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Donald Trump estaba tan impresionado con el aura del poder papal, que viajó a las exequias de Francisco el 26 de abril del 2025. A su regreso a Washington dijo en broma en una conferencia de prensa: “Me gustaría ser papa. Es mi opción número uno”. Días después difundió, en su red Truth Social, un meme de sí mismo vestido como papa. Si el presidente más empoderado del mundo reconocía de esa forma la autoridad moral del papado, ¿cómo no iba a querer nuestro precario presidente su foto con León XIV y, si es posible, colgarse de su sotana?
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Para José María Balcázar este viaje fue rizar un rizo de su vida. Tuvo una larga y modesta carrera de abogado y docente en Chiclayo, con un desagradable episodio de cuentas mal colocadas, que marcó su salida del decanato del colegio de abogados local hasta que -¡zas!- entró al Congreso por la ventana que inesperadamente abrió Pedro Castillo a los candidatos de Perú Libre en el 2021. En el 2025 casi se muere. Octogenario con salud de cuidado, pasó internado algunas semanas hasta que sus colegas lo vieron reaparecer, ellos sorprendidos y él muy restablecido, en Pasos Perdidos. La sorpresa de sus pares fue el preámbulo de una mayor: ganó la rifa presidencial que se improvisó cuando José Jerí cayó censurado.
La presidencia de Balcázar es bastante gris, casi neutral. Eso último se le agradece. Cuando quiso sentar posición antimperialista a la antigua, poniendo trabas a la compra de los F 16 estadounidenses, la tecnocracia cívico militar que lo rodea le recordó cuán precario era su poder. Tuvo que tragarse varios sapos. El roche lo ha compensado entreteniendo su vanidad en eventos inofensivos en los que deja de lado los discursos que le escriben para citar una ensalada griega con Aristóteles, Platón y queso feta, además de rendir homenaje a su autor de cabecera, Antonio Escohotado, un singular filósofo español cuya obra cimera es una historia universal de las drogas. Para ser benevolentes, podemos decir que nuestro presidente califica de excéntrico.
Un presidente invasivo que tome decisiones controvertidas, sería un peligro mayúsculo en esta transición. Un presidente neutro es lo que piden estos tiempos y lo que le permitió a José María conseguir el sí del Congreso para cumplir el viaje soñado: formalizar personalmente la invitación a León XIV para que venga al Perú en noviembre. Cumpliendo con el rigor informativo, hay que decir que es cierto que el papa ha hablado de venir en gira por algunos países de la región incluido el Perú, pero no hay fecha ni agenda ni duración ni locaciones confirmadas. La fecha mencionada por Balcázar -primera quincena de noviembre- y las listas de ciudades en las que estaría (Lima, Chiclayo, Piura, Cusco y Pucallpa) son lecturas abiertas de su extensa conversación en la que según el visitante, se tocó de todo, desde nuestras elecciones hasta la IA. Balcázar ha añadido a Prevost a sus autores de cabecera. “Gobernar es fácil”, dijo a la prensa que lo aguardó a la salida de la reunión y recordó el pasaje de la reciente encíclica “Magnifica Humanitas” en la que distingue la construcción de la Torre de Babel que devino en caos de comunicación imposible frente a la consensuada reconstrucción de Jerusalén.

Entiéndase que la venida al Perú tiene varias lecturas y hay una, frívola, que el papa Robert Prevost, ex obispo de Chiclayo, querrá evitar: que se distraiga visitando a sus amigos peruanos cuando hay tantos países que lo esperan con necesidades urgentes y brazos abiertos. El precedente de que Francisco no viajó a Argentina durante su papado de 12 años pesa en el recuerdo. Sin embargo, Benedicto XVI y Juan Pablo II sí viajaron más de una vez a Alemania y Polonia, sus países natales respectivamente. Un apunte sobre Francisco cuando era el cardenal Jorge Mario Bergoglio y arzobispo de Buenos Aires: estuvo en el centro del debate eclesial con el peronismo kirchnerista, a raíz de la legalización del matrimonio homosexual y otras tensiones. Era, inevitablemente, una figura cuya visita a Argentina hubiera reavivado pasiones encontradas. Prévost dejó el Perú discretamente y trabajó unos años en el Vaticano antes de ser León XIV. Se le espera unánimemente y sin ambages.
