Newsletter Happiness Dealer

Hace buen tiempo que me repito una pregunta:

¿Por qué convertimos en una tarea difícil lo que teóricamente más queremos para nosotros?

Y no me refiero puramente a nuestra alimentación. Me refiero a dormir a una hora razonable, a mover nuestro cuerpo con frecuencia, a dejar de aplazar nuestros chequeos médicos, a respetar nuestros momentos de descanso, a poner límites, a organizarnos, a retomar algún hobby o actividad que extrañamos, que nos hace sentir vivos, a hacer, en general, eso que sabemos que podría ayudarnos a sentirnos mejor.

Conocemos las respuestas…en la gran mayoría de los casos…

Sabemos que dormir poco nos afecta.

Sabemos que movernos nos hace bien.

Sabemos que comer más equilibrado puede mejorar nuestro nivel de energía, nuestra salud general, nuestra calidad de vida.

Sabemos que vivir estresados tiene un precio, que ignorar lo que necesitamos, en general, no termina bien.

Y, sin embargo, saberlo no es suficiente para motivarnos a ejecutar.

El espacio entre lo que sabemos y lo que hacemos es demasiado humano, y puede llegar a ser sumamente frustrante.

El problema no es que no tengamos una idea de cómo queremos vivir, la tenemos. El asunto radica en que no le damos espacio a definir y a planificar cómo lo vamos a lograr.

Lo más natural es que queramos sentirnos fuertes, con energía, más libres, más presentes, más saludables.

Que nos gustaría ser más disciplinados, inclusive, más capaces de confiar en nosotros mismos. Que sintamos algo de inseguridad y temor por habernos acostumbrado a no cumplir nuestra propia palabra.

Es lo más seguro que la mayoría apunte a llegar a mayor sintiéndose independiente, con un buen porcentaje de masa muscular, ágil y contando con claridad mental. Es posible que queramos disfrutar de comer sin sentir estrés o preocupación. Para algunos, dejar de vivir atrapados entre temporadas de control y momentos de abandono sea una de las más importantes metas.

Lo cierto es, que en algún lugar de nosotros existe una imagen bastante clara de la vida que nos gustaría re-comenzar a construir. Puede ser que la imagen sea imperfecta, poco clara, que esté borrosa. Pero allí está. Y aparece de tanto en tanto, mostrándonos señales, intentando darnos una dirección sobre cómo nos gustaría sentirnos, comportarnos y relacionarnos con nosotros mismos.

Lo más interesante, es ver que nuestras decisiones del día a día, no siempre acompañan esa visión. Entonces aparece una tensión. La persona que queremos ser va para un lado y nuestra conducta, nuestros hábitos, inclusive nuestras declaraciones, van para otro.

Queremos ser activos, pero dejamos de hacer ejercicio durante semanas.

Queremos cuidar nuestra salud, pero postergamos todo lo que necesita atención.

Queremos sentirnos organizados, pero improvisamos cada comida.

Queremos tener más energía, pero nos colocamos en situación tras situación, creando días en los que apenas existe espacio para comer, respirar o recuperarnos.

Queremos libertad con la comida, pero seguimos atrapados en la culpa, la compensación y muchas veces, la ansiedad.

Queremos cumplir con nuestras propias “metas”, pero vamos acumulando promesas que no logramos mantener.

Y cada una de esas promesas, cada plan que abandonamos, va dejando una marca.

No porque una mala decisión defina quiénes somos. No porque desviarnos una vez signifique que no tenemos disciplina. Sino porque, con el tiempo, tras la repetición de patrones, nuestra palabra va perdiendo valor, va perdiendo fuerza. Va teniendo menos peso, menos significado.

Nos decimos que el lunes comenzamos. Que esta vez sí. Que mañana entrenamos.

Que vamos a organizarnos. Que no volveremos a abandonar. Que ahora sí nos cuidaremos. Pero cuando repetimos muchas veces el mismo patrón, comienza a aparecer una voz interior que nos siembra dudas.

Y se expresa más o menos así: “Ya sé cómo termina esto.”, “No voy a lograrlo.”, “No tengo fuerza de voluntad.”, “Yo soy así.”

