La historia de la humanidad registra que los primeros ejércitos organizados surgieron en Mesopotamia y Egipto hace 4500 años (2500 a. C.), mientras que las marinas de guerra, con los cretenses y egipcios, tienen una antigüedad de 3500 años (1500 a. C.). El primer vuelo del hombre en una aeronave más pesada que el aire se realizó el 17 de diciembre de 1903, en Carolina del Norte. Ocho años más tarde, en 1911, el avión como arma ya estaba presente en la guerra ítalo-turca; en 1914 participaba en la Primera Guerra Mundial y, 66 años después del primer vuelo, el 16 de julio de 1969, el Apolo 11 llevaba al primer hombre a la Luna.
La conclusión que surge del párrafo anterior es que la tecnología aeronáutica evoluciona de forma vertiginosa. En consecuencia, los Estados deben avanzar al mismo ritmo de esta velocidad tecnológica, que aporta múltiples beneficios para la planificación estratégica de un país y que está inmersa en todos los campos del Poder Nacional: político, económico, social, militar y científico-tecnológico. Es en estos ámbitos donde se ponen en práctica las capacidades nacionales, sostenidas por los activos críticos nacionales, para satisfacer las necesidades vitales y alcanzar los objetivos nacionales, garantizando la seguridad y promoviendo el desarrollo. Así funciona el mundo.
El poder aéreo ha crecido tanto que ha desbordado su propio ámbito y se ha extendido al espacial. La conquista del espacio se inició previamente con la conquista de los cielos. En este contexto, son precisamente los satélites —que todo lo ven, desde órbitas bajas, medias, geoestacionarias, polares o elípticas— los que permiten observar aquello que desde la superficie terrestre, o incluso desde el “Cielo de Quiñones”, no podemos apreciar respecto de nuestro territorio.
En este mundo integrado y globalizado, multidominio y caótico debido a las amenazas híbridas que enfrentamos en la región, los satélites cumplen diversas finalidades. Existen satélites de comunicaciones, ópticos, radáricos, meteorológicos, de navegación (GPS), científicos y militares. Cada uno de ellos aporta de manera significativa a los diferentes campos del Poder Nacional.
Un satélite de comunicaciones permite la transmisión de voz en el rincón más apartado del país, lo que resulta fundamental para la transmisión de órdenes durante la gestión de crisis, desde el nivel político-estratégico hasta el nivel táctico. Estas capacidades se complementan con sistemas C4ISR (comando, control, comunicaciones, computadoras, inteligencia, vigilancia y reconocimiento), operaciones multidominio, capacidades de protección frente a ciberataques y plataformas modernas como los recientemente adquiridos F-16 Block 70, así como puestos de comando en tierra y aeronaves de comando y control, todo ello conectado mediante enlaces de datos para disponer de información en tiempo real. Estos satélites pueden marcar la diferencia entre el éxito y el fracaso de las operaciones y acciones militares. En este aspecto, no solo hablamos de guerra convencional, sino también de los otros roles de apoyo que cumplen nuestras Fuerzas Armadas.
Los satélites ópticos permiten la observación de nuestro territorio desde el espacio y facilitan la captura de imágenes con nitidez submétrica, lo cual resulta extremadamente necesario para la toma de decisiones por parte de nuestras autoridades en escenarios como desastres naturales asociados al Fenómeno El Niño —carreteras averiadas, pueblos aislados o cultivos inundados—, sismos de gran intensidad, tsunamis, oleajes anómalos e incendios forestales. Esta capacidad favorece una toma de decisiones más acertada, el ahorro de recursos económicos y, lo más importante, la protección de vidas humanas.
Por su parte, los satélites radáricos emplean la tecnología SAR (Radar de Apertura Sintética). Desde el espacio emiten ondas de radio que rebotan sobre nuestro territorio y permiten construir imágenes muy detalladas de la superficie, independientemente de las condiciones meteorológicas o de iluminación. Esto representa una gran ventaja para identificar fenómenos como la deforestación, accidentes geográficos o infraestructura crítica.
Estas capacidades satelitales son empleadas también en la neutralización de amenazas como la minería ilegal, el tráfico ilícito de drogas, la tala ilegal, la contaminación de ríos y otras afectaciones al medio ambiente, además de contribuir a la defensa nacional y al incremento de la percepción de seguridad por parte de la población. Todo ello forma parte de un uso dual de los medios del Estado y una manera decidida de cerrar las brechas existentes.
En palabras del Comandante Espacial y Ciberespacial de nuestra Fuerza Aérea del Perú, la sociedad en general debe poner la mirada en este dominio para formar parte del ecosistema espacial, sumando esfuerzos desde la academia, la industria, la investigación científica y la Seguridad y Defensa Nacional. Con esa visión prospectiva, la Fuerza Aérea del Perú actualizó su organización en 2023, creando el Comando Espacial y Ciberespacial para asumir los nuevos retos que impone el sistema mundial.
Finalmente, en el Centro de Estudios Geopolíticos de Seguridad Nacional (CEGESEN) consideramos que existe una necesidad urgente de que nuestro país cuente, en el más breve plazo, con todas estas capacidades para fortalecer la Seguridad Nacional. Más aún si, gracias a nuestro socio estratégico, los Estados Unidos de Norteamérica, el Perú contará con un puerto espacial en nuestro territorio y está próximo a recibir la donación de telescopios de gran potencia. Estas capacidades se suman a nuestro Poder Nacional y posicionan al Perú en la región como un país emergente en el ámbito espacial, comprometido con el cierre de brechas en todos los campos del Poder Nacional.
Fuente: elcomercio.pe