Imaginen la algarabía de José María cuando, apenas tomó el mando, calculó que la peruanidad adoptiva de Prévost justificaría su viaje. ¿Cómo el Congreso iba a negarle el permiso como se lo negó a Pedro Castillo en octubre del 2022 para visitar a Francisco? Esa vez se trataba de un presidente enemigo de la mayoría congresal visitando a un papa que muy probablemente le endosaría un trato de simpatía que les hubiera sacado roncha; esta vez se trata de un emisario neutral que ayudará a confirmar una visita que todos esperamos. Coyuntura, papa y presidente se han alineado para que el viaje escape al debate. Prévost, a diferencia de Francisco cuando posó con mala cara en una foto con Dina Boluarte, no podría hacerle lo mismo a un paisano de su querida diócesis chiclayana, que no tiene los muertos y escándalos de gestión que tenía Dina en su haber cuando visitó a su antecesor.
La frivolidad está reñida con la legitimidad del poder. La sola percepción de que un presidente pueda aprovechar el cargo para saciar su ansia de viajes en avión propio, alfombras rojas, puertas giratorias y bendiciones papales, es fatal. Dina, recuerden, cayó por su respuesta frívola a la crisis de inseguridad antes que por sus escándalos de corrupción. La estela de cirugías, regalos y viajes cuestionados pesó más que las imputaciones de corrupción de funcionarios. El Congreso le aprobaba casi todos los permisos porque, en parte, cada uno era negociado con la atención de pedidos personales o de bancada. Incluso pudo sacarse el clavo de la foto infausta de Francisco, cuando le permitieron ir a la entronización de León XIV el 18 de mayo del 2025.

Antes de Dina, la historia bilateral con el vaticano fue halagüeña para nuestros presidentes. Empecemos el siglo pasado con Manuel Prado Ugarteche. Su relación con el papado estuvo marcada por una gestión personal, frívola si quieren. Durante el papado de Pío XII consiguió la anulación canónica de su matrimonio con Enriqueta Garland para formalizar, ante la iglesia, su larga relación con Clorinda Málaga. El episodio arqueó las cejas del conservadurismo limeño al punto que el arzobispo de Lima, el futuro cardenal Juan Landázuri, no fue quien los casó, sino su obispo auxiliar, José Dammert.
El sucesor de Prado, Fernando Belaúnde, no fue un hombre especialmente devoto, pero fue a quien le tocó recibir la primera visita papal al Perú, la de Juan Pablo II, durante su segundo gobierno, en 1985. El primer papa viajero tuvo una relativamente larga e intensa gira por Lima, Arequipa, Cusco, Trujillo, Piura, Iquitos y Ayacucho en pleno apogeo de Sendero Luminoso. Tres años después, en 1988, recibido por el primer gobierno de Alan García, Juan Pablo II volvió a Lima por un día y medio, para clausurar un evento eclesial.
Volvamos una década atrás. La dictadura militar de Juan Velasco Alvarado, tras su golpe de Estado en 1968, enfrío las relaciones con la iglesia católica. Sin embargo, su sucesor Francisco Morales Bermúdez, que presidió una transición a la democracia bastante más larga de la que luego se jactó de haber emprendido, sí era un hombre muy católico e hizo algo crucial en pro de las relaciones con el Vaticano. La Constitución de 1979 había dejado un vacío legal respecto del tratamiento especial a la obra y a los bienes de la Iglesia. El 19 de julio de 1980, apenas 9 días antes de ceder el poder al segundo gobierno de Fernando Belaúnde, Morales Bermúdez firmó el concordato con el Vaticano, un tratado a nivel de Estado, que rige hasta hoy los permisos, exoneraciones y condiciones especiales para el clero en el Perú.
