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Hace más de 200 millones de años, cuando los continentes todavía formaban parte del supercontinente Pangea, una región que actualmente pertenece a Arizona estaba cubierta por un ambiente mucho más húmedo y tropical que el paisaje desértico que se observa hoy. Los árboles caídos fueron arrastrados y sepultados rápidamente por sedimentos asociados a antiguos sistemas fluviales. Ese enterramiento evitó que la madera se descompusiera por completo y puso en marcha un proceso geológico que tardaría millones de años en completarse.
¿Cómo terminó un bosque convertido en piedra?
La transformación ocurrió de manera extremadamente lenta. El agua subterránea atravesó los sedimentos y transportó sílice procedente, entre otros materiales, de cenizas volcánicas. Ese compuesto penetró en los troncos y fue reemplazando progresivamente la materia orgánica por minerales, hasta convertir la madera en una estructura pétrea. El resultado conservó, en muchos casos, la forma exterior de los árboles originales, aunque su composición dejó de ser vegetal.
Los colores que hoy llaman la atención de los visitantes tampoco son producto de pintura ni de un fenómeno reciente. Diferentes minerales quedaron incorporados durante la petrificación: la sílice permitió la formación de cuarzo, mientras que sustancias como los óxidos de hierro contribuyeron a generar las tonalidades rojizas, anaranjadas, amarillas y otros matices que aparecen en los troncos. Algunos ejemplares incluso presentan cristales de cuarzo, amatista o jaspe.
El increíble paisaje que sobrevivió hasta nuestros días
El escenario se encuentra en el Petrified Forest National Park, en el noreste de Arizona, Estados Unidos. El parque es conocido por sus grandes depósitos de madera petrificada y por el Painted Desert, un paisaje de colinas y formaciones sedimentarias cuyos colores intensos complementan los tonos de los troncos fósiles. El Servicio de Parques Nacionales señala que la historia geológica de la zona abarca más de 200 millones de años.
La apariencia actual del lugar es el resultado de un proceso todavía activo: durante millones de años, el levantamiento de la meseta del Colorado permitió que el viento y el agua erosionaran las capas de roca que cubrían los antiguos restos. Poco a poco, los sedimentos fueron retirándose y dejaron expuestos los troncos que habían permanecido enterrados desde el Triásico. Por eso, el paisaje actual funciona prácticamente como una ventana hacia un ecosistema desaparecido hace millones de años.
Un museo natural de la vida del Triásico
La madera petrificada es solo una parte de la historia. En el parque también se han encontrado fósiles de helechos, cícadas, ginkgos y otras plantas, además de restos de animales que habitaron aquella región. El registro fósil de la formación Chinle, donde se encuentran muchos de estos restos, es especialmente importante para conocer los ecosistemas del Triásico tardío, una época anterior a la expansión de los grandes dinosaurios que dominarían posteriormente numerosos ambientes terrestres.
El espectáculo de colores, por tanto, es mucho más que una curiosidad geológica. Cada tronco petrificado conserva una parte de la historia de un bosque que existió cuando la Tierra tenía una configuración completamente distinta. El paso del tiempo convirtió aquellos árboles en piedra y, al mismo tiempo, la erosión terminó devolviéndolos a la superficie. Hoy, quienes recorren el Bosque Petrificado pueden contemplar literalmente un paisaje de hace más de 200 millones de años, convertido por la naturaleza en un extraordinario lienzo de colores.
Así nacieron los troncos de colores
El fenómeno se conoce como permineralización: la sílice disuelta en el agua fue ocupando los espacios celulares de la madera y terminó formando cuarzo y calcedonia, minerales capaces de conservar incluso detalles finos de los antiguos troncos. Por eso, aunque a primera vista parecen piezas de madera recién cortada, en realidad son gigantescos cristales de cuarzo endurecidos durante más de dos siglos geológicos.
Pero el gran atractivo del Bosque Petrificado no está solo en su antigüedad. Los tonos rojos y anaranjados provienen, principalmente, de los óxidos de hierro; el manganeso aporta matices violetas y azulados, mientras que la sílice más pura deja zonas blancas o traslúcidas. Cada veta de color funciona como una huella del agua, los minerales y las condiciones del subsuelo que envolvieron a cada árbol cuando el planeta aún tenía una geografía muy distinta a la actual.
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Fuente: elcomercio.pe