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Hablan todos los días: se mandan fotos de lo que están comiendo, mensajes de buenos días y notas de voz donde se cuentan hasta los detalles más mínimos. Se ven todos los fines de semana y, a veces, también entre semana, aunque digan que están “muy ocupados”. Se confiesan cosas que no le dirían a nadie más y se toman de la mano como una verdadera pareja. Pero cuando alguien les pregunta “¿qué son?”, el silencio los invade o peor aún, aparecen respuestas ambiguas como “estamos fluyendo”, “no es necesario ponernos una etiqueta” o “lo nuestro es diferente”.
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Sin embargo, también hay celos, reclamos, ansiedad cuando la otra persona tarda en responder e incluso ilusión cuando surgen planes a futuro. Porque, aunque oficialmente “no son nada”, emocionalmente ocupan un lugar mucho más importante del que están dispuestos a admitir.
Y es que así funcionan las situationships: vínculos ambiguos donde hay intimidad, rutina y apego, pero no claridad. Básicamente, son relaciones que se sienten como un noviazgo hasta que llega el momento de definirlas.
La generación del vínculo ambiguo
La situationship no nació como una etiqueta más del internet, sino como el reflejo de una forma distinta de relacionarnos en pleno siglo XXI. Porque no estamos hablando de un simple encuentro de fin de semana, sino de un vínculo donde existen dinámicas de pareja —demostraciones de afecto, intimidad física y/o sexual, tiempo compartido, conocer al entorno del otro e incluso planes a futuro —pero sin acuerdos claros ni compromisos explícitos de fidelidad o estabilidad.
“A diferencia de una relación casual, donde el vínculo suele limitarse a la intimidad física o sexual, en una situationship el componente emocional está muy presente. Pero, al mismo tiempo, se distancia de una relación formal porque evita aquello que tradicionalmente sostiene a una pareja: acuerdos, responsabilidad afectiva y claridad emocional, por lo que el famoso “¿qué somos?” queda suspendido indefinidamente”, explicó Alejandra Horna, psicóloga y docente de la carrera de Psicología de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya (UARM) a Somos.
Pero, ¿por qué una generación entera ha empezado a sentirse cómoda viviendo vínculos ambiguos? Para la psicóloga Stefanny de la Cruz, parte de la respuesta está en la cultura contemporánea de la inmediatez. Hoy vivimos en una lógica donde todo debe ser rápido, estimulante y libre de incomodidad. Bajo esa idea, el compromiso empieza a percibirse no como una construcción afectiva, sino como una amenaza a la libertad personal.
Y es que las conversaciones difíciles, los desacuerdos y los ajustes que exige una relación estable comienzan a verse como cargas emocionales evitables. En este contexto, la situationship aparece casi como una solución perfecta: permite experimentar cercanía emocional sin asumir completamente las exigencias del compromiso.

Sin embargo, reducir este fenómeno a una simple falta de madurez sería incompleto. De acuerdo con Aída Arakaki, psicoterapeuta de Clínica Internacional, estamos ante una monera de dos caras. Por un lado, existe una generación más libre, consciente de sus metas personales y profesionales, que tienen menos tolerancia a las relaciones tóxicas. Pero, por el otro, se observa un profundo temor a la vulnerabilidad. Porque comprometerse implica exponerse, renunciar a ciertas posibilidades y asumir una responsabilidad.
“Algunas personas prefieren quedarse en vínculos ambiguos porque sienten que así controlan el riesgo a sufrir, aunque en realidad esta ambigüedad también termina generando mucho dolor”, advirtió la experta.
A este cóctel emocional se le suma el catalizador tecnológico: las aplicaciones de citas. Y es que las pantallas han transformado la forma de conectar, alimentando así una mentalidad de comparación constante que dificulta profundizar en un vínculo real. El psicólogo José Chávez, de Sanitas Consultorios Médicos afirmó que estas apps activan directamente el sesgo de la “paradoja de la elección”: a mayor cantidad de opciones, más difícil es elegir y más insatisfechos nos sentimos con la decisión tomada.
Esa falsa sensación de que siempre habrá alguien “mejor”, “más guapo” o “más compatible” a solo un swipe de distancia convierte a las personas en productos de consumo. A su vez esto fomenta conductas de reserva donde se mantiene al otro cerca “por si acaso”, bloqueando la construcción de cualquier seguridad emocional.
Esta mentalidad transforma el escenario afectivo en lo que Brian Cahuata, psicólogo y jefe del Área de Bienestar Universitario de la Universidad Católica San Pablo (UCSP) definió como una “sala de espera emocional”, la cual es alimentada por el FOMO (Fear of Missing Out o miedo a perderse de algo). Y es que el temor a cerrar puertas a otras oportunidades lleva a las personas a habitar zonas grises donde reciben afecto, compañía e intimidad, pero evitan tomar una decisión clara. De esta manera, el FOMO refuerza la idea de que comprometerse es sinónimo de renuncia a mejores opciones.
