De acuerdo con los lineamientos de la diplomacia estadounidense en la era Trump 2.0, Washington busca poner un especial énfasis en América Latina con el fin de contrarrestar la influencia china, que hace varios años echó a andar un agresivo plan de inversiones. Es la llamada ‘doctrina Donroe’, que postula a nuestra región como una zona de interés estratégica donde se debe reafirmar el predominio estadounidense.
Bajo esta doctrina, se justificó la intervención en Venezuela que terminó con la captura de Nicolás Maduro, pero que ha devenido en una especie de cogobierno con el chavismo. El siguiente paso ha sido la presión sobre Cuba, que aún es un hueso duro de roer.
El otro objetivo que debía estar en la lista de Trump tendría que ser Nicaragua. Alineada con el eje castrochavista desde hace décadas, Daniel Ortega y su esposa Rosario Murillo han convertido el gobierno en una autocracia familiar. Con cientos de muertos sobre sus espaldas, anulación de cualquier resquicio de oposición y miles de nicaragüenses en el exilio temerosos de su vida, el orteguismo no parece ser una prioridad para el Gobierno de Estados Unidos. Al menos, por ahora.
Y no se trata, obviamente, de falta de información. De hecho, el subsecretario de Estado para el hemisferio occidental, Michael Kozak, dijo apenas unos días que la situación en Nicaragua “debe cambiar pronto” y no dudó en definir el régimen de Ortega como una “brutal y cleptocrática dinastía dictatorial”. Se trata de una de las poquísimas declaraciones que ha dado la administración Trump sobre la dictadura Ortega-Murillo, quien sigue solapadamente sin alzar la voz ni soltar alguna frase altisonante que pueda molestar al presidente de Estados Unidos.
Ortega, viejo zorro, sabe que no le conviene estar en la mira evidente de Trump para no terminar como Maduro. Pero también sabe que se trata de intereses y conveniencias, y que Trump basa su diplomacia en relaciones transaccionales. Nicaragua no tiene el peso económico de Venezuela, en cuanto a riquezas energéticas; ni tampoco tiene el peso simbólico y político de Cuba. La diáspora cubana en Florida, además, constituye un colchón de votantes que puede determinar una elección.
Sin embargo, hay algo que sí hace ruido en Nicaragua, y es la cantidad de concesiones mineras, sobre todo de oro, que el régimen orteguista ha firmado con empresas estatales chinas, además de millonarios préstamos y acuerdos comerciales que atan a Managua con Beijing. Por ahora, Washington viene pasando esta situación por agua tibia, mientras el gobierno siga colaborando con operaciones antinarcóticos y en la contención de inmigrantes ilegales. Pero en la mente impredecible del presidente estadounidense todo puede ser posible, y Ortega tiene varias fichas en su contra.
Fuente: elcomercio.pe