- Perú Mucho Gusto Tacna: la ruta con los platos imperdibles de la feria gastronómica
- Los árboles más antiguos de Lima: conoce a nuestros ‘vecinos’ centenarios que embellecen y dan sombra en la ciudad
- Chef español Joan Roca: “Hasta el taxista que me llevó del aeropuerto me habló de lo bien que se come en el Perú”
Como buena novelera, el título de su primer libro está inspirado en una telenovela ochentera. Pero no cualquiera, sino una que marcó generaciones: “El derecho de nacer”. Después del colegio, en lugar de hacer sus tareas, la actriz y conductora de televisión Rebeca Escribens (Lima, 1977) veía novelas a escondidas de su mamá y papá porque no le dejaban prender la televisión. Como una epifanía, el nombre apareció en su mente como “El derecho de renacer” (Academia Antártica, 2026). El “re” de adelante es por su nombre. Y el renacer es por reencontrarse consigo misma, por mirar en su interior reflexionando sobre sus pérdidas, sus batallas más personales, sus duelos. Y por recordarse a sus 49 años que una vez fue una niña que escribía todo el tiempo, que quería ser vedette y tenía todas las ganas de comerse el mundo.
MIRA TAMBIÉN: Manuel Limay, el fotógrafo cajamarquino que encontró en las papas la superficie para mostrar los rostros de su entorno
-¿Cómo te sientes con tu primer libro?
Volviendo a nacer, sacando lo que tenía guardado, expresándome, esa es la verdad. Muchas personas no saben que de niña escribía muchísimo lo que sentía en ese momento: poemas, canciones, me inventaba las melodías que luego las acompañaban. Decidí recopilar algunas de esas anécdotas, historias, relatos de mi vida y ponerlas en un formato de libro, pero de una manera muy lúdica, poco convencional, por eso es que tiene muchos dibujitos acompañando las fotos precisamente de los momentos en los que cuento esas anécdotas.

-Regresas al pasado, recuerdas a tus padres, a las abuelas. ¿Por qué sentiste que debías reflexionar sobre tus antepasados?
Para poder construir una historia propia. Considero que mientras uno no haga las paces con su pasado, no puede construir un futuro. Y ojo que soy una persona absolutamente resiliente y muy positiva. Sin embargo, siempre hay cosas que calan en el corazón y al observarlas me generan mucha melancolía. Yo perdí a mi madre a los 22 años, luego a mi padre, y con su muerte pude corroborar el dolor y, sobre todo, el sentimiento de orfandad que no tiene edad. A mis 49 años siento la orfandad de voltear y no encontrar dónde acurrucarme, dónde pedir un consejo, dónde sentirme segura. Pero mirar atrás también implica detenerte en ciertos lugares donde no fuiste feliz o donde algo pasó en ti que hace que te comportes de cierta manera cuando eres grande. Y eso es lo que quise revisar y plasmar en el libro.
-¿Cómo estás manejando ese vacío? Tu hijo mayor ya no está en casa y el segundo pronto tampoco estará.
Siento esa sensación del estómago vacío cuando caes en caída libre. La relación con los papás es particular. El sentimiento que genera el duelo es muy personal, pero hay una soledad profunda. En mi caso, cargué mucho tiempo con la rabia y la cólera de que mis hijos no tuvieran abuelos. Me causa mucha nostalgia venir de Navidades con mesas grandes, con mucha bulla, y tener que buscar hoy irme de mi casa porque no puedo pasar la Navidad ahí. Y con mis hijos empiezo a vivir el “nido vacío”. No con melancolía, sino con gratitud, porque la verdad ya necesitaba un ratito para mí [risas]. En realidad, con una pena infinita. Pero ahora tengo tiempo para mí. He sido mamá muy joven, hace 32 años, y estoy comenzando a vivir una adolescencia que postergué por ser mamá, y ese es otro duelo.

-¿Has logrado sanar de alguna manera al escribir este libro?
Todos tenemos problemas existenciales, no sé si nos alcance la vida para curarnos. Lo que sí es cierto es que nos toca la tarea de revisar nuestro pasado para construir un presente y pensar en un futuro. Pareciera que escribo con cierta nostalgia que se disfraza de depresión. Reemplazaría esa palabra por reflexión. En este momento de mi vida, estoy pasando por un momento muy reflexivo, de recordar a mis papás. Por eso, en el libro dejo renglones en blanco para que la gente pueda escribir y reflexionar. Eso nos acerca a la realidad, nos hace empatizar, pensar antes de hablar, respirar, y eso es algo con lo que no contaba antes porque siempre he sido una mujer impulsiva. Por primera vez en mi vida, me estoy dando una pausa para revisar qué he construido a lo largo de estos 49 años y qué quiero para mis próximos 55, porque voy a pasar los 100 de todas maneras. Amo vivir.