“El resultado de este engranaje es una paradoja psicológica desconcertante: personas que evitan las etiquetas, pero que íntimamente esperan exclusividad y trato de novios. Detrás de esta resistencia, suelen esconderse decepciones pasadas, crianzas en entornos inestables o el miedo al rechazo. Y es que se busca obtener todos los beneficios emocionales y físicos de una pareja, pero esquivando las demandas de la estabilidad o la proyección. Se abraza la idea de que sin nombre duele menos si se termina, ignorando que, al final del día, el cerebro igual se involucra emocionalmente y el vacío de la incertidumbre termina cobrando la factura”, recalcó Arakaki.
Por qué una situationship se vuelve tan adictiva
La ambigüedad, la expectativa y la recompensa emocional irregular que se instala en el vínculo, son justamente lo que lo hace tan difícil de dejar. Como precisó la psicóloga Alejandra Horna, estas relaciones funcionan muchas veces bajo un esquema de “refuerzo intermitente”: el afecto, la atención o la cercanía aparecen de una forma impredecible, como pequeñas recompensas que nunca terminan de consolidarse. Y esa incertidumbre hace que la persona permanezca esperando el próximo gesto de cariño, la próxima conversación intensa o la posibilidad de que, finalmente, la relación “se formalice”.
“A nivel emocional y neurológico, esa dinámica puede volverse profundamente adictiva. Cuando la recompensa afectiva llega después de un periodo de distancia o duda, el cerebro libera dopamina de forma muy intensa, reforzando todavía más el deseo de permanecer en el vínculo. Por eso, muchas veces, mientras más inconsistente es la atención, más difícil resulta soltar la relación, ya que la alternancia entre cercanía e indiferencia mantiene a la persona en un estado constante de expectativa emocional”.

Toda esa intensidad neurológica suele camuflar un marcado desequilibrio emocional. La doctora Susan Albers, psicóloga de Cleveland Clinic advirtió que en muchas situationships una persona busca compromiso mientras la otra prefiere sostener la ambigüedad. Sin embargo, el problema real empieza cuando uno acepta dinámicas que le generan tristeza, ansiedad o inseguridad solo por el miedo a perder al otro. Porque cuando alguien calla sus necesidades o vive esperando cambios que nunca llegan, la relación deja de ser equilibrada.
Al final, esa espera permanente puede terminar convirtiéndose en dependencia emocional. La situación deja de ser sana cuando empieza a afectar la autoestima, el bienestar emocional o la estabilidad mental: vivir pendiente del otro, tolerar “migajas afectivas” o sentir angustia constante por el miedo a perder el vínculo son señales claras de alerta. Con el tiempo, además, el impacto cala hondo. Según Cahuata, la falta de claridad y constancia puede generar inseguridad, frustración y desgaste afectivo, llevando incluso a que la persona dude de su propio valor en el amor y normalice relaciones donde no recibe el afecto o la estabilidad que realmente desea.
No obstante, este desgaste no afecta a todos por igual, pues depende significativamente de la mochila emocional con la que cada persona llega al vínculo. En este sentido, Antonella Galli, psicóloga de la Clínica Ricardo Palma mencionó que, quienes tienen rasgos evitativos, inseguridad emocional o miedo al compromiso pueden quedarse atrapados más fácilmente en estas dinámicas, ya sea porque buscan compañía sin involucrarse del todo o porque utilizan la ambigüedad como una forma de protegerse emocionalmente.
En muchos casos, permanecer en una situationship termina siendo la forma más común de autoengaño: sostener la falsa esperanza de que el otro va a cambiar permite postergar conversaciones incómodas, evitar poner límites y, sobre todo, evadir la dolorosa realidad de que ese vínculo jamás responderá a las propias necesidades afectivas.
Las señales de que ya no es algo ‘casual’
Cuando un vínculo se mantiene en el tiempo, es inevitable que las fronteras se desdibujen. Empiezan a compartir rutinas, confidencias y un espacio en la agenda que ya no se parece en nada a un simple “pasar el rato”. Sin embargo, en el universo de las situationships, que un vínculo deje de sentirse casual no siempre significa que se esté avanzando hacia la estabilidad, a veces solo significa que se está transformando en un limbo crónico.
Según Alejandra Horna, la clave para dejar de adivinar y entender dónde estás pisando radica en aprender a leer el contraste entre las señales de estancamiento y aquellas que realmente prometen una evolución.
Si sientes que el vínculo pesa, pero la decisión nunca llega, probablemente estés chocando contra estas alertas de una relación que no va a cambiar:
- Cada intento por tocar el tema de “¿qué somos?” es esquivado con maestría. La conversación se posterga indefinidamente bajo la premisa de que “están conociéndose”, una frase que puede repetirse durante meses enteros sin que nada cambie en la práctica.
- El contacto se vuelve intermitente y responde a un patrón de conveniencia. Los mensajes y encuentros ocurren casi siempre en horarios específicos y suelen estar condicionados exclusivamente a la intimidad física o sexual.
