Desde hace 20 años, el Perú electoral se divide política y territorialmente. Esta prolongada polarización se manifiesta hoy entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez; en el 2021, entre Keiko Fujimori y Pedro Castillo; en el 2011, entre la misma Keiko Fujimori y Ollanta Humala. Es posible remontarse, con una lógica similar, hasta el 2006: Ollanta Humala y Alan García.
Dos interpretaciones surgen frente a esta característica: una evalúa que la polarización permite el ingreso de nuevas demandas a la agenda política y, como consecuencia, la visualización de nuevos actores sociales; y otra que considera preferible promover un difícil consenso que permita la primacía de acuerdos para tomar iniciativas viables.
La polarización tiene la particularidad de que importantes sectores populares simpatizan tanto con uno como con otro candidato. En paralelo, hay una consistente distribución territorial del voto: las derechas ganan sobre todo en Lima y la costa norte; las izquierdas, en la sierra rural, en el centro y en el sur. El oriente está compartido.
¿Qué ejes generan la polarización casi endémica? El respeto por la democracia es un criterio divisor. Hoy, para los votantes de Juntos por el Perú, la línea roja es la reivindicación que hace Keiko Fujimori del gobierno de su padre y su comportamiento en el Congreso, que reflejan su invariable conducta autoritaria. Para Fuerza Popular, el intento de golpe de Pedro Castillo y la anuencia ante este acto expresan la impronta antidemocrática de su oponente.
El manejo de la economía es otro eje vital. Hay coincidencia en cuanto a mantener una inflación baja y hacer crecer la economía; las diferencias estriban en las prioridades del gasto y el papel regulador del Estado. Un aspecto clave es la percepción que cada candidato genera en torno a los mecanismos necesarios para la reducción de la pobreza (por ejemplo: ¿el aumento del sueldo mínimo es algo positivo o negativo?).
En las cinco regiones con más quechuahablantes –Apurímac (69,69%), Huancavelica (64,29%), Ayacucho (62,47%), Cusco (54,32%) y Puno (42,27%) (INEI)– hay, además, una identidad compartida –también entre aimaras– que busca reconocimiento, y cuya exigencia de derechos también genera controversia.
En todo caso, al margen de si las posiciones de las candidaturas son genuinas o actuadas, a la ciudadanía le toca sostener –y presionar por– una agenda compartida: un Estado más presente en las regiones con graves carencias –agua potable, salud, educación–; una lucha nacional contra el racismo y la pobreza; y el respeto irrestricto de la independencia de poderes.
Fuente: elcomercio.pe