISA en educación; e índices generales de desconfianza. Todo apunta a que esa brecha social, lejos de disminuir, se ensancha.

Hay quienes piensan que esto se resuelve con un mayor crecimiento económico. Esto es asombroso, porque tuvimos, en el siglo XXI, muchos años de crecimiento sostenido y eso no impidió que, cuando llegó la pandemia, descubriéramos que había 100 camas UCI para todo el país. Podría seguir enumerando estas iniquidades, como la escasez de servicios de agua potable o energía eléctrica en la propia capital. Pero creo que no hace falta, pues son de todos conocidas esas carencias.

En lugar de buscar culpables, busquemos respuestas que nos permitan dialogar y concertar. Estos problemas seculares han sido señalados por muchos académicos y políticos. Pero no hemos sido capaces de unirnos para enfrentar estos retos gigantescos. Respuestas simplistas, como el Estado ineficiente o la rapacidad de quienes más tienen, no permitirán salir de este entrampamiento.

Por eso, los afectos que emergen cada lustro están impregnados de rencor justificado ante las flagrantes injusticias, de un lado, y de temor ante la emergencia de esa rabia y ese dolor frente a la injusticia y la impunidad, del otro. Esto no se resolverá si persistimos en recetas que han probado su ineficacia. Si un paciente estalla en cólera en el consultorio, el psicoanalista tiene el deber de preguntarse por los motivos que subyacen a ese exabrupto, que no proviene solo de su pasado, sino también de lo que está sucediendo en el ámbito compartido entre esas dos personas unidas por un vínculo de alta complejidad. Eso que llamamos el aquí y ahora.

Esta idea del aquí y ahora me parece fundamental para entender y cambiar lo que estamos haciendo mal en el país. Necesitamos comprender mejor por qué insistimos en mantener esa herida infectada, sin esforzarnos en curarla. Necesitamos que esos remedios, esas soluciones, provengan del diálogo y la escucha. Eso precisamente no se ha observado en esta segunda vuelta, donde más bien han primado el antagonismo y las imprecaciones. Va a ser difícil lograr ese entendimiento básico después de tanto agravio y desprecio.

Felizmente, el electorado peruano no le ha dado a ningún grupo la mayoría en el Congreso. Ojalá esta sea una ocasión para recuperar esa capacidad de hacer política que hoy parece haberse extraviado.

Fuente: larepublica.pe

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