Por qué este mundial catapultó el valor del fútbol a otro nivel

Hay torneos que se recuerdan por un gol, una final, un jugador. El Mundial 2026 se va a recordar por algo más grande: el momento en que el fútbol dejó de ser el deporte más popular del mundo para convertirse, de forma definitiva, en su mayor plataforma de negocio. Y eso no ocurrió por casualidad — ocurrió porque todo en este torneo fue diseñado para que así fuera.

El punto de partida fue la expansión. Por primera vez en la historia, el torneo pasó de 32 a 48 equipos, con un total de 104 partidos disputados en 16 ciudades de Estados Unidos, México y Canadá — incluyendo Ciudad de México, Guadalajara, Monterrey, Los Ángeles, Miami y Nueva York. Esa decisión fue cuestionada por los puristas. Lo que nadie anticipó con claridad es que también significa más semanas de contenido, más mercados involucrados emocionalmente, y una maquinaria comercial que prácticamente se duplicó en escala. El resultado: el ciclo comercial 2023–2026 de FIFA alcanzará los 13,000 millones de dólares — un incremento del 73% respecto al ciclo anterior — mientras que el valor de marca del Mundial llegó a 5,200 millones de dólares en 2026 según Brand Finance, un crecimiento del 244% desde los 1,500 millones registrados en Sudáfrica 2010.

Pero ninguno de esos números explica por sí solo lo que ocurrió en Estados Unidos.

El partido entre Estados Unidos y Bélgica en los octavos de final registró 30 millones de espectadores en Fox — la transmisión de fútbol más vista en la historia de Estados Unidos. Sumando Fox y Telemundo, ese partido alcanzó 42 millones de americanos simultáneamente. Para ponerlo en perspectiva: partidos de rondas mata-mata en este Mundial compitieron de igual a igual con los eventos deportivos más vistos de la cultura norteamericana. Ni siquiera estamos comparando las finales. Esas cifras no son solo un récord deportivo — son el argumento central de la próxima negociación de derechos televisivos. Los broadcasters que pagaron más de 4,000 millones de dólares por los derechos de este torneo ya tienen evidencia de que el fútbol en Norteamérica es un mercado probado, no emergente.

El torneo también introdujo cambios que encendieron el debate sobre la identidad del juego. Por primera vez en la historia del Mundial, FIFA implementó pausas de hidratación obligatorias de tres minutos en cada tiempo — independientemente de la temperatura o las condiciones climáticas del estadio. Varios técnicos señalaron que las pausas estaban fragmentando el ritmo del partido, convirtiendo los 90 minutos en algo que se parece más a cuatro cuartos que a dos tiempos. Los fanáticos en varios estadios abuchearon las interrupciones. Los cínicos las vieron como una ventana publicitaria encubierta. Los pragmáticos las aceptaron como el precio de jugar en verano norteamericano. Nadie quedó indiferente.

Y luego está el show del entretiempo de la final. Madonna, BTS, Justin Bieber, Shakira con Burna Boy y Gustavo Dudamel protagonizaron el primer espectáculo musical en la historia de una final del Mundial, en una producción curada por Chris Martin de Coldplay que incluyó a The Muppets, un coro de niños de Staten Island y a los brasileños Ronaldo y Ronaldinho escoltando a Madonna desde el túnel. El descanso duró 27 minutos en total. Las reacciones fueron ampliamente positivas: medios de todo el mundo elogiaron su ambición, su representación global — con artistas de seis continentes en el mismo escenario — y el mensaje de unidad con el que cerró, con el campo formando la palabra “Love” mientras artistas y niños cantaban juntos. Lo que antes era una pausa obligatoria se convirtió en un evento dentro del evento. El fútbol acababa de demostrar que puede construir un espectáculo cultural de escala comparable al Super Bowl.

Todo esto en conjunto forma un patrón muy claro para quien lo analiza desde la industria: el Mundial 2026 no fue solo un torneo deportivo. Fue el lanzamiento consciente de un nuevo producto. Un producto diseñado para audiencias masivas en el mercado más poderoso del mundo, con más partidos, más pausas comerciales, más entretenimiento periférico y más dinero fluyendo en todas las direcciones.

El campeón recibirá 50 millones de dólares en premios, mientras que el pool total de 871 millones — un 65% más que en Qatar 2022 — se distribuirá entre las 48 federaciones participantes. Cada selección tiene garantizados al menos 12.5 millones de dólares solo por clasificar, sin importar sus resultados en cancha. Ese dinero no se queda en FIFA. Baja a federaciones, a programas de desarrollo, a infraestructura deportiva en países que históricamente no han tenido acceso a esos recursos. El argumento de que la comercialización del fútbol va en contra del deporte tiene aquí su contrapeso más concreto.

Lo que queda abierto — y es la pregunta que el fútbol tendrá que responder en los próximos años — es si todo esto fortalece o diluye la esencia del juego. ¿El fútbol con pausas obligatorias, medio tiempo de 27 minutos y 104 partidos sigue siendo el mismo deporte que enamoró a miles de millones de personas en todo el mundo? ¿O estamos ante la evolución inevitable de un producto que necesitaba adaptarse al mercado más grande del planeta para seguir creciendo?

La respuesta, probablemente, depende de dónde estás parado. Si eres hincha de toda la vida, algo se perdió. Si eres un niño en Chincha, Bogotá o Manila que por primera vez va a recibir una cancha de fútbol financiada con los fondos del torneo, algo se ganó.

El fútbol siempre ha tenido esa tensión. Lo nuevo es que nunca antes había movido tanto dinero mientras la tenía.

Fuente: elcomercio.pe

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