Y es lo más probable, que una de las consecuencias más tristes de continuar repitiendo hábitos que no nos representan, que no nos convencen realmente, con los que no nos sentimos identificados no sea solamente el resultado físico o el de salud, sino que tenga como consecuencia el perder la confianza en nosotros mismos.

A pesar de que no todo lo que repetimos define quiénes somos, siento que es importante recordar, que lo que repetimos, revela lo que practicamos. Lo que repetimos, puede mostrar cómo respondemos cuando estamos agotados, puede ser una adaptación a nuestro entorno, estar relacionado al nivel de estrés del momento, a la ansiedad, falta de sueño, al hambre físico, etc. Puede mostrarnos años de aprendizajes basados en conductas compensatorias.

Somos seres complejos, con infinitas aristas y cada uno de nosotros es único. Nuestro cuerpo lo es también, por eso no podemos generalizar. Sin embargo, existen variables básicas que separan lo que controlamos de lo que no controlamos, y, existen algunos puntos que, al ser controlables, nos dan la oportunidad de simplificar lo complejo.

No decidimos igual después de dormir ocho horas que después de dormir cuatro. No se siente igual regular la alimentación cuando hemos comido suficiente durante el día que cuando llegamos a la noche con hambre acumulada. No tenemos la misma capacidad de organizarnos en una semana tranquila que durante una crisis familiar, por lo que el manejo de las emociones y del estrés es algo que nos podría interesar aprender. No todo depende de la voluntad.

Organizarnos y participar activamente, ayuda. Reconocer el contexto no significa renunciar a nuestra capacidad de tomar decisiones por voluntad propia. De optar, de votar por nosotros mismos, de elegirnos.

Comprender no es lo mismo que justificar. Aceptar el punto de partida no significa decidir que nos quedaremos allí. Es justamente el lugar donde iniciaremos el cambio.

Las partes más importantes de todo avance son: reconocer dónde estamos y asumir la responsabilidad.

Ser capaces de decir: “Aquí estoy, esto es lo que cuesta llegar allá, me comprometo, esto es lo que demandará de mí, aquí voy.”

Sin castigarnos y sin resignarnos. Siendo objetivos, poniendo las cosas en una balanza, usando la perspectiva y avanzando.

A veces pensamos en la persona que queremos ser como si fuera alguien completamente distinto. No creemos que esa persona vive en nosotros, que lo que necesitamos hacer es ayudarla a florecer. Porque lo que buscamos, lo que nuestro ser detecta, percibe, siente como “felicidad” tiende a ser la repetición de una sensación que lleva impresa en su memoria, en su disco duro. Actividad, independencia, capacidad, disciplina, serenidad, libertad…son características que la mayoría anhela, y eso es netamente humano.

Si conectamos con quienes queremos ser y cómo queremos vivir, nos daremos cuenta de que lo que buscamos construir es generalmente, una versión de nosotros mismos con una dosis extra de expansión, de espacio. Un sueño que podemos sostener con nuestras conductas. Una posibilidad que requiere una estructura y mucha constancia para hacerse realidad.

Esa estructura necesita sostenerse en el pilar de la disciplina que no nos dice otra cosa más que: “Esto que quiero para mí importa, incluso cuando hoy es difícil hacerlo.” Y cada vez que vamos en esa dirección, dejamos más y más evidencia. Evidencia de que podemos cuidarnos. De que podemos cumplirnos. De que somos capaces de tolerar un poco de incomodidad para lograr algo valioso. De que no necesitamos sentirnos 100% motivados para tomar una decisión que, para nosotros, es importante.

La confianza en nosotros mismos se construye acumulando evidencia sobre lo que hacemos. Nuevamente: repetición. Repetición y práctica.

Quizás te preguntes… ¿qué tiene que ver todo esto con la alimentación?

Tiene todo que ver…porque comemos varias veces al día.

Y eso, convierte la alimentación en uno de los espacios más frecuentes de toma de decisiones. Representa una oportunidad excelente para practicar, para ejercitar el músculo de la voluntad y la disciplina. Aunque muchas veces intentemos cambiarla en formas poco eficientes y eso la convierta en una suerte de tortura.

