“Diccionario mundialista para girls”. “¿Qué es el fuera de juego explicado con maquillaje?”. “Comentarios de fútbol para chicas”. En los últimos meses y en esta época mundialista, sobre todo, hay una tendencia digital que viene creciendo y alimentándose con las redes sociales: la forma de hacer contenido deportivo dirigido a “las chicas”. La premisa parece inocente: acercar el deporte a nuevas audiencias femeninas. Sin embargo, detrás de ese formato hay una idea más preocupante: asumir que las mujeres necesitamos un idioma distinto para entender un deporte.
Cómo aprender sobre los deportes desde un ángulo chismográfico o mediante la vida personal de los jugadores; usar referencias sobre los competidores por sus escándalos, y una infinidad de ejemplos de publicaciones en las que se invita a las mujeres a tratar de entender cómo funcionan los deportes, sin entender realmente cómo funcionan los deportes. Donde explicar el concepto de “falta” es traducido a “combinar un jean marrón con una blusa fucsia”, y así varias atrocidades (que, además, no se entienden o poco tienen que ver con la información real).
Es comprensible que este tipo de contenido tenga éxito. Los algoritmos premian los formatos simples, visuales y fáciles de compartir, y una explicación envuelta en referencias de cultura pop suele generar más interacción que una sobre sistemas tácticos o estadísticas. El problema surge cuando esa estrategia deja de ser una puerta de entrada y se convierte en la única manera en que se decide hablarles a las mujeres sobre deporte.
La narrativa de que las mujeres necesitan traducciones especiales trasladadas al ámbito de la moda o el maquillaje para entender y disfrutar los deportes tiene que romperse. Y el discurso de que interesarse por las estadísticas, los datos o el mero contenido de cada disciplina está reservado solo para una mirada masculina es bastante arcaico. Las mujeres –respondiendo a declaraciones muy sonadas en el mundo del tenis esta semana– no “llevamos la cultura deportiva moderna” por obsesionarnos con una nueva serie de moda cuyos protagonistas son atletas, o por los atuendos de lujo que podamos vestir. La razón por la que hayamos logrado enganchar más audiencias femeninas no es porque hayamos “cambiado la estrategia pasando de un ‘male-centric marketing’ a un contenido de ‘lifestyle’”. No funciona así, y a pesar de que son elementos igualmente válidos e importantes en la construcción de esa cultura deportiva, no es el fondo del asunto.
Las mujeres han estado involucradas en los deportes desde siempre en diferentes ámbitos importantes y necesarios, el problema es que hace algunos años se las relegaba a cargos de menor poder o no se les daba crédito por sus carreras deportivas. Es cierto que, históricamente, el prejuicio dictaba –y quizás, con mucha pena, será algo imposible de eliminar del todo– que los hombres dominaban los campos deportivos: partiendo desde los salarios a los y las atletas, el interés siempre mayor por las ligas masculinas, o la predominancia en número de periodistas deportivos hombres; y eso nos lleva a pensar: ¿por qué, entonces, seguiríamos alimentando esta mentalidad en vez de empoderarnos a participar como cualquier fanático lo haría?
Según un estudio de Nielsen, una agencia dedicada a analizar estadísticas deportivas en los Estados Unidos, las brechas de participación femenina desde el público en los deportes siguen acortándose. Así, hoy el 46% de las mujeres declara estar interesada en el fútbol, frente al 40,5% en el 2023. Nielsen también encontró que las mujeres representan ya el 47% de la afición de los deportes femeninos y el 42% de la de los deportes masculinos, porcentajes superiores a los registrados en el 2022.
Hoy, con el gran avance que hemos hecho en el rubro generando más audiencias femeninas, con más profesionales interesadas en trabajar como comunicadoras, más marcas apostando por apoyar a deportistas mujeres y en todo lo que esto implica, esta tendencia del contenido orientado “para las chicas” es peligrosa. Porque vuelve a ponernos en una casilla donde siendo mujeres tenemos que digerir el idioma deportivo de una forma distinta para poder comprenderlo. Donde el marketing actual busca vender una experiencia deportiva partiendo solo de una apariencia o algo estético, en vez del goce colectivo que significa ver un deporte.
Y, ojo, esto no significa en lo absoluto que las puertas al fanatismo deportivo se les cierren a las mujeres que prefieran abordarlo desde otro ángulo como la moda o la cultura pop; considero, más bien, que siempre es positivo que nos involucremos –en la medida de que lo disfrutemos– desde la manera más cómoda posible porque finalmente así se genera el vínculo. El problema, precisamente, pasa por cómo estamos generando esos acercamientos desde afuera: en vez de generar contenido de fácil comprensión para atraer cualquier público nuevo que muestre interés, se ridiculiza y se subestima en cierta forma a la comprensión del público femenino, lo cual solo refuerza la idea de que, nuevamente, son campos de dominancia masculina y no hay espacio para tecnicismos o conversaciones reales sobre el deporte.
Otro apunte importante es reconocer que, además, la forma de hacer activismo deportivo no debe arrancar en ver a estos eventos como una mera pasarela. Y no me malentiendan, considero que la moda siempre será una maravillosa forma de expresión y un partido o torneo puede ser una ocasión muy especial también –yo lo vivo personalmente cada vez que tengo la oportunidad de cubrir algún torneo de tenis–, pero no debe ser la motivación inicial. Un buen punto de partida, en cambio, sería darle más visibilidad a las competidoras mujeres, si lo que se busca es realmente involucrar a estas audiencias. ¡Casi todos los deportes tienen ligas femeninas! Nielsen encontró, también, que en los últimos años el tiempo dedicado a consumir deportes femeninos aumentó un 71% entre el 2022 y el 2025. Solo en Estados Unidos se consumieron 46.000 millones de minutos de deportes femeninos en el 2025, y el porcentaje de personas que dicen no tener interés en el deporte femenino cayó del 33,4% al 27,2% entre el 2023 y el 2026.
El rubro del periodismo deportivo es bastante retador. Siendo mujer, aún más. Y aunque cada vez hay más mujeres interesadas en esta profesión, todavía representamos apenas el 17% de quienes cubren deportes en los medios a nivel mundial, según data del Global Media Monitoring Project (2025). En ese contexto, resulta contradictorio que tratemos de desvirtuar esta carrera mediante explicaciones vacías e inútiles.
Desde mi rol siempre he buscado comunicar sobre el deporte de mi especialidad (tenis), de una forma que resulte accesible para todo quien quiera consumirlo. Sin distinción. Porque la idea, y, repito, desde la zona que prefieras, es atraer más audiencias, siempre y cuando el interés sea genuino y el apoyo sostenido. Porque los deportes son fenómenos que van más allá de una competencia: son una experiencia colectiva que generan unidad, emoción, expectativas, nos regalan ídolos y memorias. Deberían ser siempre espacios sanos y seguros, abiertos a todo quien quiera sumarse.
Pero que en pleno 2026 sigamos lidiando con estereotipos que pretenden minimizar nuestras capacidades para adaptarnos al entorno deportivo es agotador. Las mujeres no necesitamos un lenguaje ‘masticado’ para enganchar con la terminología deportiva. Tampoco que nos pongan un labial o un perfume por delante para sentirnos atraídas a un deporte. Las intenciones detrás de estos mensajes pueden no ser malas, pero si no queremos retroceder, la narrativa tiene que ser cambiada.
Fuente: elcomercio.pe