- Existe una desconexión profunda entre las palabras de afecto, las promesas o los planes a futuro y las acciones reales del día a día. Las dinámicas se viven “a medias” y las necesidades o incomodidades del otro suelen ser minimizadas bajo el pretexto de “no ser nada serio”.
- La persona es completamente excluida del entorno real del otro. No hay intenciones de integrarla a su círculo de amigos ni a su familia, manteniendo el vínculo en una burbuja aislada del resto de su vida.
- Te encuentras atrapado en la constante necesidad de descifrar qué lugar ocupas en su vida, justificando el hecho de que se involucre con terceros porque, técnicamente, nunca firmaron un acuerdo de exclusividad.
“Las relaciones sanas no se construyen solo con química, se construyen con claridad y responsabilidad emocional”, enfatizó Aída Arakaki. Por eso, el verdadero indicador de que lo casual está mutando hacia algo maduro y formal no es la intensidad de las citas, sino la presencia de certezas compartidas. Cuando una relación ambigua sí tiene el potencial de transformarse en algo estable, las señales cambian por completo de dirección:
- Existe la apertura y la madurez para sostener conversaciones difíciles sin huir. No se le teme a la vulnerabilidad ni al diálogo que define los acuerdos.
- El interés deja de ser intermitente para volverse predecible y seguro. Se busca compartir tiempo de calidad que va más allá del sexo y nace un deseo genuino por abrir las puertas de la vida real y el entorno social.
- Las promesas se traducen en hechos. El vínculo no se siente estancado en un bucle eterno, sino que muestra un crecimiento orgánico hacia el lugar que ambos han decidido construir.

¿Qué estamos buscando realmente cuando aceptamos una situationship?
Aceptar un vínculo sin etiquetas —según Horna— rara vez se trata de una auténtica fobia al compromiso. Al contrario de lo que dicta el cliché, cuando accedemos a estas dinámicas, lo que realmente perseguimos es una conexión emocional, validación y, por encima de todo, el deseo profundo de ser elegidos, incluso si eso significa ser elegidos a medias.
Sin embargo, el problema de aceptar esa clase de amor es que, cuando todo termina, el impacto suele ser devastador. De hecho, muchas personas descubren que superar una situationship es más difícil que sanar de una ruptura de un noviazgo formal. Tal y como señaló la doctora Albers, esto ocurre porque no solo se llora la pérdida de una realidad, sino el duelo de una expectativa: la ilusión de lo que imaginabas que la relación llegaría a convertirse.
“La falta de cierre claro puede prolongar el duelo emocional, sobre todo, cuando el entorno suele invalidar el sufrimiento con ligereza. Frases como “pero si ni siquiera eran nada”, actúan como un freno empático que llena a la persona de vergüenza e incomprensión. Eso puede hacer que reprima emociones o sienta que no tiene “derecho” a vivir un duelo, aunque el impacto emocional haya sido muy real”.
¿Cómo romper el ciclo de las situationship?
Para desarmar este limbo antes de que cause más estragos, la clave está en la comunicación asertiva. De acuerdo con Albers, la conversación del “¿qué somos?” debe plantearse en el instante exacto en que la ambigüedad empieza a transformarse en ansiedad o confusión. Para abordarlo con inteligencia emocional, el secreto es hablar desde las necesidades propias y nunca desde el reclamo o la acusación.
- Lo que sí se debe decir: Un enfoque saludable y directo sería: “Me gusta lo que estamos construyendo y necesito entender cómo ves esta relación y qué estás buscando”.
- Lo que se debe evitar: Las indirectas, las amenazas o asumir de antemano que la otra persona siente exactamente lo mismo sin haberlo puesto sobre la mesa.
Si la respuesta del otro confirma que el estancamiento es definitivo, el siguiente paso exige un pragmatismo absoluto. Para ello, la psicóloga Aída Arakaki sugirió empezar por una pregunta de honestidad brutal: ¿esta relación me da paz o me da ansiedad?
Si la balanza se inclina hacia la angustia, la única salida real es establecer una distancia radical: física, emocional y, sobre todo, digital. La mayoría de las recaídas en este bucle ocurren por el autosabotaje de seguir viendo sus historias en redes, responder mensajes casuales o dejar ventanas abiertas “por si acaso”. Cortar el cordón implica retomar los proyectos personales, refugiarse en actividades que devuelvan el foco a uno mismo y, si el patrón de elegir estos vínculos se repite, buscar un espacio terapéutico.
Por eso, para quienes buscan un amor sano, maduro y con proyección, los límites se deben marcar desde el día uno. Es importante tener la valentía de verbalizar lo que se quiere sin rodeos, aprender a leer más las acciones que las promesas y, en especial, negarse a habitar un espacio de confusión constante.
Aceptar una situationship bajo la promesa de que el otro cambiará con el tiempo es una trampa. Cuando alguien tiene el deseo genuino de construir algo serio, no te hace adivinar tu lugar en su vida; simplemente, lo demuestra.
Fuente: elcomercio.pe