Fujimori tampoco era católico devoto. Es más, ganó la presidencia con el apoyo entusiasta de diversos grupos evangélicos, representados en su plancha presidencial por el pastor Carlos García y García. Durante su gestión, que abarcó toda la década del 90, buscó nivelar su relación con la religión mayoritaria del Perú. En junio de 1997 viajó al Vaticano al encuentro de Juan Pablo II. En abril había terminado la crisis de los rehenes del MRTA en la residencia del embajador japonés y ello le había granjeado cierta notoriedad internacional que quiso coronar con una foto con el papa. Lo acompañaron algunos rehenes y familiares de aquellos. Keiko, aunque era primera dama, no fue de la partida, según constatamos en el archivo de El Comercio.
Alejandro Toledo, viajero impenitente y frívolo contumaz, salió en diciembre del 2002 a una larga gira de una semana en el avión presidencial recalando en España, Bélgica y Rusia además de Roma. Digo Roma a secas, porque además de la visita a Juan Pablo II, hubo otra a la FAO, el ente de Naciones Unidas cuya sede está precisamente en Roma. Por cierto, luego de la ONU en Nueva York, la FAO es el ente multilateral más visitado por presidentes de Perú y de todo el mundo porque sirve para dar justificación técnica al fin político primordial de ‘conseguir la foto con el papa’. El pecador Alejandro así obtuvo la suya. Luego de él, Alan García, fue más cauto pues se informó que su visita a Benedicto XVI en noviembre del 2009, incluyo una exposición de propuestas para reforzar el camino de la paz mundial.
Ollanta Humala también fue a Roma en noviembre del 2014, acompañado de su esposa Nadine Heredia. Al revés que los otros presidentes, incluyendo a Balcázar y a Dina, que usaron la reunión con la FAO de coartada multilateral; el foco de atención viajera de la pareja Humala Heredia sí estaba en ese ente. Nadine ya había sido nombrada Embajadora Especial de la FAO para el Año Internacional de la Quinua el 2013 y tenía amistad con José Graziano da Silva, jefe de la FAO y ex ministro de Seguridad Alimentaria de Lula. Más adelante, en noviembre del 2016, fuimos sorprendidos cuando Graziano contrató a Heredia para un puesto en su oficina de Ginebra. El escándalo surgió porque ello se vio como una maniobra para sustraer a Nadine de la dura persecución judicial que padecía en el Perú.
Pedro Pablo Kuczynski sí tuvo un propósito netamente vaticano en su visita de septiembre del 2017. Lo acompañó su esposa Nancy Lange. En la reunión bilateral se formalizó la visita de Francisco al Perú que ocurrió entre el 18 al 21 de enero del 2018 a Lima, Trujillo y Puerto Maldonado. El sucesor accidental de PPK, Martín Vizcarra, no viajó al Vaticano. El presidente elegido en el 2021, Pedro Castillo, como ya vimos, no pudo ir a visitar a Francisco en octubre del 2022. Por entonces su relación con el Congreso había llegado a su deterioro máximo y los congresistas temían que regresara del Vaticano con una ‘foto espaldarazo’, lo que probablemente iba a conseguir. Dina Boluarte también se buscó un par de escalas de coartada en Berlín y Stuttgart y, para variar, visitó al jefe de la FAO, esta vez el chino Qu Dongyu.
José María, sin cortapisas ni coartadas, recibió el permiso congresal con la misión de formalizar -si prefieren, asegurar- la visita del papa. El canciller Carlos Pareja dijo que había una invitación formal del Vaticano dirigida, en su momento, a José Jerí. La censura a este obligó a pedir al Vaticano que reformule la invitación para Balcázar. Helo ahí, con su salud de cuidado (¿será esa la razón de reducir los traslados solo al Vaticano y a la FAO y cancelar la escala previa en París para la reunión con la OCDE?), posando para la foto y video cumbre de su gestión. Para la ocasión tenía que estar acompañado por otra chiclayana, su esposa Blanca Quiroz, su cuerpo de seguridad y cuatro ministros, el canciller Pareja, Aldo Prieto de Transportes, María Cuadros de Educación y Wilder Sifuentes de Vivienda. Al pequeño enjambre de micrófonos internacionales que lo esperó a la salida de la reunión les dijo que él ya no sería presidente cuando venga el papa pero que este lo había invitado a verlo in situ. Más vale la nostalgia anticipada de José María que los miedos penitenciarios de otros ex presidentes.
Fuente: elcomercio.pe