-¿Por qué amas tanto la vida? ¿Qué te motiva?
Me encanta. Hay algo que corre por mis venas: es esa adrenalina de querer hacer cosas nuevas. El año pasado me tuve que retirar de “Mujeres de la PM” y “Planchando el despecho” porque necesitaba a gritos un tiempo para mí, para hacer nada. Porque en esa nada, cuando era pequeña, encontraba un mundo de creatividad. Escribía, bailaba, hacía mis shows. Necesitaba llegar a mi casa y decir: “A ver, qué me invento”. Hay tres momentos de epifanía en mi vida: cuando manejo, cuando limpio y cuando voy al baño. Participar en “Planchando el despecho” me recordó que de niña quería ser una vedette en el escenario. No sé si hubiera podido hacerlo con mi papá vivo. Si me viera este 26 de setiembre [en el unipersonal “No soy una señora”], me mata. No, en realidad, me aplaude. De eso también hablo en el libro.
-La figura paterna ha sido bastante importante en tu vida. ¿Sientes que, ahora que no está, puedes ser tú misma?
Siempre hice y deshice mi vida, y eso es algo por lo que peleaba con mamá y papá. Siempre actué con libertad absoluta y por eso tenía ciertos encontrones con ellos. Mi padre fue un hombre muy observador y crítico. Entonces, a pesar de tener un padre hiperconservador y una madre sumisa, pude hacer de mi vida lo que yo quería. Él nunca quiso que me dedicara al mundo artístico. En el fondo, después de estas revisiones, digo: “Nunca me llevé bien con mi papá”. Construí una relación con él cuando ya fui adulta, cuando decidí dejarlo de ver como papá y lo empecé a ver como un simple ser humano que hizo lo que pudo. A partir de ahí, mi relación con él mejoró increíblemente.

-¿Buscabas su aprobación?
Creo que siempre la busqué. Me di cuenta de ello cuando mi trabajo en la televisión fue constante y salíamos a la calle y las personas me paraban para pedirme fotos y decirme cosas bonitas. Veía la cara de mi papá y sus ojos se iluminaban. Agradezco a la gente porque creo que me ayudó a que mi papá me aceptara, eso fue clave. Ojo, a estas alturas de mi vida lo que menos busco es aceptación, pero lo agradezco… lo que ven es lo que hay. No espero que la cámara se prenda para poner una sonrisa si no me provoca. No todo tiene que ser perfecto.
-Es interesante tener esa madurez o fortaleza de mirarte a ti misma y enfrentar esos dolores. Lo que hacemos normalmente es no pensar en eso.
Echarle tierrita. Me duele el pecho de tanto llorar porque no tuve la oportunidad de hacerlo con la muerte de mamá. Tenía a mi hijo mayor chiquito, de 6 añitos, no me podía dar el lujo de echar una lágrima siquiera. Como tren de la sierra, de frente, de frente. O sea, había que seguir chambeando y no pude llorarla. La lloré recién cuando nació mi segundo hijo, en 2009. Me fui a la miércoles, jueves y viernes. Me vino una depresión muy fuerte porque en las noches cuando le daba de lactar buscaba a mi mamá. Decía: “¿Quién va a cuidar a mi hijo cuando yo me vaya?”.

-Ahora en casa te espera Leo, tu perrito, que tiene sus propias páginas en el libro.
Si Leo no hubiera estado en mi vida, no sé qué hubiera pasado. Por ese perrito es que yo me levantaba de la cama. Hay momentos en que uno no tiene la fuerza, pero tenía que sacarlo a pasear. Si yo no comía, él no comía. Si no me paraba ocho horas, él no se paraba ni para tomar agua. Mis hijos me preguntan, si tuviera que escoger entre ellos y Leo, a quién elegiría. “A Leo, por supuesto”, les digo. Se matan de la risa.
Y como toda mamá perruna, Rebeca saca el celular y nos enseña el retrato del bello Leíto.
Fuente: elcomercio.pe