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¿Qué puede distraer a Plácido Domingo en plena rutina de un ensayo? La respuesta llegó en Lima cuando recibió la partitura de “Atahualpa”, una ópera que también había sido presentada como posible título inaugural del Gran Teatro Nacional. Al terminar de leerla, Domingo sentenció: “Hay que hacerla”. Y aunque el proyecto no pudo llevarse a cabo, aquella obra de Carlo Enrico Pasta vuelve ahora a escena en el Teatro Municipal de Lima el 3, 5 y 8 de julio.
Aquí no hay spoiler, solo historia. La ópera de Carlo Enrico Pasta reconstruye los últimos días de Atahualpa en Cajamarca desde el lenguaje de la gran ópera romántica, pero lo hace con una estructura muy precisa: cuatro actos divididos en cuadros, donde cada bloque dramático organiza un momento clave del conflicto entre incas y españoles. El primer acto se sitúa en el campamento de los conquistadores, el segundo introduce el encuentro entre mundos, el tercero concentra la tensión política y militar en Cajamarca, y el cuarto deriva en la resolución trágica con la muerte de Atahualpa y el cierre coral donde reaparece el motivo del Himno Nacional del Perú.

“Y si se pregunta por qué se hará tan larga como la original, hay que entender que la alternativa de la época no era ir a ver Netflix en casa, sino ir a casa a prender una vela”, enfatiza el director escénico Alejandro Chacón. “Hay que entender a la ópera por lo que es: el padre del cine”, agrega.
La puesta en escena actual busca recuperar esa dualidad. No solo se trata de una reposición musical, sino de una reconstrucción teatral completa con vestuario, escenografía y dirección escénica contemporánea. El resultado es una obra que vuelve a ser espectáculo total, donde historia y música se articulan en tiempo real sobre el escenario. “Un gesto que debe entenderse desde el romanticismo que trae la ópera, porque al tener más de un siglo, no todos los hechos son compatibles con las investigaciones actuales”, remarca Chacón.

El italiano más peruano
La historia de “Atahualpa” comienza con la llegada de Carlo Enrico Pasta al Perú hacia mediados del siglo XIX. Músico italiano formado en la tradición operística de su país, se instala en Lima y entra en contacto con un entorno cultural activo, donde conviven intelectuales, científicos e italianos radicados en el país. En ese contexto comienza a gestarse su interés por una ópera de temática andina.
El proyecto toma forma cuando Pasta encarga el libreto a Antonio Ghislanzoni, el mismo autor de “Aida” de Verdi. La elección no es casual: se trataba de construir una gran ópera histórica con estructura monumental y personajes reales, aunque alguno ficticio por el bien de la trama. El resultado es una obra que toma como base el conflicto entre el Imperio inca y la conquista española, pero filtrado por la sensibilidad de una puesta en escena romántica.

La partitura original fue dedicada a Dionisio Derteano, empresario y político peruano que asumió durante la Guerra del Pacífico el mando de la VII División, formada por trabajadores del rubro de la prensa (desde redactores hasta tipógrafos), y luchó en la batalla de Miraflores. “Fue una suerte de mecenas que ayudó a la creación de esta obra; sin ello, difícilmente hubiera podido concretarse”, menciona Miguel Molinari, director de los Teatros Municipales.
Así fue avanzando el proyecto: Pasta incorpora elementos andinos dentro de un lenguaje operístico italiano plenamente consolidado. Yaravíes, bailes, cachúas y giros melódicos inspirados en la música del Perú se integran en una estructura que sigue el modelo de la gran ópera del siglo XIX. Según Molinari, se trata de una obra “auténticamente italo-peruana”, donde ambas tradiciones se cruzan y dialogan dentro de un mismo tejido sonoro.
A pesar de la resonancia de “Atahualpa”, Pasta está íntimamente vinculado a la creación de ópera en el Perú, siendo el creador de “La Fronda« (1871), la primera ópera que se compuso en nuestro país, y de la zarzuela “¡Pobre indio!« (1868), anticipándose varios años a José María Valle Riestra, autor de la ópera “Ollanta«. “Hay que dejar de pensar que la ópera es una expresión ajena al Perú; nosotros también tenemos lo nuestro, solo hay que redescubrirlo”, afirma Molinari.
Incluso su estructura dramática recuerda al modelo de Aida. Alejandro Chacón lo define sin rodeos: “Es una especie de Aida a la peruana”. Esa comparación no solo responde al libreto de Ghislanzoni, sino también a la construcción de personajes históricos y al uso de grandes escenas corales que articulan el relato, así como al imponente inicio que evoca al Inti Raymi.
Tantas veces Atahualpa
La trayectoria escénica de “Atahualpa” en el Perú forma parte de un capítulo singular dentro del teatro lírico del siglo XIX. Estrenada originalmente el 23 de noviembre de 1875 en el Teatro Paganini de Génova, la obra llegó a Lima apenas dos años después, cuando la Compañía Italiana de Ópera la presentó en el Teatro Principal —hoy Teatro Segura— el 11 de enero de 1877. Aquella noche marcó su ingreso formal al repertorio peruano, en una ciudad donde el público colmó el aforo atraído por el prestigio del compositor y por un argumento que dialogaba directamente con la historia nacional.
El impacto de esa primera temporada fue inmediato. El estreno limeño reunió a figuras centrales de la lírica de la época: Blanca Montesini como Cora, Giovani Carbone como Atahualpa, Gaetano Ortisi como Soto, Catalini Cuyas como Francisco Pizarro y José Magner como el padre Valverde, bajo la dirección de Francisco Rosa. El resultado fue celebrado con entusiasmo: Pasta fue llamado varias veces a escena y recibió una corona de laurel, además de un cheque de dos mil soles, obsequio de Dionisio Derteano. El éxito se extendió a siete funciones posteriores, incluso en plena temporada de verano, cuando la vida social limeña se encontraba en movimiento constante.

La prensa de la época dejó constancia del fenómeno. El Comercio destacó la asistencia masiva incluso en días marcados por acontecimientos sociales paralelos, mientras que El Nacional señaló que “el crítico más severo tendría mil y un elogios a esa excelente obra con que Pasta se ha conquistado un puesto al lado de tantos otros grandes compositores”. En esa misma línea, se recogió también la opinión de José Bernardo Alcedo, autor del Himno Nacional del Perú, quien habría considerado que la obra “merecía los aplausos del público más inteligente”.
Tras aquel debut, y al no haber sido publicada por ninguna de las dos grandes casas editoriales italianas —Ricordi o Sonzogno—, “Atahualpa” quedó fuera de los circuitos habituales de distribución operística. Con el paso del tiempo, las funciones se fueron espaciando hasta que su presencia en cartelera desapareció hacia inicios del siglo XX, tras lo cual la obra dejó de circular en los escenarios locales y extranjeros, en paralelo a la pérdida de su partitura orquestal original.
El rescate moderno comenzó en 2013 con una versión en concierto impulsada por el Festival Granda, que permitió recuperar su sonido a partir de la reducción para piano encargada a Matteo Angeloni. Luego de esa primera aproximación, el interés por su recuperación escénica se mantuvo vivo hasta concretarse la actual producción en el Teatro Municipal de Lima, que por primera vez en más de un siglo devuelve la ópera a su forma teatral completa.
Fuente: elcomercio.pe