Si los debates presidenciales tienen por objeto que los electores se hagan una idea más precisa del perfil de cada candidato, el de este domingo logró su propósito. No es que la participación de la aspirante de Fuerza Popular, Keiko Fujimori, estuviese exenta de aspectos criticables –leer la mayor parte de sus intervenciones no fue la mejor estrategia y sus cálculos sobre los puestos de trabajo que se habrían generado en Majes Siguas II fueron inflados–, pero la performance del postulante de Juntos por el Perú, Roberto Sánchez, fue tal festival de mentiras, silencios y ofensas de tipo personal que eclipsó los vacíos de la candidata fujimorista.
Mentiras fueron, por ejemplo, su afirmación acerca de que el exministro de Economía Luis Miguel Castilla había dicho que Pedro Franke fue el mejor titular del MEF de los últimos tiempos (Castilla lo llamó esa misma noche “mentiroso compulsivo” por haberle atribuido esa aseveración) o su clamor por los 9 millones de peruanos que supuestamente viven en extrema pobreza (la verdad es que los compatriotas que viven en esa situación son cerca de la sexta parte de lo que él señaló). También mintió cuando dijo que gracias a su gestión como ministro se impulsó la gastronomía reduciendo el IGV para restaurantes, cuando ese fue un proyecto del fallecido congresista de Fuerza Popular Nano Guerra García. Silencios, por otra parte, fueron todas las respuestas que omitió sobre el rol que jugaría el cabecilla del ‘andahuaylazo’ en un eventual gobierno suyo; particularmente, si al final de la primera vuelta había sentenciado en una plaza pública: “La lucha contra el crimen estará en manos de nuestro mayor, el compatriota Antauro Humala”. Y ataques personales, todas sus alusiones a la familia de la señora Fujimori: una bajeza que le valió ser calificado por ella de “poco hombre”…
Si añadimos a todo eso sus falaces esfuerzos por responsabilizar a la postulante de Fuerza Popular de los muertos de las protestas contra Dina Boluarte y de las decisiones mayoritarias de un Congreso de 130 representantes en los que su partido tiene 20, el retrato de Sánchez queda completo. Peor aún, un día después del debate, Sánchez presentó un nuevo plan de gobierno de 104 páginas en el que trata de suavizar su ideario radical, pero insiste en cambiar el régimen económico y la Constitución. Es decir, ¿todo lo que dijo el día anterior ya no vale? ¿Qué pasó con el plan que mostró en primera vuelta? ¿A qué Sánchez le creemos?
Roberto Sánchez cambia de discurso según cambia el público. Si habla con empresarios, promete estabilidad. Si habla con sus bases, vuelve a las viejas consignas. Un día dice que Velarde debe quedarse; otro, su plan de gobierno plantea medidas incompatibles con aquello que supuestamente defiende. No estamos frente a una evolución política. Estamos frente a una actuación. Sánchez sabe que está engañando al país.
A estas alturas, el verdadero misterio ya no es Roberto Sánchez. El verdadero misterio es que todavía haya quienes le crean. Porque estamos hablando de un político que ha hecho del acomodo, la media verdad y la conveniencia una forma de hacer campaña. Un país que ya pagó demasiado caro las promesas falsas no puede darse el lujo de volver a caer en el mismo engaño.
Fuente: elcomercio.pe