Entonces “fallamos” y “volvemos a fallar” sin darnos cuenta de que el plan de acción se no se construyó en una forma coherente.

Nuestra forma de alimentarnos claramente no debería adaptarse a las costumbres actuales, si no nos dirigen a buen puerto. Si hoy vivimos improvisando, comemos siempre frente al televisor o llegamos a la noche completamente desregulados, no necesitamos una propuesta que acomode esos patrones. Necesitamos entender de dónde vienen, reconocer qué los sostiene y construir un puente hacia algo diferente.

Sin embargo, una forma de comer que busca ser duradera y es positiva, respeta el lugar donde estamos sin condenarnos a permanecer allí. La intención es que sea suficientemente realista para poder comenzar y tolerablemente desafiante para ayudarnos a evolucionar. No tiene como objetivo obligarnos a convertirnos en otra persona de la noche a la mañana, pero sí podría ayudarnos a practicar, poco a poco, a tomar las decisiones que tomaría la persona que queremos llegar a ser.

Una persona fuerte puede aprender a proteger su masa muscular y su energía. Una persona activa puede aprender a elegir alimentos que la ayuden a rendir y recuperarse. Una persona libre puede construir una relación con la comida que incluya estructura sin sentirse encarcelada. Una persona presente puede aprender a reconocer su apetito, sus señales de saciedad y sus emociones con mayor claridad. Una persona autónoma puede desarrollar criterio en lugar de vivir preguntando qué tiene permitido comer. Recordando que nuestras repetidas elecciones van construyendo un camino que nos llevan a determinado lugar. La alimentación está 1005 relacionada con nuestra identidad.

Una propuesta verdaderamente personal no debería considerar únicamente qué alimentos nos gustan. Es importante tomar en consideración cómo vivimos y cómo queremos vivir. Qué horarios tenemos, qué responsabilidades ocupan nuestros días. Cómo dormimos. Cuándo entrenamos. Cómo se comporta nuestro hambre. Qué necesita nuestro cuerpo. Qué estamos intentando lograr. Qué queremos proteger. Y qué tipo de relación buscamos construir con la comida.

Idealmente, queremos considerar nuestra fisiología, pero también nuestra realidad. Nuestra salud, pero también nuestra historia. Nuestros objetivos, pero también nuestros valores. Buscamos suficiente estructura para tener una clara dirección y suficiente flexibilidad para permitirnos ser humanos.

La flexibilidad del plan de acción permite que cambie con nosotros. Porque indefectiblemente vamos a cambiar. Nuestro cuerpo cambiará. Nuestro nivel de actividad cambiará. Nuestras prioridades cambiarán.

Habrá etapas de construcción, de recuperación, de mayor demanda, de celebración y de transición.

Una manera inteligente de alimentarnos contempla poder acompañar esos cambios.

El objetivo es lograr autonomía, para tomar decisiones cada vez más conscientes, coherentes y propias.

Quizá el cambio no consiste en inventarnos desde cero. Quizá consiste en acercar dos lugares. La persona que somos hoy, con nuestra realidad, nuestras dificultades, nuestras fortalezas y nuestra historia. Y la persona que queremos construir.

No llegamos de un lugar al otro siendo perfectos. Llegamos acumulando experiencias. Una comida suficientemente buena. Una elección que cuida nuestra energía. Una noche en la que decidimos descansar. Un entrenamiento que cumplimos. Una reunión en la que disfrutamos sin culpa. Una vez en la que comimos tranquilos, sin castigarnos. Una conversación honesta. Un límite. Una promesa pequeña que sí pudimos cumplir. Así comienza a reconstruirse nuestra confianza. No porque nunca volveremos a fallar. Sino porque tenemos la plena seguridad de que podemos regresar.

Porque siempre podemos volver a comenzar.

Se practica. Se fortalece. Se construye. Una decisión a la vez.

Sandra Chikhani Carrillo

Health Coach KO UDC

Fuente: elcomercio.pe

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *